miércoles, junio 17, 2026

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    Canarias: ¿Qué hay más allá de las playas?

    Guiada por la historia y el misterio, Las Palmas de Gran Canaria desvela su alma literaria a través de tradiciones, sabores y rincones ocultos.

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    Cierre los ojos, respire lento y profundamente; prepárese para viajar sin moverse del sofá y responda a esta pregunta: ¿qué le viene a la mente si piensa en las islas Canarias?

    Eso es: sol perenne, oasis de paz, palmeras que se mecen perezosas, olas que coquetean con la costa… la brisa le acaricia el rostro y podría ser el momento perfecto para adormilarse, pero siente algo extraño en su interior y, de repente, el turista que lleva dentro da un brinco y saca su curiosidad a pasear, se sacude la arena y la ruta prevista, se quita de encima el plan masificado y se viste con su espíritu de explorador. Cambia las gafas de mirar por las de observar; se olvida de prejuzgar para disfrutar con calma de lo que ve, escucha y siente. ¿Qué está pasando? Su turista interior se ha transformado en viajero. Da la espalda al océano y comienza a caminar consciente de que un viaje no es solo un desplazamiento: es ensanchar la mirada, romper límites convencido de que ir a contracorriente siempre merece la pena. Lo siento por usted… este proceso no tiene retorno. 

    A veces, este cambio de perspectiva se produce únicamente cuando le acompañan los mejores anfitriones locales. Estamos de suerte: nuestros amigos Marga y Mendoza, trotamundos incansables, cicerones de lujo que a base de desgastar caminos conocen como nadie la isla, nos mostrarán con pericia y esmero los mejores rincones de la ciudad. ¿Se apunta?

    Nuestra ruta comienza dejando atrás la arena dorada de la playa de las canteras, sus más de dos kilómetros de extensión se llenan de los chapoteos y bronceados que descubrieron los nórdicos en los años 60. Cambiaron el frío y la noche escandinava por el calor, la luz, el carnaval más antiguo de España, el acento y la amabilidad de este paraíso. 

    Una última ojeada atrás nos muestra a un lado el antiguo barrio de pescadores de la Puntilla, punto insuperable para disfrutar del atardecer. Al otro, el auditorio Alfredo Kraus que homenajea al inmortal cantante de ópera nacido en la isla. Si presta atención se dará cuenta de que en ocasiones las olas juguetonas bailan al ritmo del brindis de La Traviata que bordaba el tenor. ¿Lo escucha?

    Al fondo, inmenso, nos contempla el Teide. Nos quitamos las cholas playeras para adentrarnos en la historia con paso firme y suela de esparto, con unas alpargatas tradicionales de color blanco bordadas con pequeñas flores de hilo de seda rojo, azul, verde y amarillo, con cintas negras anudadas hasta la rodilla. Son las reservadas para los días de fiesta y hoy sin duda lo es. 

    El barrio colonial nos transporta a otra época. La catedral de Santa Ana fue construida a lo largo de cuatro siglos; el tránsito del gótico del interior al neoclásico de la fachada es un claro exponente del conglomerado de estilos y culturas que nos atraviesan de norte a sur. 

    El patio de naranjos que alberga el museo colindante inunda el ambiente de un aroma cítrico que perfuma la conversación. Un paseo de enormes palmeras nos regala una necesaria sombra para refrescar nuestros pasos. La plaza frente a la catedral exhibe ocho esculturas de perros de bronce que parecen custodiar el templo. Esta jauría evoca a los primitivos “gran can”, feroces y gigantescos, que dieron nombre a la isla y nos dan la pista definitiva para ubicarnos en la capital de la provincia. Por si aún tenía dudas, estamos en Las Palmas de Gran Canaria, la primera ciudad que fundó Castilla en el Atlántico allá por 1478.

    Llega el momento de endulzar la mañana con un barraquito que nos alegra el alma y la vista. Preparado sin pausa y sin prisa, capa a capa, servido en un vaso de cristal: café de la isla, leche condensada, un poquito de licor, espuma de leche, piel de limón. Saboree despacio ¿Qué le parece ese regusto a canela que se posa en los labios?

    La mirada salta nerviosa ante tanta maravilla; del empedrado a los balcones, de las puertas a las ventanas, de la madera al azulejo. La Vegueta es el corazón histórico de la ciudad, la “puerta de América”. El punto de avituallamiento donde Cristóbal Colón hizo su última escala para reparar el timón de La Pinta y abastecerse de víveres antes de cruzar el océano. En aquel 1492, Colón se alojó en la única casa de piedra que había en este pueblo que empezaba a ser una ciudad, en la que se mezclaban los soldados castellanos con cota de malla con aborígenes rebeldes y piratas. Los mercados se llenaban de salitre, pescado, queso e higos. 

    El azúcar de la Habana endulzaba el paladar isleño y saltaba a Europa.

    Los Reyes Católicos ensayaron en Las Palmas un nuevo modelo urbano con calles estrechas y lineales, manzanas cuadradas, plazas arboladas con fuentes, ermitas e iglesias, todo con orden, control y jerarquía, rompiendo con el laberinto medieval que había imperado hasta esa época. La Vegueta es la maqueta de lo que posteriormente fue el corazón de Lima o México D.F., que se convirtió por aquel entonces en asentamiento de hacendados, nobles e ilustres, ello quizá explique el porte aristocrático heredado por mi estimado amigo Mendoza.

    Continuamos cruzando lo que fue el antiguo barranco de Guiniguada, donde en tiempos lejanos crecía el palmeral que dio nombre al Real de las Palmas; a unos pocos metros desembocamos en la calle Triana. Para caminar por ella nos calzamos unos botines de piel fina, abotonados hasta el tobillo y con tacón de carrete. El colmo de la elegancia.

    A mediados del siglo XIX Triana olía a cuero, café, a negocios e inspiración. Los colonos que llegaron a la isla por nostalgia bautizaron esta calle con el nombre del popular barrio andaluz del que dista más de mil kilómetros. Aquí se hablaba del azúcar de Cuba y de la guerra de África, se escuchaba acento inglés y portugués. Llegaban papas y tomate, partían la cochinilla. Las Palmas miró al mundo y se puso guapa para recibirlo. 

    Ícono de la expansión burguesa, encontramos zapaterías históricas, tiendas de moda, joyerías, elegantes cafés. Las heladerías nos regalan colores y sabores; el más solicitado por los palmenses es la irresistible combinación de turrón, chocolate, plátano de la isla y gofio. No hay nada más canario que el gofio, una mezcla de cereales tostados como millo, trigo, cebada o centeno. ¿Quiere probarlo? 

    Es imprescindible detenerse en el Gabinete Literario, corazón social de la ciudad, donde habitan lecturas, tertulias y confidencias. Destaca la fachada por sus columnas de capiteles vegetales, arcos de medio punto, balcones de hierro forjado, esculturas y vidrieras y, sobre todo, sus ganas de demostrar modernidad. Es mi edificio favorito. 

    Un ambiente literario y misterioso envuelve la atmósfera, quizá porque Agatha Christie veraneó aquí para superar una depresión, sin duda la mejor terapia. Podemos imaginar a la escritora recorriendo las mismas callejuelas en las que jugó de niño Benito Pérez Galdós. La ciudad exhibe orgullosa frases emblemáticas del autor esculpidas en el asfalto, haciendo gala de sus orígenes y su obra. ¿Se anima a buscarlas?

    Escuchamos las protestas de nuestro estómago que reclama atención y no le vamos a defraudar: papas arrugadas con mojo picón, verde y rojo, queso asado, chorizo de Teror, potaje de berros, sancocho, ropa vieja. ¿Aún tiene hueco para el postre? Un bienmesabe, por favor. 

    Los sabores, el vino y la conversación se enredan en el aire, da igual la pregunta, la respuesta siempre es un viaje. Brindamos con un ron miel para celebrarnos mientras nos acecha el mayor enemigo del viajero: el tiempo que vuela. Ya se sabe que, con buena gente y buen gofio, el día se hace minuto. Comienza la despedida. 

    Marga, gracias por tu hospitalidad, eres fuerza, poder, flexibilidad y abundancia. Eres Atlántico.

    Gracias, Mendoza, por tu generosidad, eres la esencia del palmeral canario: elegancia, fortaleza, paciencia, y tienes la sabiduría de un drago milenario, proteges y das sombra allá donde vas.

    Y usted disculpe si le he salpicado con la perspectiva de unas nuevas lentes. Espero que le quede el eco de una pregunta para la que no tenía respuesta al comenzar. Cierre los ojos, respire lento y responda: ¿qué hay más allá de las playas canarias? 


    Fotos por Iratxe Torres

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