
Era 2013. Las escogieron. Mónica estaba de viaje cuando se lo escribió a Beatriz. Habían enviado un video de audición y, según recuerdan, eran el turno 1.554. A Beatriz le parecía imposible.
Antes de tener respuesta habían tenido que pedirles a las familias algo que Disney exige desde el video: que el vestuario y el grupo fueran los definitivos. Eso significaba gastos, ensayos de lunes a lunes y la posibilidad de que Disney dijera que no. Las familias de unas doce bailarinas aceptaron el trato sin garantías.
Les dijeron que sí y el premio fueron tres minutos sobre un escenario. Viajaron unas 12 bailarinas en un grupo de 36 personas, contando a los padres, todos confiando en ellas por esos minutos. “Es un Ironman donde puedes caerte en el camino”, indica Beatriz sobre el proceso de llegar hasta ahí.
Según explican, funciona así: Disney revisa la propuesta, pide el vestuario y la producción completos y asigna una fecha. Ese día las anuncian como artistas de Disney por un día y les entregan un sombrero que no se vende: es de performing arts, según Beatriz, y sólo se los dan a los artistas que pasan por el escenario.
“Somos buenísimas, echamos chistes en Copa, hacemos el bus, somos ‘teachers’, psicólogas y nanas… Bailamos, hacemos los TikTok”. Mónica Guzmán
Al año siguiente les dieron siete minutos y fueron 64 personas; después llegaron los 15 y luego los 20, el máximo que Disney permite en escena incluso a sus propias producciones. Beatriz lo explica con lógica de espectáculo: es el tiempo comprobado para que a quien le gustó se vaya fascinado y, a quien no, no se aburra. El grupo más grande ha reunido a 95 personas.
La participación implica una logística muy específica para las familias. Disney establece una serie de condiciones que deben cumplirse al pie de la letra y que forman parte de la organización de toda la experiencia. Explicarlas a los padres es uno de los primeros retos de cada producción. Los pasos “no se negocian por nada del mundo”, de acuerdo con Beatriz. Todas vuelan en el mismo avión y el vestuario viaja en la maleta de mano. Después, cuenta Mónica, las familias comprenden el sentido de cada requisito y valoran la experiencia completa una vez que están allá.
Lo que llevan a escena es un espectáculo completo de meses de práctica. Mónica describe un número en el que niñas pequeñas y grandes zapatean, hacen spring y se relevan sin que la música se corte; cada una sabe cuándo entrar, cuándo salir y dónde pararse. Lo que más llama la atención es la pasión con la que lo ejecutan, asegura.
En Panamá, elegir a quienes viajan toma una mañana de sábado: unas cien candidatas con base de ballet, jazz o flamenco, aprenden una coreografía en 30 segundos y esperan la evaluación. Quienes viven afuera audicionan por video. En octubre, esa selección se convertirá en la producción número 22: son 67 personas rumbo a Disneyland París, el grupo más grande que han llevado a Europa. Detrás de cada lista hay dos mujeres que piden fe antes de mostrar resultados.

Habitación doble
Mónica Guzmán Zubieta viene del jazz y Beatriz Rached del flamenco. Sus escuelas, Studio 9 y FBR, las siglas de Flamenco Beatriz Rached, suman 13 años de producciones, y la academia de Beatriz es además sede oficial en Ciudad de Panamá de la Escuela de Flamenco de Andalucía. En los viajes comparten también habitación sin que ninguna reclame un espacio propio. Mónica cuenta que Beatriz no se calla hasta que ella cierra los ojos, y Beatriz responde que las ideas le sobran.
En los parques, Beatriz se sube a todas las atracciones, pero Mónica se queda abajo, tranquila, cuidando lo que los demás dejan. En París, cuando el locutor no logró pronunciar ‘Beatriz Rached’, Mónica se sentó y presentó ella misma a Panamá; el video está en su Instagram. Cada una tiene su terreno y lo cruzan cuando hace falta.
En el control migratorio de París, una alumna se puso “transparente”, recuerda Beatriz, porque no encontraba su pasaporte. El resto del grupo ya había pasado y ellas dos se quedaron abajo, entre el inglés, el francés y la amargura, sin hablar francés ninguna de las dos. La alumna ya tenía 18 años, pero sin pasaporte no había manera de que el viaje continuara sin ella.
Mónica se quedó acompañándola y le dejó claro a Beatriz que no pensaba volver a Panamá sin ella. Beatriz fue a un mostrador de Air France con el pase de abordar de la compañera que se había sentado al lado y pidió que buscaran en el asiento. Una empleada le advirtió que si el avión ya estaba fuera de la manga no podía ayudarla. Aun así, el pasaporte apareció en el asiento y la alumna entró.
“Hasta dirigimos las luces en París. Me hablaban en francés, en inglés, y yo les decía: menos, ‘more, more, light’. Era un desastre porque no sabía ni en qué idioma me entendían”. Beatriz Rached
Anécdotas hay muchas. De regreso de Orlando, no querían dejar volar a dos alumnas venezolanas menores de edad porque, a juicio de los agentes, a sus documentos les faltaba algo. Beatriz relata que una azafata llegó corriendo, con el grupo ya abordando, asumió la responsabilidad y compró los pasajes para que pudieran subir. En los dos episodios la amenaza era la misma: que una niña se quedara atrás.
“Yo siento que nos falta medio tornillo y por eso nos arriesgamos”, confiesa Beatriz. La broma cubre un costo que ella no esconde: “Es un estrés horroroso. Cada vez que estamos allá, yo digo: ¿por qué invento esto? Es un compromiso enorme”. Quien viaja a Disneyland París espera que le vaya igual o mejor que a quienes ya lo contaron, y esa expectativa, multiplicada por decenas de familias, les cae encima a las dos.
De cada imprevisto, una visa, un pasaporte, una maleta, salió un manual de procedimientos interno. El control es total hasta que las niñas pisan el escenario, según Mónica: llegan, ensayan y al día siguiente bailan para poder relajarse; nadie se cae, nadie corre, nadie pierde la maleta ni el vestuario. En Nueva York, con las niñas ya autorizadas a salir a Times Square, sonó una alerta roja por una maleta sospechosa y todo el mundo tuvo que quedarse quieto. Pasada la presentación, quedaron libres para recorrer los parques.
Nada de eso ha espantado a las familias. “Papás que han confiado en nosotras, alumnas que han confiado y que repiten”, resume Beatriz. Algunas han repetido hasta cuatro veces y, según ella, ya hay hijas de antiguas alumnas entre las bailarinas; otras esperan la edad mínima, que cambia según el destino: Europa exige una, Broadway otra, y Disney Orlando es la más flexible. Si la confianza sobrevivió a esto, ¿hasta dónde puede viajar?

Conquistar el mundo
Panamá tiene un límite: el país no ofrece un mercado que permita repetir el viaje con constancia, explica Mónica. Durante años sacaron hasta tres grupos al año con las niñas que se les quedaban por fuera. Después encontraron el patrón. Cuando bailan el desfile, Disney les envía la coreografía; Mónica la aprende y la enseña aquí. Entonces se preguntó si podía hacer lo mismo con su producción: enviarla a otras escuelas para que la aprendan a distancia, incluso por Zoom.
Colombia fue la prueba. Fueron a Santa Marta y audicionaron unas 150 personas de esa ciudad, Barranquilla y Bogotá, gracias a una organizadora que las conocía por redes sociales. Mónica la había visto en una competencia en República Dominicana y la llamó para recordárselo. En el auto, con personas que no conocían, Mónica le pidió disculpas a Beatriz por adelantado, por si aquello terminaba mal. Pero terminó bien y Beatriz ve en esa audición el inicio de algo muy grande. Para que las escuelas de otros países no tuvieran que viajar bajo Studio 9 y FBR, la producción pasó a llamarse Latin American Production. Mónica lo explica así: “Les ponemos banderitas a todo el mundo, vamos como dándoles amor a todas las personas que sí se atreven”.

En trece años, Studio 9 y FBR han llevado a cientos de alumnas a bailar en Disney, Broadway y otros escenarios internacionales.
Lo que sigue es más mapa: Honduras y Ecuador próximamente, y escuelas de Bolivia y Perú que ya han llamado. Mónica empieza a hablar de vender el manual de procedimientos y Beatriz completa la idea. Cuando se les pregunta si también venderían la franquicia, Beatriz responde por su socia: “Es que yo leo la mente”. Mónica confirma y le pone plazo a la ambición: “Danos 10 añitos más y esto se vende”. Hablan como quienes llevan años terminando las frases de la otra.
Con tantos viajes, la novedad se desgasta y Mónica lo admite: antes todo era nuevo y maravilloso; ahora hay filas, horarios, un turno que esperar. Cuantos más países se suman, más nombres entran en la lista del vuelo. Las dos siguen preguntándose cómo lo están logrando y se admiran por ello. Beatriz reconoce que, ya en Disney, lo gozan.
Lo último que queda por cuidar, cuando el pasaporte y el vestuario ya están resueltos, es el asombro. Mónica recuerda el backstage del teatro de Nemo, en Orlando. Con la fila, la prisa y la repetición encima, pidió silencio a las niñas. “Miren para arriba; y pudimos ver la escenografía cuidada en orden de salidas, luces y telones profesionales utilizados para la magia en Disney”. Después llegó el turno: “Ya nos toca”.
Fotos por Aris Martínez y cortesía



