miércoles, agosto 19, 2026

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    Nueva York no imita nada

    Mientras Wimbledon es tradición y Roland Garros resistencia, el US Open construye su prestigio en su innovación: el primero en dar premios iguales, El primero en cancha dura, El primero en abrazar el espectáculo nocturno.

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    Cada noche de agosto, casi 24.000 personas se apilan dentro del Arthur Ashe Stadium para presenciar tenis bajo luces artificiales y el rugido constante de una ciudad que que no duerme. Ningún otro Grand Slam concentra tanta gente en un solo recinto y eso no es accidente: es la clave para entender qué representa realmente el US Open.

    Wimbledon ofrece ceremonia, césped, blanco reglamentario, realeza en el palco. Roland Garros ofrece resistencia física convertida en carácter nacional francés. El Abierto de Australia ofrece distancia geográfica y un verano invertido que lo aísla del calendario. El US Open, en cambio, lo precede su innovación, liderando constantemente el tenis, tanto en avances culturales como tecnológicos. Fue el primer major en pagar lo mismo a hombres y mujeres en 1973, el primero en adoptar el tie-break y el primero en jugar de noche.

    En 1978, esa lógica llegó a su punto más literal cuando el torneo abandonó la arcilla verde de Forest Hills por el cemento de Flushing Meadows, convirtiéndose en el primer Grand Slam disputado sobre cancha dura. Ese mismo año, Rolex comenzó su rol como cronometrista oficial de Wimbledon, una coincidencia de calendario que ilustra el inicio de la fuerte relación de Rolex con el tenis.

    La legitimidad, en la versión estadounidense, no se hereda: se transforma y crea una nueva. Este torneo continua impulsando al deporte a recibir a la próxima generación de estrellas en uno de los escenarios más emblemáticos del mundo.


    Fotos Cortesía Rolex

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