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    La Riviera Pacífica despega

    La Riviera Pacífica resolvió su déficit de habitaciones con Airbnb y hoy recibe vuelos regulares desde Canadá, Ecuador y Colombia. Suma cultura, aventura y golf a la playa, mientras construye lo que falta para ser destino integral.

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    El 25 de julio aterrizó en Río Hato el primer vuelo directo desde Quito. Poco más de cien pasajeros ecuatorianos bajaron del avión y, en menos de veinte minutos, ya estaban camino a un hotel en Playa Blanca o Farallón sin haber pisado la Ciudad de Panamá. El 5 de octubre se sumará Bogotá con Wingo, que opera hasta 1.395 pasajeros mensuales en vuelos nocturnos. Y desde hace más de una década, cada invierno boreal, Air Transat, WestJet y Sunwing traen a la región a entre 140 y 190 canadienses por vuelo, que escapan del frío de Toronto, Montreal y Quebec. Cuatro mercados emisores activos en un mismo aeropuerto no es una noticia de un día; es la fotografía más reciente de algo que la Riviera Pacífica viene construyendo, vuelo a vuelo, desde hace años.

    Vale la pena contar cómo se llegó hasta acá, porque no fue un plan que bajó completo desde un ministerio. Cuando los hoteleros de la zona empezaron a golpear puertas de aerolíneas, la respuesta era siempre la misma: hacía falta entre 6.500 y 7.000 habitaciones para justificar una ruta, y entre Royal Decameron, Playa Blanca y Buenaventura apenas se acercaban a la mitad. En lugar de esperar a que alguien construyera esas habitaciones, el sector encontró la respuesta en otro lado: Airbnb terminó de completar el inventario que le faltaba a la hotelería tradicional, y lo que parecía un techo de crecimiento se convirtió en la base sobre la que hoy se negocian rutas con cuatro aerolíneas distintas. Es un ejemplo de algo que se repite en toda la historia reciente de la región: cuando un obstáculo aparece, alguien en la Riviera encuentra la vuelta. “Roma no se construyó en un día —resume Víctor Concepción Perén, presidente de Apatel—. Para mí, eso es un gran logro para la región”.

    Lo que hay del otro lado de esa conectividad merece describirse con calma, porque es más de lo que suele caber en un titular de sol y playa. La Riviera Pacífica nació distinta a otros destinos de playa masiva: mientras Cancún construyó su identidad casi exclusivamente sobre el todo incluido, acá conviven distintas propuestas hoteleras con un territorio que invita a salir del resort, no a quedarse encerrado en él. Hay pesca deportiva y avistamiento de ballenas desde dos marinas activas. Hay golf de nivel internacional en Buenaventura, Mantarraya y Coronado. A 45 minutos está El Valle de Antón, con senderismo entre montañas, un zoológico y su propia escena gastronómica. Hacia el interior, en La Pintada, todavía se teje a mano el sombrero pintao y funciona un trapiche donde se puede ver, en vivo, cómo se muele la caña, una postal cultural que muy pocos destinos de playa en la región pueden ofrecer a menos de una hora de la costa. Sumarle el sitio arqueológico de El Caño, uno de los cementerios precolombinos mejor documentados del istmo, completa un cuadro que la propia Cámara de Turismo de la Riviera Pacífica quiere extender formalmente: hoy el circuito llega hasta Antón, y la ambición es que llegue hasta Natá —con la primera iglesia fundada por españoles en el país— y hasta La Paz, incorporando el agroturismo autosostenible que ya se ofrece a grupos que buscan reforestar y cosechar de forma directa. Es, en la lectura de Víctor Concepción Perén, quien además es director de la Cámara de Turismo de la Riviera Pacífica, material de sobra para cuatro o cinco noches sin que un visitante se aburra.

    Esa combinación de playa, aventura, cultura y golf es, además, lo que le permite a la región recibir con inteligencia a públicos muy distintos sin perder identidad. La nueva ruta de Wingo es un buen ejemplo de esa flexibilidad. Turismo que busca un destino cercano para disfrutar de playa y desconexión pero, además, abre una puerta que nadie había mirado del todo: el golfista bogotano que hoy quiere disfrutar de un buen fin de semana de golf y podría jugar en Buenaventura o Mantarraya y, por el contrario, el panameño o el expat que vive en la Riviera podría hacer el viaje inverso un fin de semana. Diversificar mercados sin diluir el producto es, precisamente, la señal de un destino que está madurando con criterio propio.

    A esa oferta hay que sumarle algo que rara vez entra en la conversación sobre conectividad aérea: la Riviera Pacífica se está convirtiendo, con el tiempo, en un destino que muchos de sus visitantes terminan mirando también como lugar para quedarse. No es casual que el corredor entre Coronado y Farallón concentre una comunidad de extranjeros que descubrieron un lugar único para vivir y aprovechar todo lo que el país les puede ofrecer. Como recuerda Concepción Perén, “Panamá terminó siendo una alternativa más económica y mejor conectada que Florida. Esa doble función —destino de vacaciones y destino de vida— es, en el fondo, uno de los activos menos explotados de la región: cada vuelo nuevo no solo trae turistas de una semana, sino también, en proporción todavía sin medir con precisión, a quien vuelve buscando algo más permanente”.


    Víctor Concepción Perén, presidente de Apatel y director de la Cámara de Turismo de la Riviera Pacífica, impulsa hoy la conectividad aérea de la región. Para él, cada nueva ruta confirma un camino construido con paciencia y visión de país.

    Ese criterio propio tiene una historia institucional detrás que también merece reconocerse, porque no es habitual que un sector turístico logre organizarse en una voz unificada frente al Estado. La Cámara de Turismo de la Riviera Pacífica nació de esa necesidad —Concepción Perén recuerda haber pedido cita con el gobierno entrante desde la primera semana de gestión, insistiendo en formalizar un espacio de representación regional junto con Apatel y otros gremios—, y hoy esa insistencia se tradujo en algo concreto: cuatro millones de dólares de Promtur y un millón adicional de Tocumen, S.A. destinados específicamente a incentivar nuevas rutas hacia aeropuertos regionales, con un modelo de riesgo compartido donde aerolíneas, mayoristas y hoteles asumen cada uno una porción de la apuesta comercial. Para Concepción Perén, la ambición no se detiene en la costa: “ese aeropuerto tiene el potencial, la capacidad de cambiarle la cara a toda la región central del país”, asegura. “No es sólo Coclé: es toda la región central”. En varios sentidos, es el mismo camino que recorrió Costa Rica con Guanacaste antes de ser referente regional: no de un día para el otro, sino sumando ruta tras ruta, gestión tras gestión, hasta que la conectividad deja de depender de un mayorista puntual y se vuelve estructural. “Nosotros tenemos esta industria; necesitas que eso tenga continuidad, no importa quién se baje o quién se suba, que eso siga adelante como país”, manifiesta.

    Panamá está, con Río Hato, más adelante en ese camino de lo que estaba hace apenas tres años, y la propia expectativa del sector —cerrar al menos dos rutas adicionales en los próximos dieciocho meses, con mercados como Polonia ya en conversación— sugiere que el impulso no se agota con Quito y Bogotá.

    Lo que todavía está en construcción y que vale la pena nombrar sin dramatismo es la capacidad de medir con precisión lo que ya está pasando. Hoy las estimaciones más confiables sobre la Riviera Pacífica, que la ubican como el segundo destino más visitado del país, provienen de datos de movilidad de telefonía móvil que procesa Promtur, y no todavía de un sistema propio y detallado de la región. Más que una carencia, es la siguiente frontera lógica de un destino que creció primero en oferta y ahora necesita crecer en información: saber cuánto gasta el visitante, cuántas noches se queda y cuántos de ellos —algo que el ejecutivo menciona con particular interés— terminan considerando mudarse a la zona, sobre todo entre quienes llegan cerca del retiro. Ese dato, hoy anecdótico, podría convertirse mañana en uno de los argumentos comerciales más fuertes de la región frente a un público inversor.

    La Riviera Pacífica combina playa, cultura y aventura en un circuito que hoy conecta cuatro mercados internacionales por vía aérea.

    Falta, sí, terminar de amarrar ese circuito en un solo producto vendible. Hoy son operadores como Nexus Travel, especializado en la oferta todo incluido, o Panama Trails, que trabaja dentro de Buenaventura con experiencias como el tour del tabaco, que arman a pulso los itinerarios que conectan playa, montaña y cultura. Es trabajo artesanal hecho por gente que conoce el territorio y probablemente por eso mismo funciona: no hay nada más creíble para un visitante que un recorrido diseñado por alguien que vive ahí. El siguiente paso natural, y ya en marcha según la propia Cámara de Turismo, es que ese conocimiento local se traduzca en un catálogo unificado que un mayorista en Quito, Bogotá o Toronto pueda vender como un solo destino integral, y no como una playa con excursiones sueltas alrededor.

    Río Hato no resolvió de un día para el otro un problema de conectividad aérea: lo fue resolviendo ruta por ruta, durante dos décadas, con un sector privado que suplió inventario cuando hizo falta y un Estado que, con el tiempo, terminó poniendo recursos reales detrás de esa apuesta. Lo que viene ahora —más rutas, un circuito cultural y de aventura mejor articulado, y un sistema de datos a la altura del destino— no es una batalla pendiente. Simplemente, es el siguiente tramo de un camino que la Riviera Pacífica ya demostró que sabe recorrer.


    Fotos Aris Martínez y cortesía

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