Existe la frase que dice: “Si me comprara un circo, se me crecen los enanos”. Ahora tengo esta nueva: “Cuando crecen los enanos, se conoce el mundo”. No tiene nada que ver una con la otra, pero ya saben que yo hablo #Así&Asa y bueno, estamos hablando del tema enanos.
Hay una ley no escrita de la maternidad que dice: mientras más chiquito el hijo, más grande el equipaje. El coche, el chupete, la crema, el sunblock, el pamper de emergencia, la fiebrecita random porque “le está saliendo un diente” (siempre le está saliendo un diente, son miles de dientes), el car seat que no cabe en el taxi, la siesta que se atrasa o se adelanta. En fin, viajar con niños pequeños es un trajín de mucho cuidado.
En este caso, resulta que los enanos crecieron. Y un día, unas familias amigas decidimos lanzarnos a un viaje juntos y —hallelujah— funcionó. Los niños se acoplaron solitos, los adultos conversamos como gente civilizada, paseamos y comimos muchísimo.
Ya en pleno paraíso, sentados en un bar con vista de postal, mi amiga hace lo que hacen los viajeros de verdad: pedir el trago favorito del mesero. Porque así se conoce un lugar genuinamente, no con guía turística, sino preguntándole al server “¿qué te tomas tú?”.
Bien mandada, ella pidió. Cuando llegó el trago, se giró hacia el esposo y anunció, con la seriedad de quien revela un secreto de Estado: “Nuestro mesero es alcohólico. Esto está tan fuerte que me lo voy a terminar en dos días”. #jaja. Así aprendemos y así gozamos, un trago industrial a la vez.
Y en medio del paraíso, cuando ya todo es risa y anécdotas, siempre llega ESE pensamiento: las mascotas. Ahí, solas, en casa. Se nos aguan hasta los helados acá en el fin del mundo.
Allí es cuando entran las abuelitas, cada una con su propio protocolo de cuido:
Están las abuelitas pet friendly que literal se mudan a la casa del nieto de cuatro patas para que no se sienta solo. Lo acurrucan, lo pasean, le hacen la vida.
Están las abuelitas con vida social activa, que arman un sistema logístico digno del aeropuerto de Atlanta (el más transitado a nivel mundial con 106 millones de pasajeros al año, lo googleé). O sea, esta abuelita está así. El perro viaja en la mañana a casa de la abuela y en la tarde ¡zasss!, de vuelta a la suya. Rotación perfecta evitando las horas pico de tranque. Viaja en UberPets y manda foto de la llegada y partida del perro, con mínimas secuelas de estrés en él. Más puntual que Copa Airlines, con perdón de mi aerolínea favorita.
Y están los que dejan al perrito con el cuidador, pero lo llaman por FaceTime a las tantas de la noche después de tomarse el trago-que-ya-sabemos-quién-lo-preparó. Ahí uno entiende que el amor lo puede todo. El amor que sentimos por esas criaturas no se borra ni se limita, aunque estemos a mil kilómetros, en un paraíso, rodeados de humanos queridos.
Se puede decir que llegué hasta acá, al final del continente, lejos-lejos y frío-frío, solo para recordarme a mí misma que el amor incondicional (porque dicen los Mr. del paseo que las mascotas son las ÚNICAS que los reciben en casa SIEMPRE de buen humor y sin problemas), entonces que este amor INCONDICIONAL ANIMALESCO es el único que de verdad cruza fronteras y time zones de manera uniforme y constante.
Ufff. Creo que el frío me puso filosófica, romántica, física-teórica. Si Armando Manzanero viviera ya me estaría llamando… o sea, lista para escribir el cuarto Romance de Luis Miguel. Soy un combo de Manzanero-PETA-Einstein. #ComboÚnico
Conclusión: el mundo es divino, el amor es infinito, la familia es lo más importante, hay que amar como perro, que vivan las abuelitas, amén de las amistades de la vida, amén de que se crecieron los enanos, y a disfrutar de viajar ya que viajar te abre la mente. Recibamos con humildad las enseñanzas del mundo.
Por este lado, ya estamos planeando el próximo viaje. Más lejos, obviamente. A ver qué más vemos, comemos y bebemos. Porque la vida se vive #Así&Asa.
Fotos cortesía de Mónica Gúzman Zubieta



