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    Oyster: cien años haciendo historia

    Desde 1926, los relojes Rolex se establecieron como símbolo de lujo duradero. Una lección sobre patrimonio.

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    El Oyster de 1926 no fue un salto tecnológico aislado. Fue la culminación de una obsesión: crear un instrumento para los límites humanos. Cien años después, su permanencia plantea una pregunta incómoda sobre el lujo contemporáneo. Los objetos de lujo envejecen; se datan, se vuelven nostálgicos, e incluso pueden perder relevancia. El Oyster nunca lo hizo. Desde sus inicios, Rolex entendió algo fundamental: un objeto trasciende cuando su narrativa se alinea con aspiraciones duraderas. Mercedes Gleitze cruzó el Canal con un Oyster en 1927. No era marketing puro. Era verificación. Esa lógica —excelencia bajo presión— sigue siendo su fundamento. El Oyster no necesita innovar para permanecer relevante. Ya es patrimonio. 

    Hans Wilsdorf en los talleres de Rolex, 1942.

    Un reloj trasciende verdaderamente cuando su narrativa se alinea con aspiraciones genuinamente duraderas.

    La actriz británica Evelyn Laye demuestra la resistencia al agua de su Rolex Oyster en la década de 1930.

     Con su organización Coral Gardeners, el joven conservacionista marino Titouan Bernicot, de la Polinesia francesa, ha plantado miles de corales, impulsando un movimiento colectivo para la restauración de los arrecifes.

    Oyster Perpetual, oro amarillo, 1931. Nace el movimiento automático que definiría la era moderna.

     


    Fotos Cortesía Rolex

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