
El domingo en la tarde no tiene glamur. Sí tiene una silla en Multiplaza, una pantalla de Copa Airlines abierta y tres horas para comprar pasajes a David para una nueva jornada quirúrgica. Ningún asistente, ningún departamento de compras, ninguna herramienta corporativa. Solo a María Elena Berberián buscando dónde ahorrar algunos dólares en los boletos de los voluntarios que operarán a niños la semana siguiente. Esa imagen, discreta, casi invisible, es el retrato más honesto de cómo funciona Operación Sonrisa Panamá: una institución de salud pública que opera con lógica de startup, presupuesto de organización pequeña y la responsabilidad de un hospital.
María Elena lleva diez años al frente de la fundación. Llegó desde otro mundo: fashion shows, presentaciones de colección en Ámsterdam, Nueva York o cualquier gran capital de Latinoamérica. Aunque le ofrecieron el puesto ya alejada un tiempo de esa dinámica, no dudó en pensar que la logística sería la misma: diferente causa, mismo músculo. El primer programa quirúrgico la corrigió sin contemplaciones. “Yo venía sobrada —dice— y cuando fui y vi el programa me dije: ¡Dios mío!, esto es un monstruo”. No era exageración. Era el diagnóstico.
La diferencia no es de escala, sino de naturaleza. En el mundo corporativo se coordina con equipos que cobran salario, a los que se puede exigir, presionar, reemplazar. En Operación Sonrisa se coordinan más de 150 voluntarios médicos —cirujanos plásticos, anestesiólogos, fonoaudiólogos, pediatras— que donan su tiempo, sacrifican fines de semana con su familia y, a cambio, reciben $250 al día como gesto simbólico. No se les puede decir más de tres cosas a la vez. No se les puede presionar. Hay que seducirlos, consentirlos, hacerlos sentir parte de algo que vale la pena, porque si no, se van, y con razón.

“Somos 2.700 oenegés en Panamá y todas queremos
hacer el mismo bingo. La Lotería Nacional nos da $5.000 al año…
menos del 1 % de lo que necesitamos”.
El tamaño real de lo que esa red sostiene es difícil de comprender sin los números. En 35 años, la fundación ha atendido a 5.008 niños y realizado más de 7.000 cirugías en 82 programas quirúrgicos. Uno de cada 700 nacimientos en Panamá trae esta condición — entre 80 y 100 casos nuevos al año—, la mayoría en comarcas indígenas donde la atención prenatal es mínima o inexistente. Pero el programa no termina en el quirófano. Termina a los 17 años, con la cirugía estética de nariz, la última de, al menos, cuatro intervenciones que recibe cada niño a lo largo de su vida. Entre la primera y la última hay terapia de lenguaje, ortodoncia, atención dental, seguimiento clínico, acompañamiento a la familia. Es atención integral; el tipo que el sistema público debería garantizar.

Todo eso lo gestiona un equipo de seis personas con un presupuesto anual de $600.000 a $700.000. La Lotería Nacional transfiere $5.000 al año; menos del 1 % de lo que se necesita. El Gobierno no aporta financiamiento directo significativo. Operation Smile Internacional cubre aproximadamente el 10 % de los gastos. El resto se levanta localmente, con bingos, torneos de golf, cenas benéficas y la generosidad corporativa que alcance.
El problema no es la falta de voluntad de los donantes, sino la saturación del ecosistema. Panamá tiene hoy más de 2.700 organizaciones sin fines de lucro activas y todas compiten por el mismo mecenazgo, los mismos eventos, las mismas puertas que tocar.
La recaudación de Operación Sonrisa cayó entre el 30 % y el 40 % en la última década; no porque la causa sea menos urgente, sino porque el mercado filantrópico colapsó en su propia abundancia. “Somos 2.700 oenegés y todas queremos hacer el mismo bingo”, dice Berberián con una precisión que no admite réplica. La creatividad tiene límites cuando todos inventan al mismo tiempo.

Sostener en la incertidumbre
El nuevo centro de atención —inaugurado el 26 de febrero de este año— es la prueba física de una gestión de una década. El terreno llegó en noviembre de 2020, en plena pandemia, gracias a una gestión directa con la primera dama de entonces. La construcción duró dos años. La inversión total: $100.000 en especie y $750.000 en efectivo, levantados entre ahorros institucionales y recaudación. Lo que había antes era una casa del área revertida, fea, que se caía. Lo que hay ahora es el primer espacio permanente de atención integral para niños con labio y paladar fisurado en Panamá, con consultorios, áreas de terapia y capacidad para recibir pacientes todos los días.
Pero la apertura de un centro no cierra un ciclo. Lo abre. Antes, la responsabilidad era salir al terreno dos veces al año. Ahora hay que mantener una estructura fija, operarla diariamente, financiarla de manera sostenida. “Yo dije: se construye, entran los niños y ya”, admite Berberián. “Pero al final siempre hay más”. Esa frase no es queja, sino la descripción exacta de lo que significa liderar una institución que crece más rápido que su modelo de financiamiento.
El sistema tampoco ayuda. La Caja de Seguro Social solo autoriza dos días de cirugía y veinte voluntarios médicos simultáneos para los programas quirúrgicos. Eso obliga a operar domingos, lunes y martes para cubrir la meta de 25 niños por día. Panamá alberga la red de voluntarios médicos más activa de toda la organización global de Operation Smile, y su propio sistema institucional recorta los permisos.

Durante 35 años, Operación Sonrisa Panamá operó sin sede fija. En 2026, inauguró el primer centro permanente de atención integral para niños con fisura palatina en el país.
Berberián lo plantea como pregunta que nadie en el Gobierno se ha hecho todavía: ¿cuánto le costaría al sistema público operar directamente a los 200 niños que atiende la fundación cada año? La respuesta implícita es que costaría más, demoraría más y llegaría a menos. Pero esa aritmética nunca se ha hecho oficial. Mientras tanto, la fundación sigue haciendo lo suyo con auditorías externas trimestrales, cada centavo documentado —transporte de pacientes, gasolina de voluntarios, el almuerzo del equipo en días de carga— y la certeza de que la transparencia es lo único que distingue a las organizaciones serias de las que simplemente existen.
Los próximos diez años deberían ver a Operación Sonrisa consolidarse como el referente definitivo de atención a niños con labio y paladar fisurado en Panamá, con el centro de atención lleno todos los días, el relevo generacional médico activo y nuevos cirujanos aprendiendo protocolo. Eso es mucho más que optimismo institucional. Es, en palabras de su directora, “el único escenario que justifica lo que se ha invertido”.
Fotos por Aris Martínez y cortesía



