martes, octubre 13, 2026

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    Salir con mi papá: una aventura de realismo mágico y folclore tropical

    Una simple salida por un café se convierte en una antología de cien anécdotas sin hilo conductor.

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    ​Si hay algo que he aprendido es que salir con mi papá no es un “trámite”: es una expedición casi tan compleja como cruzar Darién caminando. Mi papá es un ser autóctono, de esos que no pasan desapercibidos.Y ahora, con la vejez, pues se le han potenciado todas esas cualidades. Una simple salida por un café se convierte en una antología de cien anécdotas sin hilo conductor. O sea todo #Así&Asa 

    ​El “Robin Hood” de la salud pública. ​Por ejemplo, hace unas semanas mi papá estuvo en el hospital con visitas restringidas. Y cada vez que lo íbamos a visitar, él tenía pedidos muy específicos: “Tráiganme periódicos y tarjetas de celular”.

    ​— Pero, papá, ¿para qué? Si tu plan es postpago… —le decía yo, confundida.

    — Es para las enfermeras, hija. Pobrecitas, trabajan mucho y están muy necesitadas.

    ​Literal. Mi papá era el benefactor del piso. Si no eran tarjetas era pastel porque alguna cumplía años. Claramente, lo adoraban y consentían. Yo solo les decía: Él es así: folclore tropical puro. Y cuando pega el calor se pone más creativo y variado que menú de fonda en domingo. Nunca se sabe con qué se va a salir. Así es que gózenlo.

    ​​Hace unos días, estábamos sentados en una cafetería local. Yo, concentrada en mi sándwich, no me percaté de que un señor en andadera pasaba por detrás de nosotros. El desconocido, viendo la escena de espaldas, le hizo una señal pícara a mi papá preguntándole si yo era su esposa.

    ​Cuando me volteé y lo pillé en la “jugada”, el señor se quedó petrificado, como una estatua de sal. A lo “¡123 PanYQueso!”.

    Pero mi papá, con la diplomacia que le dan los años, soltó:

    — No, mijo, esta es Mónica, mi hija.

    ​El señor, ni corto ni perezoso, se sentó en nuestra mesa para pedir disculpas por la confusión. Alegaba que siempre hay que preguntar porque hasta él está casado con una más joven. Yo, entre indignada y risueña, le solté:

    — ¡Señor! ¿Cómo se le ocurre que me voy a casar con un viejo así? 

    ​El desconocido, lejos de ofenderse, me miró fijamente y exclamó:

    — ¡Ay! ¡Tú eres la de la TV! Dame tu celular, que yo alquilo polleras y te quiero empollerar.

     Sacó papel y pluma como si fuera mi fan número uno, pero como no veía nada, ¡le arrebató los lentes a mi papá! para poder anotar. Y yo ahí, paralizada como cucaracha cuando prenden la luz. ¿De verdad le tenía que dar mi número a este desconocido? ¡Auxilio!

    ​Afortunadamente, mis años de entrenamiento en discotecas y “calle” no han sido en vano. Logré escaparme respetuosamente de la situación aplicando la maniobra de extracción digna que solo la experiencia te da. Y termine NO dando mi celular.

    ​​Dos días después, mi papá me dice muy campante que lo acompañe a comprar lentes nuevos porque los de él se los llevó el señor aquel.

    ​¡Ahí mismo me dio rabia de nuevo! Entre regaño y risa, le rogué que por favor deje de hablarle a desconocidos, que su carisma está en EXTRA estos últimos años y nos está poniendo a trabajar doble.

    ​Bueno, así vamos por la vida: cuidando a nuestros padres, entablando conversaciones aleatorias con extraños y tratando de apaciguar el bochinche de la joven y el don. Somos Padre e Hija no Sugar y Esposa. Gracias.


    Fotos cortesía de Mónica Gúzman Zubieta

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