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    El otro partido de Roger Federer

    En agosto, volvió a Nueva York para dos ceremonias distintas —una despedida deportiva ya consumada, una consagración financiera inédita— que lo convirtieron en el primer tenista multimillonario de la historia. Radiografía de un legado que ya no se mide en Grand Slams.

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    Roger Federer pisó el Arthur Ashe Stadium por primera vez desde 2019 para jugar una exhibición contra Andy Roddick, a pocos días de que el US Open arrancara sin él por cuarto año consecutivo. El evento se promocionó como el regreso de un ícono a Nueva York, pero funcionó como antesala para algo más significativo: días después, en Newport, Federer ingresó al Salón Internacional de la Fama del Tenis como único integrante de la clase 2026. Se emocionó varias veces durante el discurso, abrazó a su esposa Mirka —quien lo había presentado— y reconoció que llegar hasta ahí le había costado muchas horas de cancha y de números.

    La ceremonia cerraba formalmente un capítulo que en los hechos ya estaba cerrado desde 2022, cuando se retiró tras la Laver Cup de Londres con una imagen que se volvió legendaria: él y Rafael Nadal llorando tomados de la mano, con Novak Djokovic cerca. Esa escena resume mejor que cualquier estadística lo que Federer construyó como capital simbólico durante quince años: una rivalidad que dejó de ser competencia pura para convertirse en relato compartido. Pero el momento de Newport importa menos por lo deportivo —eso ya estaba saldado— que por lo que reveló sobre dónde está Federer ahora: en el negocio, no en la cancha.

    Porque la carrera deportiva no necesita mucha reconstrucción: 20 títulos de Grand Slam, 103 trofeos ATP (segunda marca histórica, sólo detrás de Jimmy Connors), 310 semanas como número uno del mundo —237 de ellas consecutivas—, ocho coronas en Wimbledon y el Grand Slam de carrera completo. Son cifras que ya pertenecen al archivo deportivo. Lo interesante es lo que pasó después de septiembre de 2022, cuando Federer dejó de ser noticia deportiva y empezó a ser noticia financiera.

    Team8 no administra el legado de Federer: es propietaria
    mayoritaria de la Laver Cup, el torneo que él mismo ayudó
    a crear en lugar de limitarse a jugarlo.

    Esa transición no fue automática ni garantizada. El tenis, a diferencia del básquetbol o del fútbol americano, ofrece a sus figuras un capital de marca personal enorme, pero pocas estructuras colectivas —ligas, franquicias, sindicatos— que lo institucionalicen después del retiro. Un extenista no hereda un directorio ni una junta de gobernadores; en el mejor de los casos hereda una agenda de contactos y una reputación intacta. Federer entendió esto antes que la mayoría de sus pares y empezó a construir su propia infraestructura mientras todavía competía.

    En marzo de este año, Forbes confirmó lo que Bloomberg venía anticipando: Federer es multimillonario, con un patrimonio estimado en 1.100 millones de dólares. No es el primer deportista en cruzar esa barrera —Michael Jordan y Tiger Woods lo hicieron antes—, pero el mecanismo es distinto. Jordan construyó su fortuna sobre una marca (Air Jordan) que Nike diseñó, produjo y distribuyó, cediéndole a él una fracción de las regalías, cuantiosa pero acotada a ese vínculo contractual. Federer, en cambio, entró como accionista de una compañía que no lleva su nombre y sobre la que no tiene control operativo, apostando a que el crecimiento del negocio superaría cualquier cifra que hubiera podido negociar como simple imagen publicitaria.

    El origen de esa apuesta es casi anecdótico: en 2018, su esposa compró un par de zapatillas de una marca suiza de running que casi nadie conocía fuera de Zúrich. Esa marca era On, fundada en 2010 por tres amigos, entre ellos el triatleta Olivier Bernhard. Federer entró como inversor y como diseñador de línea en 2019, con una participación que hoy ronda el 3 % de la compañía. La relación no se quedó en lo financiero: participó en el desarrollo de dos líneas de calzado y apareció en campañas globales de la marca, incluida una publicidad para el Super Bowl junto con Elmo en 2025, un gesto que solo tiene sentido si se entiende que Federer estaba operando como socio de producto y no como rostro alquilado por temporada.

    On salió a bolsa, superó los 15.000 millones de dólares de valoración de mercado y facturó cerca de 3.500 millones de francos suizos este año, con una meta declarada de duplicar ventas entre 2023 y 2026. La apuesta de Federer, según distintas estimaciones, vale hoy más que todo lo que ganó en premios a lo largo de 24 años de carrera profesional. Ese dato es el que reorganiza cómo hay que leer al personaje. El tenis le dio el reconocimiento y la plataforma; el negocio le dio la escala.

    La arquitectura detrás del apellido

    Lo que distingue el caso Federer de otros atletas que “invierten su dinero” es la estructura, no los montos. En 2013 —todavía en plena actividad competitiva— fundó Team8 junto con su agente de siempre, Tony Godsick, y otros dos socios, Ian McKinnon y Dirk Ziff. Team8 no es un fondo ni una gestora patrimonial, es la empresa que administra sus contratos comerciales y que terminó creando y siendo propietaria mayoritaria de la Laver Cup, el torneo por equipos que Federer impulsó para, según explicó alguna vez, preservar la historia del juego e incorporar a las nuevas generaciones junto a leyendas como John McEnroe y Björn Borg. El paralelismo con Gerard Piqué y su empresa Kosmos, organizadora de la Copa Davis reformada, no es casual: ambos casos representan la misma tesis, la de un deportista de élite que deja de licenciar su nombre a un torneo ajeno y pasa a ser propietario del torneo mismo. Es decir, Federer fundó su propio activo deportivo en lugar de limitarse a monetizar los ajenos.

    Su participación del 3 % en On Running vale hoy más que la suma total de los premios que ganó en 24 años como tenista profesional.

    En paralelo, sus inversiones personales y su actividad filantrópica —más de 70 millones de dólares volcados a proyectos educativos en África y Suiza a través de la Fundación Roger Federer— se gestionan desde otra entidad suiza, Format A AG. La separación entre negocios comerciales (Team8) y patrimonio personal (Format A) es un esquema más propio de un family office para individuos de patrimonio ultra alto que del modelo habitual de un deportista con endorsements. Esa arquitectura se armó años antes de que “multimillonario” fuera un resultado plausible, lo cual sugiere una lectura menos romántica y más precisa del personaje: Federer no tropezó con la riqueza por simpatía de marca, la diseñó con la misma paciencia de cálculo que aplicaba a un juego de saque y volea.

    A eso se suman los contratos de largo aliento que sostuvieron el ingreso durante dos décadas —Rolex, Lindt, el banco que hoy es UBS— y el giro de 2018, cuando rompió con Nike después de más de 20 años para firmar con Uniqlo un acuerdo de 300 millones de dólares por 10 años. La ruptura con Nike sorprendió en su momento porque Federer no tenía, a esa altura, ninguna necesidad urgente de ingresos: la decisión estuvo motivada por control sobre el diseño de su propia línea de indumentaria, algo que Uniqlo le ofreció y Nike no. El analista deportivo Bob Dorfman resumió con una frase por qué las marcas lo persiguieron con esa constancia durante tanto tiempo: Federer nunca generó un escándalo del que protegerse.

    Lo que hace este historial más relevante que una simple lista de sponsors es la consistencia temporal. La mayoría de los deportistas de élite ven caer sus contratos comerciales apenas se retiran porque el activo que vendían —competir y ganar en tiempo real— desaparece. Federer conservó casi la totalidad de sus vínculos comerciales después de 2022 y sumó otros nuevos, lo cual indica que las marcas no le estaban comprando resultados deportivos sino algo más duradero: previsibilidad reputacional y acceso a una audiencia que no depende del calendario ATP.

    A diferencia de un embajador de marca, Federer perdió
    52 millones de dólares este año cuando cayó la acción de On,
    la prueba de que es accionista y no imagen alquilada.

    Hay una lectura fácil de este momento —“de la cancha a los negocios”— que simplifica más de lo que explica. Federer no dejó el tenis para convertirse en empresario; construyó la estructura empresarial durante los últimos 10 años de su carrera activa, mientras todavía ganaba torneos. Team8 nació en 2013, cinco años antes del quiebre con Nike y seis antes de On. Lo de Newport y Nueva York no marca una transición, sino que certifica una que ya había ocurrido en silencio, torneo tras torneo, mientras la atención pública seguía puesta en el marcador.

    Lo que sí cambia con la edad —Federer cumplió 45 hace apenas unas semanas— es el tipo de exposición pública que le queda disponible. Ya no compite. Aparece. En campañas publicitarias de On, en la banca de socios de la Laver Cup, en ceremonias que consolidan un relato ya escrito. El riesgo de ese lugar es la irrelevancia decorativa: convertirse en una firma que las marcas usan para prestigio sin que aporte nada más. La fortuna cruzada con On sugiere lo contrario: no es un embajador de imagen, sino un accionista con participación activa en producto, lo cual explica por qué la caída bursátil de la compañía este año —hasta 19 % de su valoración, con una pérdida de 52 millones de dólares para Federer— es una noticia financiera real y no una anécdota de relaciones públicas. Un embajador contratado no pierde dinero cuando cae la acción de la marca que representa, pero un accionista sí.

    El propio Federer, en la previa a Newport, resumió su presente con una honestidad poco habitual en las despedidas deportivas: vive a un ritmo más tranquilo, ocupado en negocios, en filantropía y, sobre todo, en sus hijos. No hay ahí ningún relanzamiento personal ni una segunda cima por escalar. En todo caso, es la confirmación de que la ventaja competitiva que lo hizo dominante en la cancha —paciencia, cálculo, aversión al error innecesario— fue exactamente la misma que aplicó para elegir en qué zapatillas invertir cuando nadie más las miraba, y la misma que sostiene hoy una fortuna que, a diferencia de los trofeos, sigue en juego cada trimestre bursátil.


    Fotos Cortesía

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