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    ‘Fogones de libertad’

    Antes de escribir el libro que Panamá regaló a sus visitantes bolivarianos, Rolando Domingo ya ha pasado tres décadas convirtiendo pasiones privadas en instituciones culturales: acuñó el oficio local del ‘wedding planner' y fundó el primer diplomado dedicado a la pollera panameña.

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    A Panamá llegaron representantes de ocho sociedades bolivarianas de distintos países. Venían a un acto protocolar por el Bicentenario del Congreso Anfictiónico, la reunión que en 1826 convocó Simón Bolívar en la Ciudad de Panamá para imaginar algo parecido a una unión de repúblicas americanas. El congreso original fue, en rigor, un fracaso diplomático: varias delegaciones llegaron tarde, algunas nunca llegaron, una murió de fiebre amarilla en el camino. Pero inspiró la idea del multilateralismo que dos siglos después todavía sostienen organismos como la OEA, y esa tensión entre fracaso inmediato e influencia de largo plazo es exactamente el tipo de historia que Panamá rara vez sabe contar bien. Lo que los ocho representantes se llevaron de regalo esta vez no fue una medalla ni un discurso: fue un libro de cocina. Uno numerado, de edición limitada, con recetas elegidas por los propios embajadores acreditados en el país y una tesis detrás que pocos gestos diplomáticos suelen tener. El presidente de la República lo entregó como obsequio oficial a jefes de sociedades bolivarianas de la región. El libro se llama Fogones de libertad, y detrás de él está Rolando Domingo.

    Domingo no es historiador ni diplomático de carrera. Durante más de tres décadas construyó su nombre en un territorio que en Panamá casi nadie tomaba en serio como oficio. Fue él, según cuenta, quien acuñó localmente el término “coordinador de eventos”, antes de que la industria adoptara la etiqueta de wedding planner. Se resistió siempre a quedar encasillado ahí. Lo suyo nunca fue organizar fiestas, sino diseñar experiencias con un porqué detrás, según relata, y esa distinción explica mejor que cualquier otra el salto que dio de las bodas a un proyecto financiado por CAF con recetas de embajadores.

    Rolando Domingo comparte un ejemplar de ‘Fogones de libertad’ durante uno de los actos protocolares de presentación del libro.

    La idea nació de una conversación entre amigos. Enrique Arturo de Obarrio, quien preside también el Comité de Benefactores de la Sociedad Bolivariana de Panamá, del que Domingo forma parte, le preguntó qué se podía hacer para el Bicentenario. Domingo le respondió que con lo único que sabía hacer bien: crear una experiencia integral que utiliza la gastronomía y un relato capaz de enganchar a una audiencia que no iba a sentarse a leer historia académica. “Yo no podía hacer un libro de historia porque no soy historiador. Enrique aportó el capital semilla; CAF sumó el respaldo institucional, en parte porque la familia de Díaz Granados guarda una cercanía histórica y afectiva con la figura de Bolívar que antecede el proyecto por generaciones”.

    De ahí en adelante, el libro se armó casi como una negociación diplomática en miniatura. Domingo convocó a los embajadores acreditados en Panamá y les pidió que escogieran, cada uno, la receta que sintiera más representativa de su país. El resultado, dice con humor, fue que “se mataron ellos con sus mismos cuchillos”: cada delegación defendió su elección con el mismo celo con que un país defiende una postura en un foro multilateral. Hubo reclamos por lo que se dejó afuera y discusiones sobre fronteras que en tiempos de Bolívar ni siquiera existían como tales —Bolivia, por ejemplo, todavía era Alto Perú—, así que el equipo tuvo que depurar, unificar medidas y, en varios casos, probar recetas que no eran tan obvias como parecían en el papel.

    A eso se sumaron cinco chefs contemporáneos de la región, a quienes Domingo les hizo una sola pregunta: si Bolívar llegara esta noche a cenar a tu casa, ¿qué le servirías? La respuesta fue un menú imaginado para “una cena mítica para el Libertador”, que se sirvió literalmente en la Cancillería, reproducido por un chef panameño para los visitantes bolivarianos que llegan al país. Como no existían referencias visuales para ilustrar ese recorrido histórico-gastronómico, el equipo recurrió a la inteligencia artificial para crear ilustraciones originales que acompañan el texto y transmiten, según Domingo, el mensaje bolivariano sin caer en la estampa histórica de manual escolar. La edición de lujo, numerada, se reservó para coleccionistas y para el regalo protocolar; en paralelo se preparó una versión más accesible con el mismo contenido, pensada para un público que no compra ediciones de colección pero sí puede interesarse en la historia que cuenta.

    Una ruta que ya existía, sin nombre

    Detrás del gesto hay una tesis que Domingo repite con la insistencia de quien lleva años masticándola: Panamá nunca terminó de reclamar su lugar como punto de encuentro. El café y el cacao no se habrían popularizado en Europa de la manera como lo hicieron sin la caña de azúcar que llegó del sudeste asiático y se transformó en industria en el Caribe, en un circuito que pasaba, invariablemente, por el istmo, manifiesta. La plata que financió buena parte del Renacimiento europeo salió de Perú y cruzó Panamá en mulas antes de embarcarse hacia el Atlántico. Es una lectura geopolítica de la gastronomía: no se trata de contar de dónde viene un ingrediente, sino de qué manera ese cruce de rutas construyó riqueza ajena mientras el país que lo hizo posible nunca armó el relato para capitalizarlo. Fogones de libertad, en ese sentido, funciona menos como libro de cocina y más como un intento de reescribir esa cuenta pendiente con un lenguaje que sí logra circular, que es el de la mesa.

    Esa misma lógica —tomar algo que Panamá da por sentado y convertirlo en objeto de estudio, de negocio y, eventualmente, de posicionamiento país— es la que Domingo lleva aplicando desde antes con otro símbolo: la pollera. Escribió dos libros sobre el traje típico panameño, fundó el primer diplomado dedicado a su historia y sus parámetros de apreciación en la Universidad Latina, y organizó una escuela de jueces para calificar concursos, un oficio que hasta entonces se ejercía sin ningún criterio codificado. El segundo libro nació de un documento que él describe como revelador, algo que le reordenó por completo la manera de entender la prenda y que decidió esperar para publicar hasta agotar la primera edición. La pollera, insiste, no es un traje festivo, sino una proclama de identidad, y la trata con el mismo rigor casi curatorial que aplicaría después al proyecto bolivariano.

     De organizar bodas pasó a diseñar diplomados, programas de televisión y libros diplomáticos, sin formación académica en esos oficios.

    Ese patrón —convertir una pasión personal en una plataforma que otros pueden habitar después— es, en el fondo, la explicación de por qué Domingo fue la persona que la Sociedad Bolivariana y CAF llamaron para un proyecto de esta escala.No llegó ahí por credenciales diplomáticas ni por trayectoria académica, sino por un historial de convertir entusiasmos privados en infraestructura pública, una y otra vez, sin que nadie se lo encargara formalmente la primera vez.

    Lo que queda pendiente, y Domingo lo sabe, es la continuidad. Fogones de libertad tuvo un empujón poco común para un proyecto cultural de este tipo: un presidente entregándolo como regalo de Estado, embajadores involucrados desde el origen, una cena reproducida en la Cancillería. Pero el mismo Domingo advierte, hablando de otros proyectos suyos, que el interés generacional por este tipo de relato no está garantizado. La pregunta que deja abierta el proyecto no es si el libro fue exitoso —porque lo fue y de manera medible— sino si Panamá logrará convertir ese entusiasmo puntual en algo más duradero que un gesto protocolar de una semana.

    Domingo cuenta que, mientras exhibía el libro durante los actos protocolares, varios delegados y empresarios extranjeros se acercaron a comprarlo sin saber de qué trataba, simplemente porque ya circulaba como el objeto que recibieron los presidentes. Es un detalle pequeño, pero resume cómo se construye influencia cultural: no siempre se necesita un ministerio detrás, a veces basta alguien dispuesto a convertir una conversación de universidad en un proyecto con capital, recetas y una tesis. Esa, más que cualquier receta puntual, es la forma más literal que ha encontrado el país de sentar a la mesa —de verdad— a los ocho países que alguna vez soñaron con ser uno solo.


    Fotos Aris Martínez y Cortesía

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