miércoles, julio 15, 2026

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    El Mendoza de invierno que pocos conocen

    En julio, la cordillera de los Andes se cubre de blanco y Mendoza revela su versión más inesperada. No es un destino de esquí con bodegas de fondo. Es un lugar donde la nieve y el vino forman parte del mismo día, y donde el viajero que llega sin expectativas rígidas suele quedarse más tiempo del que planeó.

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    Hay una imagen que Cynthia Maggioni, vicepresidenta del ente Mendoza Turismo, usa para describir lo que más sorprende a quien llega a la provincia en invierno por primera vez. No es una pista de esquí ni una bodega en particular, sino algo más simple: “Estar al sol, con una copa de vino en la mano, mirando una montaña nevada”. Es la promesa más honesta que tiene el destino y también la más difícil de encontrar en otro lugar con la misma naturalidad.

    Mendoza en invierno no compite siendo el mejor destino de nieve. Compite siendo el único lugar donde la nieve y lo que viene después del frío forman parte del mismo argumento. La geografía lo hace posible: el desierto de altura y el valle vitivinícola están a dos horas de distancia, conectados por una ruta que en pleno julio permite pasar de la nieve de alta montaña al calor templado de los viñedos sin que el viajero sienta que está cambiando de viaje.

    Esa dualidad tiene una traducción concreta en cómo se usa el día. “Una de
    las experiencias más elegidas —explica Maggioni— es la que permite comenzar en la cordillera con actividades en la nieve y finalizar la jornada en zonas vitivinícolas como Luján de Cuyo o Valle de Uco, disfrutando de almuerzos, degustaciones y atardeceres entre montañas y viñas”. No es un itinerario diseñado por una agencia; es lo que el viajero descubre que puede hacer y decide repetir.

    Lo que define al viajero invernal en Mendoza no es el deporte. Los datos del ente lo confirman con claridad: el 57 % va a la montaña, pero solo el 6 % hace actividades de aventura. El 46 % prioriza la observación del entorno y la conexión con la naturaleza. “El turista utiliza el entorno invernal y la montaña como un escenario para el descanso, las experiencias culinarias y la conexión visual con el paisaje —sintetiza Maggioni— más que para la actividad deportiva extrema”. Es un viajero que no viene a conquistar nada, sino que viene a estar en el lugar correcto.

    Mendoza permite pasar de la nieve de alta montaña al valle vitivinícola en dos horas. Esa dualidad no existe en Bariloche ni en Santiago.

    Ese lugar correcto, en invierno, tiene una lógica gastronómica propia. “Mendoza ha desarrollado una escena culinaria de alto nivel —señala la vicepresidenta del ente— donde los productos regionales (aceite de oliva, carnes, frutos secos) se combinan con vinos locales”. Los restaurantes en bodega proponen en invierno menús de estación pensados para la época: platos reconfortantes, vistas a los viñedos con la cordillera nevada al fondo, y la atención que la temporada baja permite. La gastronomía es, según los propios datos del ente, la segunda actividad más realizada por los visitantes invernales, con un 27 % de participación, impulsada en su mayoría por la búsqueda de lo que Maggioni llama “satisfacción personal y placer sensorial”.

    El enoturismo completa ese cuadro. Luján de Cuyo y Valle de Uco ofrecen en invierno lo que en temporada alta es difícil de encontrar: tiempo. “Es la época ideal para experiencias más íntimas —sustenta Maggioni— como catas verticales o maridajes en espacios cerrados y cálidos”. Las bodegas que en enero reciben grupos en rotación, en julio reciben mesas de cuatro con atención personalizada y la cordillera nevada como telón de fondo. El 35 % de quienes hacen enoturismo en invierno busca explícitamente relajación y distensión. No van a aprender sobre vino, sino a estar bien.

    A esto se suma Cacheuta, que Maggioni describe como “un complemento ideal» dentro del recorrido invernal: la posibilidad de pasar “del frío intenso de la montaña al descanso en aguas termales, en una experiencia sensorial que conjuga bienestar y naturaleza”. No es un agregado al itinerario. Para cierto viajero, es el centro del viaje.

    El mercado que mejor entiende todo esto, y que más rápido está respondiendo, es el brasileño. Entre 2019 y 2025, los visitantes de Brasil en julio casi se duplicaron, llegando a picos superiores a 9.500 personas en un solo mes. No llegan por el precio, sí porque Mendoza ofrece una combinación que el turismo invernal convencional no tiene: gastronomía con identidad, vino con contexto y montaña como escenario, todo dentro del mismo viaje, sin que el viajero tenga que elegir entre uno y otro.

    El extremo que define hacia dónde va el destino

    Para quien el esquí es parte del viaje, pero no toda la razón, El Azufre representa la versión más exigente de lo que Mendoza puede ofrecer en invierno. Es un proyecto construido alrededor de perfiles muy precisos que rara vez conviven en un mismo destino. Maggioni los describe con claridad: el viajero premium internacional, “con alto poder adquisitivo, en muchos casos de EE.UU. y Europa, dispuesto a pagar por experiencias exclusivas como heliesquí, estadías en lodge y logística integrada”. Junto con eso, un perfil que crece con fuerza en el segmento de alto valor: el viajero eco-luxury que “prioriza sustentabilidad real, experiencias de bajo impacto y contacto profundo con la naturaleza, buscando coherencia entre lujo y responsabilidad ambiental”.

    Lo que El Azufre integra —nieve en alta montaña, servicios de alta gama, gastronomía local y vino como parte central de la experiencia, no como complemento— existe en muy pocos destinos del mundo con esta geografía y esta accesibilidad. Mendoza tiene vuelos directos desde Miami, Ciudad de México y São Paulo. No requiere logística de expedición. Requiere, por ahora, saber que existe.

     

    El Azufre apunta a un viajero de EE.UU. y Europa que busca heliesquí en los Andes, ‘lodge’ de bajo impacto y logística integrada en un solo destino.

    Ese “por ahora” es relevante. La provincia tiene en desarrollo más de 30 proyectos de infraestructura turística con una inversión proyectada de casi $238 millones en los próximos diez años. Cinco de los nuevos alojamientos en carpeta están vinculados a cadenas hoteleras internacionales. El programa gubernamental Pioneros ofrece estabilidad fiscal y exenciones impositivas por cinco años a proyectos privados en zonas de montaña y precordillera. No es el anuncio de un destino que llegó a su forma definitiva, pero sí la señal de un destino que está construyendo activamente la versión de sí mismo que va a existir en 2030.

    La infraestructura que se inaugura hoy en Valle de Uco o en alta montaña va a estar madura en tres o cuatro años. El perfil de viajero que Mendoza está atrayendo va a encontrar en esos años una provincia con más oferta, más conectividad e, inevitablemente, más precio. Quien llegue ahora aprovechará los beneficios de esta “joya invernal” aún por conocer.


    Fotos cortesía

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