Hay un momento específico en la carrera de Nicolás Halac que lo explica casi todo. Tenía poco más de veinte años, acababa de terminar la universidad y un mentor —Manuel Mora y Araujo, uno de los grandes estrategas de la comunicación de América Latina— le dijo algo que en ese momento no terminó de entender: “Tienes que armarte un banco de talentos”. Halac no sabía exactamente qué significaba eso ni cómo empezar. Lo que sí tenía era una libreta llena de contactos acumulados durante tres años como presidente del centro de estudiantes de universidades privadas de Argentina —más de cien mil personas representadas, conversaciones con políticos, empresarios, artistas, dirigentes de todo tipo— y la intuición de que esa red valía algo, aunque todavía no supiera cuánto.
El primer talento que representó fue a Silvio Velo, el mejor futbolista ciego de la historia. No había una historia construida, solo un talento natural y una agenda de contactos que ya llegaba desde la FIFA hasta Google. El trabajo de Halac fue, en ese primer momento, ayudar a gestionar lo que ya estaba en movimiento. Construir la narrativa. Ordenar el caos de una agenda que desbordaba. A los dos años ya representaba a diez personas. En 2009 nació formalmente Experiencias LLC, la agencia que hoy opera como la plataforma de speakers más grande del continente, con más de cinco mil oradores activos y presencia en todos los mercados relevantes de América Latina.
Hoy, desde Buenos Aires, Halac coordina conferencias que van de la sede de Harvard a las convenciones anuales de los bancos más importantes de la región. El catálogo de Experiencias incluye a Pep Guardiola, Tony Robbins, James Clear, Manu Ginóbili y una lista de premios nobel, exjefes de Estado y neurocientíficos que sería difícil de creer si no estuviera documentada. No es un organizador de eventos: es algo más específico y más difícil de definir: un curador del conocimiento con capacidad de ejecución continental.

“La pregunta que siempre le hacemos al cliente es dónde querés que esté tu gente después de este evento”. Nicolás Halac
Lo que hace Experiencias no es llevar a alguien famoso a dar una charla. Es otra cosa. Cuando una empresa contacta a Halac, el proceso comienza con un brief —un documento de diagnóstico que busca entender no solo qué quiere la empresa, sino en qué estado emocional y estratégico se encuentra. ¿La fuerza de ventas está desmotivada? ¿Cambió el directorio y hay que relanzar la cultura interna? ¿La compañía enfrenta una transición tecnológica que genera incertidumbre? La respuesta a esas preguntas determina quién habla, cómo habla y qué tiene que dejar en la sala cuando termina. “La pregunta que siempre le hacemos al cliente —explica Halac— es dónde querés que esté tu gente después de este evento. A nivel mental, a nivel emocional”. La respuesta a esa pregunta es la propuesta.
Eso lo distingue del mercado. Hoy el mercado de speakers está saturado y lleno de conferencistas, motivadores y gurús de las nuevas tendencias, Experiencias opera con una lógica inversa: primero el problema, después el talento. Primero el diagnóstico, después la solución. Y la solución nunca es un nombre solo, sino una propuesta de entre seis y quince opciones, construida a medida del contexto del cliente. El speaker es, en palabras de Halac, “la frutilla del postre”: si sale mal, el evento entero fracasa; si sale bien, la empresa lo recuerda años después. Esa responsabilidad —la de ser el último eslabón visible de algo que costó meses planificar— es lo que explica la obsesión por el detalle que define el estilo de trabajo de la agencia. El agua en el escenario. El tipo de micrófono. El tiempo exacto de preguntas. El timer visible para el orador.

La metodología de Experiencias parte de un diagnóstico preciso antes de proponer un nombre. El ‘speaker’ es el último eslabón visible de un proceso que puede llevar meses de preparación.
El arquitecto del conocimiento
En 17 años gestionó eventos para Google, Julius Baer, Adidas, Holcim, Microsoft y un centenar de empresas Top Fortune 500, a la vez que articuló un catálogo de 5,000 oradores activos en todo el continente. Pero, lo más valioso que Halac ha acumulado en estas casi dos décadas no está en su catálogo ni en su metodología. Está en lo que ha observado. Pocas personas en el mundo han tenido acceso sistemático, prolongado y cercano a tantos individuos que llegaron a la cúspide de disciplinas tan distintas. Economistas, deportistas, artistas, neurocientíficos, líderes militares, fundadores de empresas que cambiaron industrias enteras. Y lo que Halac encontró, al comparar todos esos perfiles, no fue lo que esperaba.
“Cuando comparo a todas esas personas que son extraordinarias por sus logros —dice—, tienen hábitos ordinarios”. Descanso, ejercicio, alimentación, meditación, cuidado de la mente. Las cosas que todo el mundo sabe que debería hacer y casi nadie hace primero. Ellos las hacen primero. El trabajo viene después, una vez que ese esquema de base está funcionando. No es disciplina en el sentido heroico que suele venderse en los libros de autoayuda. Es algo más simple y más difícil al mismo tiempo: consistencia en lo básico como condición para poder sostener la excelencia en lo específico.

Del deporte de élite a la economía mundial: el catálogo de Experiencias incluye a Rafa Nadal, Manu Ginóbili, Carlo Ancelotti, Simon Sinek y premios nobel, entre otros. La curaduría de 17 años es el activo que ningún competidor puede replicar de manera rápida.
Y hay algo más. La forma en que los mejores desarrollan su talento no es corrigiendo sus debilidades hasta volverlas fortalezas, sino identificar en qué son nueve o diez sobre diez y convertir ese nueve o diez en mil. El basquetbolista que no defiende bien, pero emboca triples desde cualquier ángulo, no invierte su energía en aprender a defender como los mejores defensores: invierte en que su triple sea imparable. Las debilidades se gestionan hasta un nivel funcional; el talento se lleva hasta el límite. Esa distinción, aparentemente obvia, es la que separa las trayectorias que Halac ha visto de cerca de las que se quedan a mitad de camino.
Lo que hace interesante esta observación —y lo que le da relevancia más allá del mundo del deporte o del espectáculo— es que aplica con la misma precisión a los economistas, a los líderes empresariales, a los académicos. La excelencia tiene una gramática común que no depende del campo. Y Halac, al llevar décadas moviéndose entre todos esos campos, terminó convirtiéndose en alguien que lee esa gramática con una fluidez que pocos tienen.
Todo esto sucede en un momento cuando el mercado del conocimiento vive una de sus transformaciones más profundas. La pandemia globalizó la industria: lo que antes requería oficinas en cada territorio ahora funciona de forma remota, y un cliente en Suiza puede contratar a un orador argentino para un evento en México sin que eso represente una fricción logística significativa. La inteligencia artificial, lejos de amenazar el negocio, lo está acelerando: la desorientación de las empresas frente a la adopción tecnológica genera una demanda creciente de voces que puedan ordenar el caos, explicar el contexto, dar perspectiva. Experiencias tuvo más trabajo después de la pandemia. Tiene más trabajo desde que la IA se instaló en la conversación corporativa.

En un mundo donde casi todo se ‘comoditiza’, lo que resiste la ‘comoditización’ es la persona singular.
Hay una tesis de fondo en todo esto que Halac articula con precisión: en un mundo donde casi todo se ‘comoditiza’ —servicios, productos, tecnología, incluso ideas—, lo que resiste es la persona singular. La que llegó al vértice de su disciplina, que tiene una historia específica de fracasos y recuperaciones, que puede estar en una sala y mover algo en la gente que ningún algoritmo va a mover. Eso no se replica. No se escala fácilmente. Y, paradójicamente, en la era de la inteligencia artificial se vuelve más escaso y más valioso.
Cuando se le pregunta cuál es su propósito detrás de todo esto, la respuesta es más personal de lo que el tamaño del negocio sugeriría. “Ayudar a las personas a que conecten consigo mismas”, dice. Y agrega algo que no suena a discurso: “A mí me costó años conectar conmigo”. Lo dice alguien que está por cumplir cuarenta años, que lleva más de dos décadas construyendo puentes entre el conocimiento extraordinario y las personas que lo necesitan, y que encontró su propio centro bastante después de haber encontrado el de todos los demás. Quizás eso también es un patrón.
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