
Hay una imagen que Valerie Santiago usa para explicar lo que hace, y no es un adorno: es el método. El kintsugi, el arte japonés de reparar cerámica quebrada con oro, no devuelve la pieza a su estado original, sino que la deja mostrar sus grietas, ahora doradas, como parte de lo que la hace valiosa. “Mis hijas no me dejarán mentir. Una vez, en una cita muy importante, hablé de ellas como si fueran dos jarras que se habían roto. Lo dije desde esta idea de que las cosas reparadas con oro pueden volverse todavía más lindas y valiosas”, cuenta.
Es una imagen que se cuida de no romantizar. “Eso no significa que no exista dolor en una madre cuando ve sufrir a sus hijas. Con el tiempo he entendido que mi papel no siempre es evitarles cada caída, sino acompañarlas y ayudarlas a recordar que ninguna experiencia tiene el poder de disminuir su valor”. Reparar con oro, insiste, no es fingir que no dolió, pero sí es reconocer que la grieta dejó información, y que esa información, compartida, puede sostener a alguien más.
Ese principio es la estructura detrás de Building Women from the Inside Out, la frase que resume veinticinco años de yoga y seis de Diseño Humano, practicado a través de Human Design Panamá, la consultora que ella fundó. No son herramientas que ofrece como respuesta cerrada. “Human Design es parte de un botiquín interior en el que también existen el yoga, la meditación, la terapia, la fe, el movimiento, la escritura, el silencio”, relata. La técnica es la estructura: lo que ha vivido —el agotamiento, la maternidad, las grietas propias— es lo que hace que la técnica funcione con otra persona sentada enfrente.

“Para mí, el camino interior es un ir y venir. Es perderse para encontrarse. Es entender que sigues haciendo las cosas de la misma manera y que, por eso, no estás obteniendo resultados diferentes”.
El principio que más repite a quienes la consultan tiene que ver con eso: que el cuerpo, y no la mente, es el instrumento correcto para saber si algo está alineado. “Tengo que sentirlo con mi cuerpo; no con mi mente. Si después de unos días todavía lo siento en el cuerpo, es una decisión alineada. Si es solo mental no va a suceder”, explica. No es una fórmula rápida; requiere sostener la pregunta varios días y resistir la tentación de decidir con el primer impulso mental. Es la parte del método que más le cuesta enseñar, asegura, porque exige paciencia en un momento que premia la respuesta inmediata. Pero es también la que mejor traslada a decisiones de mayor peso —como un cambio de trabajo, un socio, una mudanza— porque no depende del contexto, solo de la disciplina de esperar a que el cuerpo confirme lo que la mente ya sospecha.
Santiago no enseña desde la perfección ni desde un lugar de “ya llegué”; lo hace desde lo que todavía está practicando. “Para mí, el camino interior es un ir y venir. Es perderse para encontrarse. Es entender que sigues haciendo las cosas de la misma manera y que, por eso, no estás obteniendo resultados diferentes. Esa incomodidad te lleva a buscar más adentro”. Es una distinción que le importa: no ofrece un sistema que resuelve, sino una disciplina de atención que hay que repetir.

El alivio que Diseño Humano le dio a Valerie Santiago
no fue una revelación mística: fue dejar de medirse
con una vara que no era la suya.
Esa disciplina definió también cómo estructuró su trabajo con otras personas. Durante años se dedicó casi exclusivamente a sesiones individuales, como sentarse frente a alguien, escuchar su historia, ayudarla a mirarla desde otro ángulo. Hoy, dice, encontró algo distinto en los espacios colectivos: el momento en que una persona escucha a otra nombrar algo que ella misma no había logrado expresar, y comprende que no es la única atravesando esa etapa. No son clases en el sentido tradicional. Son, según lo describe, más parecidas a una mesa compartida —conversación, silencio, compañía— que una instrucción con respuestas correctas.
Esa disciplina la aplica primero puertas adentro. Entender la energía de sus hijas, Valentina y Emily, le enseñó a acompañarlas de maneras distintas para cada una. Sin empujar, sin imponer una sola forma de crecer. “Creo que son las personas que más me enseñan a diario, las que más me retan y las que me han hecho abrir mi corazón para descubrir qué es realmente el amor incondicional”. Es el uso que más le importa de todo lo que practica: no el que aplica en una sesión, sino el que le permite dejar que sus hijas crezcan sin la máscara que, asegura, casi todos terminamos poniéndonos para ser aceptados.

“Reparar con oro no es fingir que no dolió. Es reconocer
que la grieta dejó información y que esa información,
compartida, puede sostener a alguien más”.
Por eso le sorprende reconocer que a ella también le cuesta sentirse vista. “Me cuesta ser constante con las redes, me cuesta exponer ciertas partes de mí”. Pero sostiene que mostrarse no es buscar atención, sino aceptar la responsabilidad de compartir lo que puede acompañar a otra persona. No se trata de tener todas las respuestas, es decir con humildad: esto me sostuvo, esto me enseñó, y quizás también pueda ayudarte. Es la misma lógica que la llevó a colaborar con Panamá en Positivo dando soporte emocional a un grupo de personas privadas de libertad, y la que sostiene sus encuentros colectivos, donde prefiere hacer preguntas antes que dar respuestas.
Al final, la distinción que más le importa defender no es espiritual ni metodológica: es práctica. Una herramienta se puede leer, aprender, hasta enseñar. Pero la persona que decide todos los días qué hacer con lo que aprendió sigue siendo ella. El oro no borra la grieta. La hace parte de la pieza.
Fotos Cortesía



