Javier Chanis consume mucho arte. Asiste con frecuencia a galerías y actividades culturales en Panamá y en algún momento, entre una sala y otra, pensó en las personas que quedaban fuera de ese circuito, pero llevaban dentro las ganas de crear. Quiso darles la bienvenida. La pregunta que se hizo entonces sigue siendo la mejor definición del evento que terminó fundando: “¿Qué pasaría si cambiamos las reglas?”.
La respuesta fue 4 Días de Diseño, y su nombre tiene menos de concepto que de cálculo. Mover un proyecto de esa magnitud en Panamá exige una inversión considerable en alquiler, iluminación, electricidad, producción y operación. Chanis, arquitecto con formación en diseño sostenible, se impuso una consigna: comenzar pequeño. Cuatro días era un formato manejable. La primera edición, el año pasado, sirvió para validar tres cosas: que el concepto funcionaba, que los artistas querían participar y que el público respondía.
La regla que decidió cambiar fue la de la autoría. En 4 Días de Diseño la colaboración está en el origen de cada pieza: arquitectos, diseñadores, ilustradores y artistas visuales trabajan juntos para producir algo que, por separado, probablemente no existiría. Chanis lo ilustra con un cruce extremo, el de un arquitecto y un poeta. “Ahí es donde aparece algo nuevo”, dice. La arquitectura le enseñó que las mejores ideas suelen surgir cuando distintas formas de pensar se encuentran, relata.

En ese proceso, su papel se parece más al de un anfitrión que al de un curador. Él mismo pone en contacto a personas que, intuye, podrían crear algo interesante juntas. “Me gusta provocar esos encuentros y ver qué sucede cuando dos personas que normalmente no trabajarían juntas comparten una mesa de trabajo”. La convocatoria mezcla nombres consolidados y talento emergente sin jerarquía entre ellos: unos aprenden oficio y otras formas de trabajar; los otros se encuentran con generaciones que experimentan con lenguajes nuevos.
Chanis pone en contacto a creadores que normalmente no trabajarían juntos. Su papel se parece más al de un anfitrión que provoca encuentros que al de un curador que selecciona obras.
La misma lógica alcanza a quienes rara vez aparecen en los créditos. Cada obra incluye en su ficha técnica al artesano, ebanista, herrero o trabajador manual que la hizo posible. Es una decisión mínima en la forma y amplia en el fondo. “Debemos dejar de pensar que quien trabaja con las manos es simplemente un ejecutor y reconocerlo también como creador”, sostiene Chanis. Detrás de una pieza hecha a mano hay conocimiento, tiempo, oficio y una identidad que no se industrializa con facilidad, aunque todavía persista la idea de que lo artesanal debe costar menos, amplía.

Cada edición parte de un tema elegido para dialogar con la realidad del momento. Tras un primer año dedicado a las raíces, el hogar y los temas sociales, esta vez el tema fue el agua. Lo escogió por su amplitud, porque cabe en la arquitectura, el paisaje, la ciudad, la gastronomía, la infraestructura o la relación cotidiana con el recurso y por su escala global. En Panamá, además, el agua tiene un peso económico tangible desde que la sequía de 2023 obligó a restringir el tránsito por el Canal. La alianza con el Museo del Canal resultó natural: el espacio que custodia esa historia acogió actividades de la edición y el propio Canal colaboró con dos de los expositores.
La exposición principal se mantuvo en la casa club del Parque Omar, y la elección tiene intención. Es un espacio público, de acceso libre, donde cualquier persona se siente bienvenida, y encarna la voluntad de democratizar la conversación sobre arte y diseño. Alrededor de esa sede, la programación se extendió al Museo del Canal, el Museo de Arte Contemporáneo, Ciudad del Saber y Bar Colectivo. Fue el salto que Chanis se propuso después de validar la idea: dejar de hacer solo una exposición y activar la ciudad.
Sostener la entrada libre tiene un costo, y el evento lo resuelve con una suma de apoyos. La Junta Comunal de San Francisco y el Centro Cultural de España hicieron posible el primer año; en esta edición se incorporó el Ministerio de Cultura, mientras el patrocinio de marcas y las alianzas con instituciones y medios completan la estructura. Para Chanis, esa combinación también es un mensaje: la cultura y el diseño pueden ser un punto de encuentro entre marcas, instituciones, artistas y público.

Para proyectarse afuera, el diseño panameño enfrenta dos condiciones: creer en su propio valor y contar con una industria que permita producir, experimentar y escalar localmente.
La ambición es convertir 4 Días de Diseño en el Design Week de Panamá y, con el tiempo, en una referencia regional. La conectividad aérea y marítima del país le permite pensar en grande, en Panamá como hub del diseño latinoamericano. Pero Chanis sitúa la primera condición puertas adentro: “Primero tenemos que creérnoslo nosotros mismos”. Eso supone dejar de mirar automáticamente hacia el norte, como si lo que viene de allí valiera más, y reconocer una identidad hecha de color, mezcla, música, trópico, biodiversidad y artesanía. La segunda condición es material. “Creo que nos falta industria”. Producir diseño de calidad todavía obliga a importar materiales, herramientas y componentes, y las tiradas pequeñas encarecen cada intento de experimentar, equivocarse y volver a producir.
Esa es la conversación que 4 Días de Diseño quiere abrir. Su meta es que quien recorra las piezas salga “pensando, cuestionándose algo y, quizás, revisando algunas de sus propias ideas o creencias”. Cuatro días fue el formato que permitió empezar. Lo que ahora persigue su fundador es demostrar que desde Panamá también se pueden crear cosas que dialoguen con el mundo.
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