El diseño panameño tuvo, durante años, un problema que no era de talento sino de infraestructura: cada diseñador que quería vender su trabajo tenía que resolver por su cuenta todo lo que rodea a una prenda antes de que llegue a un cliente. Un local, una vitrina, un sistema de cobro, una razón para que alguien cruzara la puerta. La creación y la comercialización quedaban separadas por una distancia que muchos talentos, por buenos que fueran con la aguja o el patrón, simplemente no lograban cruzar solos.
MODART se construyó como respuesta a esa distancia. En 500 metros cuadrados repartidos en tres niveles de venta, en pleno Marbella, una de las zonas más transitadas de la ciudad, reúne a treinta diseñadores panameños bajo una misma estructura comercial. Cada uno conserva su propio espacio dentro del local, pero todos comparten algo que ninguno podría costear por separado: la logística del punto de venta, el tráfico constante de clientes y la visibilidad que da estar en un lugar pensado para que la gente entre. Un cuarto nivel, reservado para exposiciones, desfiles y lanzamientos, funciona como el motor que mantiene al espacio en movimiento más allá de la venta directa. El lugar donde MODART deja de ser tienda y se vuelve agenda.

Para Ingrid Bern, cofundadora del espacio junto con su hermana Jackie, “Modart surge del deseo de abrir nuevas puertas al arte y la moda panameña para que nuestros diseñadores y artesanos puedan soñar en grande y mostrarle al mundo su talento”.
En la administración se encuentran el arquitecto Thanaci Cho, vinculado durante años a la industria de la moda y el arte, y Mara Durufour, cabeza de Better Fashion Future, una firma consultora de la industria y moda sostenible. Ella resume Modart en una frase: “Modart fue hecho para darle un mejor futuro a la moda con alma panameña”.
Para Cho, la intención de MODART siempre fue más ambiciosa que la de un punto de venta: “Modart en estos tres años ha sido un agente de cambio para la moda local, donde la intención fue mucho más que mostrar prendas: es contar historias, reflejar la rica cultura de nuestro país, Panamá. Vemos diversos temas, desde artesanales, disruptivos, de corte elegante, con sostenibilidad, entre otros, que los hacen únicos y especiales, algo que en diseño solo se consigue localmente, y que ahora busca crecer y entrar en esos diálogos internacionales para comercializar algo que es artístico”.

Antes, cada diseñador panameño competía en soledad por sobrevivir. Hoy hay un modelo que cambia esa lógica: compartir sitio, tráfico y visibilidad para que el talento individual se sostenga como industria.
Esa idea —de que lo que se vende ahí no es sólo ropa, sino una narrativa cultural con vocación de exportarse— es la que conecta el piso comercial con el cuarto nivel de exhibiciones: uno sin el otro sería solo un local más grande de lo normal.
Para el diseñador, entrar a MODART no es solo resolver el problema de dónde vender. Es también encontrar un contexto que trata la ropa como pieza de autor y no como mercancía de temporada. El espacio nació con esa doble vocación —moda y arte como fuentes que se alimentan entre sí— y eso se nota en cómo está pensado el cuarto nivel: no es una sala de eventos genérica, sino el lugar donde una colección puede presentarse como lo que es, una narrativa, antes de bajar a convivir con las otras veintinueve en el piso de venta. Esa convivencia diaria, entre firmas que en cualquier otro contexto competirían por el mismo cliente, es la apuesta más arriesgada del modelo: exige que cada diseñador acepte compartir protagonismo a cambio de escala.

De izquierda a derecha: Consuelo Chin, Thanaci Cho, Edda González, Mara Durufour, Alexandra González e Ingrid Bern.
Lo que distingue a MODART de una simple galería comercial es que no vende solo prendas: vende presencia. Cada diseñador que entra deja de competir en soledad por un lugar en el mercado y pasa a formar parte de algo con peso propio frente al cliente y frente a la ciudad. Treinta firmas bajo un mismo techo no compiten entre sí de la manera en que competirían treinta tiendas dispersas por la capital; compiten, más bien, por la atención de quien entra, y esa competencia interna, bien administrada, es justamente lo que sostiene el modelo.
Detrás del proyecto está también Empresas Bern, compañía con trayectoria en la industria hotelera panameña, que decidió aplicar su experiencia en gestión de espacios a un sector distinto: el retail de moda. Es una apuesta con lógica propia. Quien sabe llenar un hotel de huéspedes entiende algo que también aplica a un colectivo de diseñadores: la diferencia entre un lugar que la gente visita una vez y uno al que vuelve. La apuesta se sostiene, además, con el respaldo institucional del Ministerio de Cultura.
Tres años después de su apertura, el proyecto ya no se sostiene solamente como intento, pues se ha convertido en el punto de referencia más visible que tiene el país para responder una pregunta que antes no tenía dónde probarse: si la moda panameña puede sostenerse como industria y no sólo como oficio disperso de talentos individuales que dependen, cada uno, de su propia suerte comercial. La respuesta que ofrece MODART, con sus firmas conviviendo bajo una misma estructura, es un primer indicio de que sí, porque donde antes había treinta esfuerzos aislados, hoy hay una sola dirección donde encontrarse.
Fotos Aris Martínez














