Desde diciembre, un fragmento de seis minutos de La Odisea circula exclusivamente en salas IMAX, proyectado antes de otros estrenos. En ese adelanto,y en el material mostrado después en CinemaCon, aparece el momento que más ha dado de qué hablar antes incluso del estreno: un caballo de Troya que no se yergue triunfal sobre la costa, sino que flota medio hundido, con soldados griegos respirando por pajillas mientras el agua les llega al cuello. Nolan explicó la lógica detrás de esa imagen en una entrevista con Time: un caballo intacto sobre ruedas nunca convencería a los troyanos de arrastrarlo hasta la ciudad; uno que parece a punto de perderse en la marea, en cambio, se rescata como botín.
Es una imagen fiel al resto de su obra, aunque a primera vista no lo parezca. Durante veintiocho años, Nolan no ha hecho películas sobre atracos, superhéroes o física cuántica. Ha hecho, una y otra vez, la misma película sobre el tiempo: cómo se descompone, cómo se dilata, cómo se puede recorrer al revés y cómo nunca, bajo ninguna circunstancia, se puede recuperar.
Memento, su segunda película, contaba una historia hacia atrás porque su protagonista no podía retener el presente más de unos minutos. No era un truco narrativo gratuito: era la forma más honesta de poner al espectador dentro de una mente que vive exclusivamente en el instante. Quince años después, Dunkerque llevaría esa misma incomodidad estructural a un terreno histórico, entrelazando tres líneas temporales de distinta duración: una hora en el aire, un día en el mar, una semana en tierra, hasta que las tres convergen en el mismo segundo.

No empieza a escribir hasta tener resuelta la estructura completa del relato. No la impone después, sobre una historia ya en marcha.
Inception dilataba minutos hasta convertirlos en años, según cuántos niveles de sueño separaran al personaje de la vigilia. Interstellar convirtió la relatividad en tragedia doméstica antes que en curiosidad científica: un padre que regresa de orbitar un agujero negro y encuentra a su hija convertida en una mujer mayor que él. Tenet, la más literal de todas, invirtió la flecha del tiempo por completo, obligando a sus personajes y a su público a moverse hacia atrás dentro de su propio presente.
Oppenheimer, en apariencia la más convencional de sus películas por tratarse de una biografía, resultó ser la culminación más severa de esa obsesión: condenó a su protagonista a vivir el resto de su vida bajo la sombra de un solo instante en el desierto de Nuevo México, incapaz de regresar a ser quien era antes de esa detonación. Es, en el fondo, la misma pregunta que atraviesa La Odisea: si el tiempo pasado te transforma de manera irreversible, ¿qué significa exactamente “volver a casa”?
La Odisea, con Matt Damon como Ulises, es quizás la versión más directa que Nolan ha hecho de esa obsesión: diez años de guerra, diez años de regreso, y la duda constante de si es posible volver a ser quien se era antes de que el tiempo pasara. No es casualidad que haya tardado veinte años en decidirse a contarla. Es la historia que mejor resume todo lo que ha estado diciendo desde Following.

La paradoja del tiempo
Hay, además, una ironía que el propio Nolan no necesitó inventar: a comienzos de siglo, Warner Bros. lo había contratado para dirigir Troya tras el éxito de Memento. El estudio se la quitó cuando Wolfgang Petersen, quien la había desarrollado originalmente, la reclamó de vuelta, y a cambio le ofreció a Nolan un proyecto menor llamado Batman Begins. Dos décadas después, el director terminó regresando de todos modos a esa guerra troyana, solo que por la puerta de atrás: contando lo que ocurre después de que termina, cuando ya no queda nada por conquistar, solo un camino de regreso a casa. Su propia carrera, sin proponérselo, adoptó la misma estructura circular que sus películas.
Lo interesante, y lo que distingue a Nolan de otros directores con inquietudes igual de sofisticadas, es que esa preocupación, tan poco comercial en apariencia, terminó siendo una fórmula de éxito masivo y no un ejercicio de nicho. Las películas de Nolan han recaudado en conjunto más de 6.200 millones de dólares en taquilla mundial, según datos de Box Office Mojo. Es una cifra que pocos directores vivos pueden exhibir sin apoyarse en una franquicia preexistente heredada de otro creador.
Ulises tardó diez años en volver a Ítaca. Nolan tardó veinte años en volver a esta historia. Ninguno consideró que existiera una ruta más corta.
Inception, una historia original sin ninguna propiedad intelectual detrás, superó los 830 millones de dólares con un presupuesto de 160 millones, un riesgo que ningún estudio asumiría hoy sin el nombre de Nolan como garantía. Oppenheimer, una biografía de tres horas, clasificación R, sin explosiones de superhéroes ni personajes reconocibles de antemano, se acercó a los 1.000 millones. La Odisea necesita superar apenas 763 millones para llevar el total de su carrera más allá de los 7.000 millones, una cifra que hasta hace poco solo alcanzaban las franquicias con décadas de historia y merchandising detrás, no las ideas de un solo autor.

Nolan construyó, película a película, una audiencia entrenada para tolerar la complejidad narrativa sin necesidad de simplificar nada a cambio, y esa audiencia, lejos de reducirse, ha crecido en paralelo a la ambición de sus historias. Es un caso poco común de cómo una obsesión intelectual, sostenida sin concesiones durante casi tres décadas, puede convertirse en un activo comercial que ninguna encuesta de mercado habría recomendado por adelantado.
Es la lección menos evidente detrás de la cifra: la sofisticación no fue un obstáculo que Nolan tuvo que superar para llegar al público masivo, fue la estrategia misma para llegar a él. La industria cinematográfica suele premiar la simplificación como atajo hacia la escala, pero Nolan construyó lo contrario —complejidad creciente, sin descuentos— y la convirtió en la razón por la que el público vuelve, película tras película.
Ulises tardó diez años en regresar a Ítaca. Nolan tardó veinte años en regresar a esta historia. En ambos casos, el tiempo perdido termina siendo, de algún modo, el verdadero protagonista: no lo que sucede durante la espera, sino lo que esa espera termina por costar y por comprar.
Fotos: Servicios Internacionales














