Se abre como una cerveza, se sirve como vino y cabe en la mano de cualquiera, sin importar cuántos años tenga. Esa es, en resumen, la apuesta de Millennial y también, sin que nadie lo haya planeado así, su mejor promoción .
Cristhian Flórez tiene 46 años. Es GenX. Antes de ser socio de una marca de vino fue vendedor. No de vino: de relojes, de ropa infantil, de lo que hiciera falta mover en la Zona Libre de Colón, esa escuela donde nacen tantas marcas de consumo en Panamá. Ahí distribuyó Orient, Seiko y un vino argentino de un viñedo en La Rioja, su primer contacto real con una industria que años después terminaría liderando.
De ahí saltó a cubrir Latinoamérica entera puerta a puerta: México, el Caribe, Centroamérica, y sobre todo Venezuela, donde pasó ocho años en plena bonanza petrolera, con una cartera de 500 clientes y una agenda tan apretada que no alcanzaba ni para mandar un mensaje antes del próximo viaje. Cuando Maduro asumió y el dólar se disparó, la cuenta dejó de cerrar. Flórez volvió a Panamá y se metió en medios comunitarios antes de que la pandemia lo empujara, como a tantos, a preguntarse qué seguir creando.

“Nadie cultiva café en Italia y, aun así, lo venden mejor que nadie.
Con el vino en lata la apuesta es la misma”.
La respuesta no llegó con un plan de negocio. Llegó escuchando la radio. El proyecto original se iba a llamar Pal Casco, un guiño al Casco Antiguo pensado para vender turismo tanto como vino. Pero “pal Casco” es una expresión que un panameño entiende y un extranjero no, y su ambición apuntaba más lejos que un barrio. De tanto escuchar la palabra millennial repetida en las noticias, hizo lo que hace cualquiera con una corazonada: buscó si el nombre estaba libre, y lo estaba. Año y medio de trámites después la marca quedó registrada y con ella llegó el problema más difícil de resolver, que era encontrar quién iba a llenar esas latas.
Porque ahí estaba la otra apuesta, la del formato. El vino en lata no es una idea nueva pero sí una manera distinta de resolver un problema viejo: nadie quiere abrir una botella entera para tomarse una copa. Tres latas de 250 mililitros hacen una botella estándar, se enfrían más rápido, viajan a cualquier playa o piscina sin el riesgo del vidrio, y hasta permiten personalizar la etiqueta para un evento. Es una decisión práctica disfrazada de guiño millennial, aunque el público que más la agradece, según cuenta Flórez entre risas, suele tener el doble de esa edad.

El lanzamiento tampoco fue en un salón de eventos. Fue en el Wine Fest de Boquete, en el hotel Panamonte, con un producto que acababa de salir del registro sanitario y una audiencia que no esperaba ver un vino panameño-chileno saliendo de una lata. Flórez, que nació en Chiriquí, cuenta que la coincidencia le pareció casi cómica: un chiricano presentando un vino en su propia tierra, sin una sola hectárea de viñedo cerca. La apuesta funcionó menos por el marketing que por el terreno: pueblo chico, un boca a boca rápido y una decena de contactos nuevos que hoy son clientes.
La puerta que no abre el dinero
Las agencias de Buenos Aires que habían ganado premios en Cannes cobraban 30.000 dólares solo por el desarrollo de la marca, precio de entrada a un club al que Flórez todavía no pertenecía. La solución no vino de una licitación, sino de una casualidad: un amigo panameño lo conectó con MindCircus, la agencia que terminó dándole el concepto y el eslogan “Beyond the before and after”. La misma lógica se repitió con el proveedor. Buscar entre las diez viñas más reconocidas de Chile — elegido por el tratado de libre comercio y no solo por tradición—, lo llevó a una negociación fría con Viña Undurraga, una de las más reconocidas del país austral con 140 años de historia y presencia en 70 países. La conversación avanzaba despacio hasta que un buen amigo, de visita en Panamá, escuchó el nombre Undurraga y soltó una frase que lo cambió todo: “Yo conozco al dueño”. Una llamada después, el trato, los precios y los mínimos de producción eran otros. En un mercado como el panameño ese tipo de puerta no se abre con presupuesto, sino con años de experiencia y de contactos.

Un ‘cabernet’ chileno con eslogan argentino y diseño panameño: el vino no tiene bandera y esa es la venta.
La primera producción fue de 20.000 latas de un único vino, el cabernet sauvignon. Hoy el producto ya está en Riba Smith, La Bottega, Frutería Mimi, Foodies y una lista de puntos de venta que sigue creciendo. La ambición declarada no se guarda: Latinoamérica, el Caribe, Estados Unidos, Canadá, y de ahí en adelante lo que se pueda. Suena grande para una marca que hace apenas un par de años era una idea garabateada durante la pandemia, pero Flórez lo dice sin dramatismo: uno sabe dónde empieza y no dónde termina.
Hoy Millennial se vende con un argumento que no depende de dónde nació cada ingrediente: el eslogan es argentino, el vino es chileno, el diseño lo firmó una diseñadora panameña con apoyo venezolano, y el socio del producto es colombiano. Nadie reclama la bandera, y esa ausencia es, paradójicamente, la ventaja. Como el café en Panamá o en Italia, donde nadie cultiva pero todos tuestan y venden mejor que quien sí cultiva, Millennial apuesta a que una marca sin territorio puede instalarse en cualquier mercado sin pedir permiso. En el dorso de cada lata hay un código QR que redirige a @Pal_Casco, el nombre que el proyecto dejó atrás pero no enterró: hoy es la plataforma que promueve turismo e inversión en el país donde todo empezó.
La generación que le da nombre al vino ya pasa los treinta. El hombre que lo hizo realidad ya pasó los cuarenta. Puede que esa distancia sea, al final, el mejor argumento de venta.
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