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    Codorníu: 475 años celebrando la vida

    Hay bodegas que uno visita para conocer cómo se hace un vino, y hay otras en las que, casi sin darse cuenta, termina recorriendo una parte de la historia de un país. Codorníu pertenece, sin duda, a este segundo grupo.

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    Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar sus históricas cavas en Sant Sadurní d’Anoia, invitado por Codorníu y por Felipe Motta, su distribuidor en Panamá. Una visita magníficamente coordinada por Andrea Arosemena, su gerente de marca, a quien quiero agradecer especialmente todas sus atenciones y el cuidado puesto en cada detalle de la experiencia.

    Para alguien que disfruta del mundo del vino y que ha tenido la fortuna de conocer bodegas en diferentes lugares, estas visitas siempre tienen algo especial. Pero, reconozco que llegar a Codorníu produce una sensación diferente.

    Quizá porque estamos ante una casa cuyos orígenes se remontan a 1551. Quizá por la arquitectura modernista que aparece ante nosotros nada más adentrarnos en la propiedad. O quizá porque pocas bebidas están tan vinculadas en nuestra memoria a una palabra tan sencilla y, al mismo tiempo, tan importante, como celebrar.

    Y en Codorníu llevan haciéndolo desde hace casi cinco siglos. La propia casa sitúa sus antecedentes en 1551, lo que la convierte en la empresa elaboradora de vinos y cavas más antigua de España y en una de las compañías con mayor trayectoria histórica del mundo. Siglos de viticultura que adquieren una nueva dimensión en 1659, cuando Anna Codorníu, heredera de la familia, contrae matrimonio con el viticultor Miquel Raventós. De aquella unión surgiría una de las grandes sagas del vino español.

    Pero hay una fecha fundamental en esta historia. 1872. Ese año, Josep Raventós elaboró la primera botella de cava mediante el método tradicional en España.

    Es difícil imaginar, cuando uno contempla hoy la dimensión de Codorníu y la enorme importancia que el cava ha adquirido internacionalmente, lo que representó aquella decisión. Fue una apuesta empresarial, pero también una extraordinaria muestra de innovación.

    Y creo que ese concepto —innovar respetando la tradición— explica bastante bien lo que encontré durante mi visita.

    Porque Codorníu no transmite la sensación de ser un museo dedicado a contemplar un pasado glorioso. Su historia está presente en todas partes, pero continúa siendo una empresa que produce, investiga, desarrolla nuevos productos y busca interpretar cómo están evolucionando los gustos del consumidor.

    Las cifras ayudan a comprender su verdadera dimensión. Estamos hablando de una producción que se aproxima a los 35 millones de botellas anuales, según nos explican durante el recorrido, una magnitud que resulta difícil de visualizar hasta que uno recorre sus instalaciones y desciende a sus interminables galerías subterráneas.

    Millones de botellas que, además, llevan el nombre del cava y de España mucho más allá de nuestras fronteras.

    Por eso creo que Codorníu puede considerarse también, de alguna manera, una gran embajadora de España en el mundo. No solamente exporta un producto. Exporta una forma de entender la celebración, la gastronomía, la cultura mediterránea y esa combinación tan española entre tradición y disfrute de la vida.

    Pocas marcas pueden presumir de llevar casi cinco siglos construyendo esa identidad.

    ‘Una catedral dedicada al cava’

    Otro de los grandes protagonistas de la visita es la arquitectura. A finales del siglo XIX, Manuel Raventós comprendió que el crecimiento de Codorníu necesitaba unas instalaciones a la altura de su proyecto. En 1895 encargó la ampliación de la bodega a Josep Puig i Cadafalch, uno de los grandes nombres del modernismo catalán y contemporáneo de Antoni Gaudí.

    El resultado es extraordinario. Arcos de ladrillo, bóvedas, grandes espacios, jardines y edificios que combinan funcionalidad industrial con una sorprendente sensibilidad estética. En 1976, este conjunto arquitectónico fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional.

    Recorrerlo permite entender algo que siempre me ha fascinado de las grandes bodegas: cuando existe una visión de largo plazo, la arquitectura deja de ser simplemente el lugar donde se produce el vino y termina convirtiéndose en parte de su identidad.

    En Codorníu ocurre exactamente eso. Y después está el subsuelo. Descender a sus históricas cavas supone entrar en otro mundo. Temperatura, silencio, humedad y kilómetros de galerías donde durante generaciones han reposado millones de botellas.

    Allí se entiende realmente el método tradicional. La segunda fermentación se realiza dentro de la propia botella y el tiempo comienza a desempeñar su papel. No hay demasiados atajos cuando se pretende elaborar un buen espumoso. Hace falta conocimiento, buena materia prima y, sobre todo, paciencia.

    Mientras recorría aquellas galerías pensaba precisamente en eso: vivimos en una época obsesionada con acelerar los procesos, pero algunos de los grandes productos continúan dependiendo de algo que no podemos fabricar ni comprar. Silencio y tiempo.

    De la cava a la copa

    Naturalmente, ninguna visita a Codorníu estaría completa sin la correspondiente cata. Es probablemente el momento en el que toda la explicación anterior comienza a adquirir sentido. Las variedades, los diferentes tiempos de crianza, la selección de las uvas y el trabajo realizado en bodega dejan de ser conceptos técnicos para convertirse en aromas, textura, frescura y esa burbuja fina que caracteriza a un cava bien elaborado.

    Codorníu ha sabido además construir un portafolio suficientemente amplio para acompañar distintos momentos y distintos tipos de consumidor.

    Están sus cavas más clásicos, que representan ese perfil tradicional que tantas generaciones identifican inmediatamente con la marca. Está Anna de Codorníu, probablemente una de sus etiquetas más reconocibles y emblemáticas, nacida en 1984 y vinculada a la incorporación de la Chardonnay. Encontramos también propuestas de mayor complejidad y crianza dentro de Ars Collecta, su colección de cavas de prestigio.

    Cada uno tiene su personalidad, y ahí está precisamente una de las virtudes del cava. Este líquido burbujeante no existe únicamente para el brindis.

    Durante demasiado tiempo hemos asociado los vinos espumosos exclusivamente con el momento final de una celebración. Abrimos una botella, llenamos las copas, brindamos y damos por terminada su función.

    La experiencia gastronómica demuestra exactamente lo contrario. Después de recorrer la bodega y realizar la cata, tuvimos la oportunidad de almorzar en el restaurante de Codorníu. Para mí fue una magnífica manera de completar la visita. Porque es en la mesa donde un cava puede demostrar realmente su versatilidad. Su acidez, frescura y capacidad para limpiar el paladar hacen posible acompañarlo con una variedad de platos mucho mayor de la que normalmente imaginamos.

    Un buen cava puede iniciar un almuerzo con un aperitivo y continuar perfectamente durante buena parte de la comida. Pescados, arroces, mariscos, determinados quesos, cocina mediterránea e incluso platos con cierta complejidad encuentran excelentes compañeros entre las diferentes expresiones de Codorníu.

    Ese almuerzo sirvió también para algo que considero fundamental en cualquier experiencia alrededor del cava. Conversar. El cava tiene la extraordinaria capacidad de crear conversación. Nos obliga, aunque sea durante unos minutos, a sentarnos alrededor de una mesa, compartir una botella y disfrutar del momento. Y quizá ahí encontramos una de las razones por las que Codorníu ha conseguido atravesar generaciones.

    Casi cinco siglos mirando hacia adelante

    Resultaría fácil para una casa con semejante historia vivir únicamente de su legado. Sin embargo, uno de los aspectos que me llamó la atención es, precisamente, su voluntad de seguir evolucionando.

    Codorníu combina hoy el método tradicional con una viticultura que ha ido incorporando criterios de sostenibilidad y producción ecológica. La casa culminó en la vendimia de 2023 la transición a ecológico iniciada años antes, otra muestra de cómo una compañía con siglos de existencia puede adaptarse a nuevas sensibilidades sin renunciar a su identidad.

    La innovación tampoco es algo nuevo para Codorníu. En realidad, forma parte de su ADN. Innovación fue elaborar aquella primera botella en 1872. Innovación fue apostar por una arquitectura industrial extraordinariamente avanzada a finales del siglo XIX. Innovación fue incorporar nuevas variedades y desarrollar posteriormente propuestas como Anna de Codorníu, los rosados elaborados con pinot noir o las referencias de prestigio de Ars Collecta.

    Cuando una empresa sobrevive durante siglos, seguramente es porque ha aprendido una lección empresarial bastante importante: que respetar el pasado no significa quedarse anclado en él.

    Regresé de Sant Sadurní con la sensación de haber conocido algo más que una bodega. Conocí una historia empresarial extraordinaria, un patrimonio arquitectónico excepcional y, naturalmente, una casa que lleva generaciones perfeccionando una de las bebidas más vinculadas a nuestros buenos momentos. Pero también regresé entendiendo mejor por qué Codorníu ha conseguido convertirse en una marca reconocible mucho más allá de España. Detrás de cada botella hay cava y burbujas, naturalmente, pero también hay historia, territorio, arquitectura, innovación y una determinada manera de entender la vida.

    Y quiero terminar con una recomendación muy sencilla. Conozcan Codorníu. Si tienen oportunidad de viajar a Cataluña, visitar sus cavas merece realmente la pena. Recorrer los edificios modernistas de Puig i Cadafalch, descender a las galerías históricas, comprender cómo se elabora el cava, realizar una cata y terminar la experiencia alrededor de una buena mesa permite apreciar la marca desde una perspectiva completamente diferente.

    Pero tampoco hace falta esperar a viajar para descubrirla. En Panamá tenemos la posibilidad de encontrar distintas expresiones de la casa y elegir la que mejor se adapte a cada ocasión: desde sus etiquetas más clásicas hasta Anna de Codorníu o las propuestas más sofisticadas de Ars Collecta. Porque hay botellas que guardamos esperando una ocasión especial.

    Yo cada vez estoy más convencido de lo contrario. A veces es abrir una buena botella lo que convierte un momento normal en una ocasión especial. Después de casi cinco siglos, quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de Codorníu. Siempre hay algo que celebrar.

    Gracias Codorníu, Felipe Motta, y a Andrea Arosemena por toda la coordinación, las atenciones y el cariño con que fue organizada nuestra experiencia.


    Fotos por José Ramón Mena

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