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    El circuito que enseñó a correr a un país

    Cristina Noriega quería vender zapatillas y en 2010 armó cuatro carreras para lograrlo. Dieciséis años después, esas carreras se volvieron una plataforma que sobrevivió a todos sus patrocinadores y que hoy, admite, ya no le pertenece solo a ella.

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    Le diría que confíe en su intuición. Que nunca deje de soñar en grande”. Es lo que Cristina Noriega respondería hoy si pudiera hablar con la versión de sí misma que, en 2010, solo buscaba una forma distinta de posicionar una marca deportiva “desconocida” en Panamá. No imaginó que esa idea se convertiría en una plataforma capaz de inspirar a miles de personas y transformar la cultura del running en el país. Dieciséis años después, mirar hacia atrás todavía la sorprende.

    En ese momento, Cristina era directora de Mercadeo para Latinoamérica de la empresa que había obtenido la distribución de ASICS en Panamá. La marca era prácticamente desconocida en el mercado local, y la pregunta que se hacía era simple: cómo conectar con los corredores de un país donde correr todavía era una actividad marginal. La respuesta fue crear un circuito de carreras. Así nació el Circuito ASICS, con cuatro fechas y 300 participantes.

    Fue, en su origen, una decisión de mercadeo; no una vocación deportiva ni un plan de expansión regional. Cristina buscaba visibilidad y terminó construyendo, sin proponérselo del todo, la infraestructura del running panameño con un proyecto que, con los años, terminaría replicándose en otros países de la región, aunque el corazón de la operación siguiera siendo Panamá.

    El quiebre llegó en el segundo año, cuando la convocatoria pasó de 300 a 1.000 corredores. Ese salto obligó a repensar la operación desde cero. El cronometraje manual, suficiente para un puñado de atletas, se volvió insostenible. Trajeron entonces una empresa internacional con tecnología de chips, algo poco común en Panamá en ese momento. Fue el instante en que Cristina entendió que sostener el crecimiento exigiría innovar de forma constante y no solo una vez.

    Hoy el circuito opera con sistema de cronometraje propio, una evolución que resume buena parte del camino recorrido: de depender de terceros a construir capacidad interna. El detalle técnico importa menos que lo que revela, una organización que no se conformó con escalar el número de corredores, sino que fue escalando también su propia estructura para sostenerlo.

    De cuatro carreras y 300 participantes, el proyecto llegó a un calendario de once fechas al año repartidas en tres series: Summer Run, Circuito Trail y Circuito City. Hoy reúne cerca de 3.000 corredores por fecha y supera los 20.000 participantes anuales. Son cifras que, contadas así, describen crecimiento, pero no explican el momento exacto en que el proyecto dejó de sentirse como un evento.

    Ese momento no llegó con una cifra, sino con una frase, dice Cristina. Cuando la gente dejó de preguntarle cuándo sería la próxima carrera y empezó a decirle “nos vemos en la próxima”. Ahí entendió que el circuito ya no era una actividad aislada en el calendario de alguien. y que se había vuelto parte de su rutina, de su identidad, de la forma en que esa persona organizaba su año.

    “Nos vemos en la próxima” fue la frase que marcó, para Cristina Noriega, el momento cuando el Circuito City dejó de ser un evento y se convirtió en tradición.

    Las marcas que acompañaron el proyecto fueron cambiando con el tiempo. Después de ASICS llegó Brooks, y desde hace varios años Nike es el patrocinador principal, junto con marcas como Davivienda. Para Cristina, esa rotación no debilitó el proyecto: lo confirmó. “El Circuito City ha permanecido porque la verdadera fortaleza siempre ha sido la comunidad que hemos construido”. Las marcas cambian; la plataforma que construyeron alrededor del corredor no.

    Lo que también cambió fue la forma en que esas marcas entienden su participación. Antes buscaban visibilidad; un logo en la camiseta, presencia en el podio. Hoy buscan crear experiencias y conectar emocionalmente con las personas. Entendieron que el running dejó de ser solo una carrera para convertirse en un estilo de vida, según Cristina.

    El año que aprendimos a crecer

    Preguntada por cuál de las cinco fechas del Circuito City mejor representa el espíritu del proyecto, no duda: Gamboa, la carrera de cierre, con sus 21 kilómetros. Es una ruta exigente, rodeada de naturaleza, que para muchos corredores representa un reto personal y el cierre perfecto de la temporada. No es la más numerosa ni la más urbana de las cinco fechas, pero es la que concentra el sentido del desafío que sostiene todo el calendario.

    Ese desafío individual es, a la vez, un fenómeno colectivo. Cuando el circuito arrancó, correr en Panamá era una actividad para pocos. Hoy, miles de personas lo integran a su rutina como parte de su identidad y no como una excepción de fin de semana. Cristina lo dice sin rodeos: saber que el Circuito City contribuyó a ese cambio es uno de sus mayores orgullos.

    Pero el argumento que más le interesa no es el del alcance, sino el de lo que ocurre alrededor de la carrera y no dentro de ella. Ahí, dice, no solo se entregan medallas. Nacen amistades. Familias enteras empiezan a correr juntas. Personas recuperan su salud. Otras descubren capacidades que no sabían que tenían. Esa es la verdadera meta del proyecto para ella, no la cifra de participantes, sino lo que esa cifra habilita en la vida de cada uno.

    Es una distinción que separa a un evento de una plataforma. Un evento se mide por asistencia; una plataforma, por lo que la gente construye alrededor de ella una vez que la asistencia deja de ser la pregunta central. El Circuito City lleva años operando en ese segundo registro, aunque el cambio haya sido tan gradual que ni su propia fundadora pudiera señalar un día exacto en que ocurrió.

    Dieciséis años de organización le dejaron, confiesa Cristina, una lección que no esperaba aprender cuando empezó: que los grandes proyectos no se construyen de la noche a la mañana, sino con constancia, innovación, pasión y un equipo capaz de sostener ese ritmo. Cada vez que el circuito crecía, el equipo detrás también tenía que crecer con él; en capacidad, en estructura, en ambición.

    “El Circuito City ha permanecido porque la verdadera fortaleza siempre ha sido la comunidad que hemos construido”. Cristina Noriega, Directora y fundadora del Circuito City

    Ese aprendizaje define también hacia dónde mira ahora. El objetivo, dice, es seguir innovando y consolidar un calendario que acompañe al corredor durante gran parte del año. Las once fechas actuales, repartidas entre las tres series, ya apuntan en esa dirección. Pero la ambición no se detiene en el calendario doméstico: quiere seguir posicionando a Panamá como referente del turismo deportivo regional y construir uno de los circuitos de running más importantes de América Latina.

    Es un objetivo que, visto desde 2010, habría sido difícil de imaginar para alguien que solo buscaba vender zapatillas. Es precisamente esa distancia —entre la ambición original y el resultado actual— la que explica por qué Cristina insiste en que las carreras, las medallas y los patrocinadores son, en el fondo, lo de menos.

    Es una conclusión poco común en boca de quien construyó el proyecto. La mayoría de los fundadores, al mirar atrás, tiende a subrayar lo que hizo bien, la decisión acertada, el instinto que no falló. Cristina hace lo contrario: resta protagonismo a la estrategia y se lo concede a lo que la estrategia terminó generando sin que ella lo planeara del todo. Es, quizás, la señal más clara de que el circuito dejó de pertenecer sólo a ella hace mucho tiempo.

    Las carreras duran unas horas. Las medallas cambian cada año. Los patrocinadores evolucionan… pero el legado trasciende, y ese legado es el Circuito City, concluye Cristina Noriega.


    Fotos Cortesía

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