miércoles, agosto 19, 2026

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    El hombre al frente de la Cámara

    Aurelio Barría Pino preside la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura en un momento en que el sector privado pesa más en la conversación pública. Habla de cómo ejerce ese liderazgo, del entramado que lo sostiene y de los límites de representar intereses ajenos.

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    En la sala donde se reúne la junta directiva de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá hay una memoria que no está escrita en ningún expediente. Aurelio Barría Pino se sienta ahí desde 2015, primero como director suplente y hoy, desde abril de este año, como el septuagésimo cuarto presidente del gremio empresarial más representativo del país. Pero, antes de sentarse en esa silla, la escuchó de niño: su padre, también Aurelio Barría, presidió la Cámara a finales de los ochenta, cuando la institución se convirtió en punto de encuentro de la sociedad civil panameña frente a la crisis política de esos años. “Fue una manera de recibimiento”, expresa hoy el hijo sobre las puertas que ese nombre le abrió cuando llegó al gremio hace una década. Lo que vino después —perder su primera contienda electoral interna, subir cargo por cargo durante diez años, y llegar finalmente a presidir la institución que su padre lideró en otra época del país— es la historia menos contada sobre uno de los actores con más peso en la conversación pública panameña de 2026.

    Barría Pino creció “escuchando temas de la Cámara” sin entenderlos del todo. Su padre militó en el gremio durante la década del ochenta, un tiempo en que muchos de sus amigos, hoy figuras del sector privado, se cruzaban por la casa familiar. Ese fue, según él, el primer estímulo. El segundo llegó más tarde, cuando asumió la gerencia general de Inversiones Barría, S.A. (Inbasa), la distribuidora de lubricantes y productos automotrices de la familia. Ahí descubrió que dirigir una empresa es un ejercicio solitario. “Ser gerente general de una empresa a veces es muy solitario —asegura—; la gente espera que uno siempre tenga la mejor respuesta y a veces no es así”.

    Fue su padre quien le sugirió buscar en la Cámara lo que la gerencia no podía darle: pares con quienes conversar. “Ve a la Cámara a ver si te llama la atención”, le dijo, sin más instrucciones. Lo que sí incluyó, admite sin rodeos, fue una puerta más abierta de lo normal.

    Pero la puerta abierta no se tradujo en un ascenso automático. En 2015, su primer año dentro de la institución, se presentó a una contienda electoral interna y perdió. No fue un tropiezo menor: fue un mensaje. “Aquí hay que hacer camino antes de aspirar a una posición de más liderazgo”. Los diez años siguientes los dedicó a eso: activarse en su cámara sectorial, interactuar con otros líderes empresariales, “echar raíces”, hasta llegar, en abril de 2026, a la presidencia.

    Sobre el peso de compartir nombre y cargo con su padre, Barría Pino no elude la pregunta, pero tampoco la dramatiza. “Hay cierto reconocimiento”, confiesa, y distingue con cuidado entre lo que el apellido significa para el gremio y lo que significó, específicamente, la gestión de su padre: haber encarado un momento de organización de la sociedad civil. Sobre si esa herencia pesa más de lo que aporta, es categórico: “El nombre no hace a la persona. La persona se hace con sus acciones, con cómo aporta, y más en un gremio como este donde de eso se trata”.

    Adentro del entramado

    Puertas afuera, la Cámara de Comercio suele leerse como una asociación de intereses privados sin mucha textura interna: un actor que emite comunicados, organiza ferias, defiende posiciones y articula soluciones entre el sector privado y público de cara a promover la libre empresa y fortalecer un sistema democrático. Puertas adentro, es una institución de 112 años con setenta colaboradores y quince sectores económicos representados, donde el trabajo cotidiano tiene menos de discurso y más de ingeniería institucional. El personero define el propósito del gremio en una frase que repite casi como estatuto: “Promover, conectar y defender la empresa privada por el bienestar nacional”. Es consciente de la tensión que esa fórmula contiene, aunque insiste en que “el bienestar nacional también es parte de nuestro propósito. Tiene que haber un balance”, y describe su rol como el de alguien que debe, ante conflictos de interés entre sectores, “inclinar la balanza hacia donde haya el beneficio más amplio”.

    Ese balance se resuelve en un mecanismo concreto: un equipo de abogados de la Cámara que tiene en la Asamblea Nacional prácticamente su segunda casa, monitoreando cada proyecto de ley que pueda afectar al sector privado, según Barría Pino. Cuando algo cruza su radar, convocan a las empresas del sector implicado, definen una posición común y la llevan a los diputados, no como presión política, sino como lo que él mismo llama influencia técnica, con análisis del impacto que pudiese tener la medida en el sector y la sociedad.

    Un ejemplo reciente lo ilustra. El año pasado, el Gobierno ajustó ciertos incentivos a la vivienda preferencial como parte de un ordenamiento fiscal. Una medida que, según el sector, frenó más de lo previsto la construcción de primeras viviendas. La Cámara, junto con otros gremios y asociaciones vinculados al sector construcción, participó en un estudio sobre el impuesto de transferencia de bienes inmuebles y lo llevó a la mesa de discusión con el Gobierno. Hace unos días, en Gabinete, esa gestión conjunta rindió fruto: se eliminó el 2% de ese impuesto como parte de las medidas para reactivar el sector de la construcción. Es, dice, la prueba de que el mecanismo funciona: la Cámara no sólo advierte sobre una medida, también construye la alternativa técnica que termina traduciéndose en política pública.

    El caso de mayor complejidad, sin embargo, es la minería. El presidente de la Cámara de Comercio ha abordado el tema en distintas entrevistas, como un asunto institucional al que, dice, le vienen dando seguimiento. Bajo la perspectiva de la institución, todo debe analizarse bajo cuatro variables —económica, ambiental, legal y social— que, según explica, el organismo trabaja junto con constitucionalistas sentados en la misma mesa donde ahora conversamos. Sobre lo ambiental, cita una auditoría integral realizada al proyecto que no encontró “ningún hallazgo que sea determinante para que no se pueda resolver”: todo es “mitigable y resoluble”. Sobre lo legal, apunta a una salida que no depende de reabrir el contrato-ley original —inviable tras la moratoria vigente—, sino de una ley más antigua: “Hay una ley, la 251, que establece explícitamente que el Gobierno tiene el derecho del Estado a explotar sus recursos minerales”. Sobre los beneficios, menciona un fondo soberano al estilo noruego: “Esa plata va a un fondo y no se gasta en la operatividad del Gobierno… se guarda para invertir en activos que produzcan para el país”. Es un tema, dice, que espera ver resuelto “por lo menos con el camino claro” antes de que termine el año.

    El presidente de la Cámara tiene una visión dual sobre el momento económico del país. “Estamos bien, pero no estamos tan bien”. Hacia afuera, los indicadores sostienen la lectura optimista: un crecimiento del PIB de 4.8 %, déficit fiscal bajo la meta trazada, grado de inversión recuperado, inflación controlada. Sectores como el Canal, los puertos, el transporte y la Zona Libre de Colón “están volando”. Hacia adentro, sin embargo, ese dinamismo no siempre se traduce en empleo permanente ni en bienestar percibido, una desconexión que, según él, explica buena parte de la caída reciente en la confianza del consumidor.

    Ese diagnóstico convive con una defensa del modelo panameño de economía de servicios. “Eso creo que no lo vamos a poder evitar”, declara sobre la dependencia logística y bancaria del país, y con un dato a favor de una mayor apertura comercial: tras el vencimiento reciente de un arancel del 10 %, Panamá quedó en 0 % frente a Estados Unidos, una condición que hace al país “más atractivo” para atraer inversión bajo regímenes especiales como el de sede de empresas multinacionales, que hoy agrupa a más de un centenar de compañías. “Ese es nuestro potencial. Podemos dar más”.

    “No es la opinión de AureliAo; es la opinión del presidente de la Cámara”.

    Los cuatro pilares

    Sobre qué le gustaría que se recuerde de su gestión, Barría Pino no titubea: haber cumplido sus pilares. Al asumir definió cuatro áreas de enfoque para no dejarse arrastrar por el “momentum” de la agenda semanal.

    El primero es el emprendimiento: una iniciativa de tres años nacida de quien hoy es uno de sus vicepresidentes, que decidió profundizar como mecanismo para “apostar al empleo” y mostrar que existe la posibilidad de generar la propia empresa, “no esperar nada más que te contraten”.

    El segundo es la Ley de Pasantías, sancionada este año pero aún sin reglamentar. Con el 25 % del desempleo siendo juvenil, la Cámara lanzó una plataforma que conecta jóvenes con pasantías entre sus 1.800 empresas miembros. “Nos estamos adelantando un poquito a la ley”, reconoce.

    El tercero son las misiones comerciales: Marruecos, Grecia y, en agosto, Bucaramanga. “Un poco más acá, en nuestro vecindario”, señala. En Marruecos encontró un modelo de zonas francas especializadas, interconectado por carretera y ferrocarril hasta el Mediterráneo, que contrasta con la lógica actual de la Zona Libre: “Tenemos que trascender de estar moviendo cajas a tener zonas francas con industralización, generando valor al producto terminado”.

    El cuarto pilar, el más interno, es generar valor a los miembros. La Cámara sumó 110 nuevas empresas recientemente, pero para Barría Pino el objetivo no es sólo crecer en número: es que cada miembro sienta un retorno real por su membresía para que las bajas naturales del gremio sean la excepción y no la norma.

     “El nombre no hace a la persona. La persona se hace con sus acciones, con cómo aporta”. 

    Es la agenda que menos figura en el discurso público y la que más ocupa su tiempo real. Le gustaría que su gestión se recuerde no por la agenda llena, sino por haber “construido algo” que deje al gremio fortalecido.

    Describe su semana como una carrera de Fórmula 1: agenda cerrada de lunes a viernes, de 7 de la mañana a pasadas las 10 de la noche, con un fin de semana que funciona más como pit stop que como descanso real. “No es tanto el aguante físico, sino el aguante mental de estar siempre al tanto de todos los temas”. Aunque sostener el doble rol —Cámara/empresario— ha sido complejo, es un agradecido de la gente que los rodea. Lo sostiene un equipo que empezó a preparar antes de asumir, comenzando por su hermano, hoy a cargo del día a día de la empresa familiar. Ese arreglo le dejó una confesión: en estos cuatro meses la empresa “anda y fluye” sin necesitar su presencia al cien por ciento, un reality check que describe casi como un permiso para pensar cuando termine este mandato, en otras cosas.

    Hay, sin embargo, una disciplina que Barría Pino practica de forma más deliberada que cualquier otra: la de no hablar como Aurelio, sino como la institución. “No se trata de mí como persona, Aurelio; se trata de la institución. No es la opinión de Aurelio; es la opinión del presidente de la Cámara”. Es una distinción que su padre, en otro momento del país, probablemente también aprendió a trazar: la institución por encima del individuo, dos veces, en dos versiones distintas de Panamá.


    Fotos Aris Martínez

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