miércoles, julio 15, 2026

NEWSLETTER

More

    Lo que se hereda no es el negocio, es la mesa

    El gerente de Mercadeo de la unidad de licores es la cuarta generación de una familia que decidió, hace 68 años, que compartir un buen vino era también un oficio. Esta es la historia de lo que realmente se hereda en una mesa familiar.

    Compartir:

    spot_img

    Fernando Motta Jr. entra a la feria de vinos y ve los estands agotados, la fila de gente que llegó a probar, un equipo completo trabajando desde hace meses para que la noche salga bien. Lo primero que siente es orgullo. Lo segundo llega casi al mismo tiempo y es más difícil de nombrar: el peso de la responsabilidad. “Son muchos años en este negocio”, dice.

    Tiene 38 años y 13 de trayectoria oficial en Felipe Motta, la casa que su bisabuelo, Felipe Motta Cardoze, fundó en 1958. Pero la cifra oficial es apenas el registro administrativo de algo que empezó mucho antes, en un tiempo que no se mide en contratos, sino en vacaciones escolares. De niño, diciembre —la temporada más movida del negocio— coincidía siempre con la salida del colegio, y la costumbre familiar era clara: se venía a trabajar, no como castigo ni como obligación, sino como la forma más natural de pasar esas semanas junto a los adultos de la casa. “La viví, a pesar de no tener edad, la viví completa, porque se acababa la escuela y el 12 de diciembre y el 13 estaba aquí”, recuerda. No fue una decisión que tomó de adulto. Fue una infancia entera transcurrida dentro de la misma tienda que hoy, convertida en varias, sigue llevando el nombre de su familia.

    Ese nombre tiene una historia pequeña que casi nadie conoce. La razón social original era Felipe Motta e Hijo, en singular —un solo hijo en el negocio, no varios—, pero los clientes escribían mal los cheques, poniendo “Felipe Motta e Hijos” como si existiera una sociedad de hermanos. Los bancos devolvían los cheques uno tras otro, hasta que su abuelo decidió resolverlo cambiando la razón social a Felipe Motta, S.A. Detrás de esa anécdota casi cómica hay algo más serio: desde el principio, el apellido de la familia estuvo tan pegado al negocio que ni los bancos lograban distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro. Fernando lo resume sin dramatismo: la empresa creció a partir de un compromiso familiar que empezó su bisabuelo al fundarla; siguió su abuelo, que dejó otras cosas de lado para acompañarlo, y continuaron después su papá y su tío Ricardo, hasta llegar a él.

    Ese compromiso se transmite, sobre todo, en la mesa. Fernando recuerda a su abuelo en las cenas familiares con una nitidez que no suena a anécdota repetida, sino a algo que todavía extraña. “Él tenía una manera increíble de hablarte del trabajo, pero manejándolo correctamente, sabiendo que estábamos en una cena familiar”, dice. Su papá heredó exactamente ese talento. “Sabe cuándo ser papá y sabe cuándo ser jefe”, resume Fernando, y aclara que no le pesa que la frontera entre ambos roles casi no exista: puede estar un domingo en la piscina de la casa de su padre, con sus propios hijos, y recibir una pregunta de trabajo sin que eso le incomode.

    Lo que Felipe Motta hereda de generación en generación no es un catálogo de botellas, sino la costumbre de sentarse juntos a la misma mesa.

    En esas cenas, la selección del vino nunca fue un trámite: era, y sigue siendo, parte de la conversación misma. Los tíos de Fernando que no están metidos de lleno en el negocio le preguntan, casi como ritual propio, “Fernando, ¿este vino qué es?”, y él responde contando algo de la botella antes de que alguien la sirva —de dónde viene, qué cosecha es, por qué la escogieron esa noche y no otra—. Incluso su tío Raúl, que terminó trabajando para otra casa de licores, sigue siendo parte de esa mesa y de esas conversaciones, y su abuelo, mientras vivió, siempre buscaba darle también un lugar a esas botellas en la cena, aunque técnicamente compitieran con las suyas. “Esta es una tradición familiar”, afirma Fernando, y con eso basta para entender que en esa mesa nunca hubo espacio para la rivalidad, solo para el vino que valía la pena compartir esa noche en particular, viniera de donde viniera.

    De esas mismas cenas —solo que en otro país— nacieron descubrimientos que hoy forman parte del catálogo de la casa, de la misma manera casual y no planificada en que suelen ocurrir las cosas que después se vuelven permanentes.

    En un viaje familiar, su papá pidió un vino al azar durante la cena y algo hizo clic. Así llegó Monteabellón, una bodega española, al portafolio de Felipe Motta: no por un proceso de selección estructurado con fichas técnicas y comités, sino por una copa que sorprendió a la familia en una mesa cualquiera, seguida de una llamada al día siguiente.

    La familia más allá de la familia

    Hay, sin embargo, relaciones que no nacieron de un viaje, sino que crecieron con la empresa misma, y ninguna lo demuestra mejor que la que mantienen con Concha y Toro. Los vinos de esa casa chilena estuvieron entre los primeros productos que Felipe Motta comercializó en 1958, lo que significa que la relación es, en la práctica, tan antigua como la empresa misma. Fernando cuenta que, en una visita reciente de Isabel, la representante de la viña a Panamá, se reunieron junto con su papá y terminaron intentando calcular, entre los tres, cuántos años exactos llevaban trabajando juntos. “Dijimos 50, pero puede ser hasta más”, recuerda. No fue una reunión protocolar armada para la ocasión: fue una tarde de gente contando su propia historia en voz alta, sorprendida de que ya sumara medio siglo sin que nadie hubiera llevado la cuenta con exactitud. “Se le sentía como que esa emoción de que sí estuvimos reunidos”, dice Fernando sobre el encuentro, y agrega que su papá e Isabel conversaban entre ellos con la familiaridad de dos personas que llevan toda una vida trabajando codo a codo, no como proveedor y cliente que se ven una vez al año para renovar un acuerdo. Son las relaciones, asegura, y no solo las botellas, las que sostienen sesenta años de historia.

    Para Fernando, cada botella que un cliente recuerda de una boda o un bautizo deja de pertenecer sólo a la familia que la vendió.

    Esa clase de vínculo es también la que le da forma al peso que Fernando siente al representar la marca. No es un peso abstracto: llega en frases concretas que la gente le dice sin que él las busque, casi siempre de manera espontánea, en medio de una conversación que no tenía nada que ver con el negocio. “Este es el vino que me recuerda a mi papá”, le han dicho. O “este es el vino que yo usé en la graduación de mi hija”, o en un bautizo. Son momentos de vida —una pérdida, una celebración, un paso importante— que alguien decidió acompañar con una botella comprada en Felipe Motta, y que después quedaron atados a ese recuerdo para siempre, sin que la empresa tuviera manera de planificarlo. Fernando no elige esas asociaciones ni puede controlarlas, pero sabe que existen, y que cada vez que alguien las nombra, la responsabilidad de sostener esa reputación deja de ser un concepto y se vuelve, de nuevo, muy concreta: la de no fallarle a una historia que ya no le pertenece solo a la familia, sino también a quien la contó.

    Esa es, en el fondo, la razón por la que Fernando insiste tanto en que el vino no está hecho para beberse solo. “Nosotros creemos fielmente que el vino está hecho para compartir con amigos y con una comida. No debería existir el modo de consumo de sentarme con una botella de vino porque tuve un día horrible. No es lo que promovemos”. Es una frase que excluye deliberadamente la soledad como forma válida de beber, y que convierte cada botella que la familia importa en una apuesta porque el momento compartido —la celebración, el brindis, la mesa llena— siga ocurriendo, tal como ocurría en las cenas de su abuelo antes de que él existiera.

    En cada feria de vinos, Fernando siente el mismo peso: representar a un bisabuelo y a un abuelo que ya no están hoy para verlo.

    Cuando se le pregunta si esa costumbre corre riesgo frente a una generación más joven que bebe distinto, Fernando no responde con ansiedad; sí con la memoria completa de una familia que ya ha visto varios cambios de época. “Vino es vino, licor es licor. Todo eso existe y es algo que tiene mucho más tiempo en esta vida que tú, que yo y que todos los que estamos aquí juntos. Y eso no va a cambiar, son tendencias”, y agrega, casi riendo, que en cinco años la próxima generación podría comportarse de manera totalmente opuesta a la actual. No lo dice como quien defiende una posición de mercado. Lo dice como quien ha visto a su bisabuelo, a su abuelo y a su padre atravesar cada uno su propia versión de esa misma duda, y salir del otro lado con la familia todavía reunida alrededor de la misma mesa.

    Por eso, cuando la feria termina y las luces se apagan, lo que queda no es una cifra de ventas ni un reporte de gestión. Es la certeza, otra vez, de que su bisabuelo y su abuelo ya no están para brindar con él, y de que, mientras Fernando siga eligiendo botellas para las mesas de otros, cargando ese peso con la misma naturalidad con la que su padre lo carga junto con Isabel cada vez que se reencuentran a contar los años que llevan siendo socios comerciales, en cierto modo, siguen estando. No hay sucesión que se firme en un documento para eso, ni cifra que la resuma. Solo hay una mesa que se vuelve a poner, una y otra vez, con el mismo cuidado con que la puso primero su bisabuelo en 1958, después su abuelo, después su papá, y ahora él, consciente de que algún día le tocará a alguien más seguir contando los años, calcular si fueron cincuenta o sesenta, y descubrir que, otra vez, la cifra exacta importa menos que el hecho de seguir reuniéndose para intentar calcularla.


    Fotos de Aris Martínez

    Otros artículos

    spot_img