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    ‘Buchetta’ de vino florentina

    Bajo el cielo de Florencia, las históricas “buchette” del vino renacen entre leyendas y misterio, conectando antiguas tradiciones locales con la actual distancia social.

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    El débil sol de otoño se fatiga al atardecer y, agotado, se apoya en el Duomo de Brunelleschi, que exhibe orgulloso un tono nacarado y cálido deslumbrante. El mármol verdoso de la fachada parece casi negro los días de lluvia y el rosado dibuja unas llamas que encienden la base. El rojo terracota de las tejas de la cúpula contrasta con un cielo cada vez más plomizo. Los rayos de luz que luchan contra las nubes pintan de granate la cubierta que está en sombra y de naranja las que se calientan al sol, dibujando una estampa de postal.

     Se apaga la tarde como un candil que se queda sin aceite; las calles se vacían de turistas y se llenan de rutinas. La liturgia de lo cotidiano encuentra su espacio entre las confidencias de farolas y adoquines que tienen mucho que contarse y mucho que callar.

    El Ponte Vecchio flota sobre el Arno que corre de color mostaza; sin curiosos ni compradores, se oye hasta el agua correr. Huele a humedad.  En las tienditas duermen las filigranas, los camafeos y las cruces toscanas. Los orfebres volverán mañana. Las casas de la orilla parecen siluetas de un recortable de papel. Cuando la mirada busca el infinito se topa con el monte Morello, que por las mañanas envía una niebla persistente que se queda enganchada en el Campanile como una bola de nata a su cono.

    La fachada del Duomo se exhibe orgullosa y exultante.

    El bullicio de la Piazza de la Signoria se ha silenciado; los estudiantes han cerrado sus cuadernos. La fuente de Neptuno brilla sobre el agua que se ha vuelto verde y está cubierta de hojas amarillas que ha dejado olvidadas el viento. La piedra del Palazzo Vecchio se torna miel tostada, una luz baja, dorada y lateral viste a la ciudad con colores terrosos, gastados por la historia, propios de un lienzo de Caravaggio.

    Las terrazas encienden las estufas y sacan las mantas de cuadros. Huele a castaña, a tartufo, a leña, a cocina de cuchara. Entre las manos sujeto un afogato que baña en chocolate caliente un helado de stracciatella. Un violín lejano me regala una musiquilla pegadiza y reconocible.

    Me ajusto la bufanda y tengo claro a dónde se encaminan mis pasos: las buchette de vino. De manera literal, una buchetta es un agujerito; una ventana pequeña en la pared de los palacios y casas de bien por las que, antaño, los nobles vendían el vino de la cosecha familiar directamente a la calle, sin intermediarios ni impuestos. Justo cabía un fiasco de vino; una botella panzuda de cristal forrada por una cesta de esparto. Si en el transporte se rompía el vidrio ¡vaya chasco! 

    Las más elegantes tienen forma de tabernáculo, esa simulación de pequeña capilla las diferenciaba de los taberneros sin clase ni educación. Tienen una puertita de madera, marco de piedra y un arco en la parte superior en el que algunos tallaban el escudo de la familia. A veces, encuentras una campana o una argolla para golpear la madera y avisar que ha llegado un sediento.

    La puertecita solía tener un tope, así, si alguien intentaba meter la mano para robar se quedaba atascado. En una ocasión pillaron a un ladrón y le dejaron colgando de la ventana por el brazo durante horas a modo de escarmiento público.

    A medida que la noche se va cerrando surge una neblina fina que difumina los contornos; la oscuridad se come las esquinas… a lo lejos, se ven unas siluetas desdibujadas al puro estilo del sfumato de Leonardo. La mezcla de la luz parduzca de los faroles con el aire hace que los palazzos parezcan dibujados como a carboncillo.

    La calle vacía me provoca un escalofrío, me subo el cuello del abrigo y golpeo con los nudillos una pequeña ventana de madera. La farola se apaga en el mismo instante en que el vinatero mudo abre el ventanuco. Ni veo su cara ni me recibe con un saludo. Con timidez, pido un chianti clásico; de un golpe seco y sonoro, cierra la ventanita y me deja como única compañía una corriente heladora que sale del interior.

    Unos segundos más tarde, que se me hacen horas, una mano me sirve un vaso de un caldo toscano con aroma a cereza, tierra y bosque. Quizá por el efecto de la luz no veo el brazo, o quizá es que no lo tiene. Dicen que solo una mano ha quedado como único testigo de un bodeguero acusado de envenenar el vino durante la peste negra para librarse de los contagiados. Le mutilaron y colgaron su cabeza sobre su buchetta como aviso. Algunas noches su fantasma sirve un vino excelente; si lo tomas, se te aparecerá en sueños durante siete noches seguidas y te levantarás con regusto a sangre en el paladar. Como dicen los florentinos “non é vero, ma ci credo”; no es verdad, pero me lo creo. Continúo mi camino con el corazón acelerado y las piernas de mantequilla.  

    En las ‘buchette’ modernas también puedes tomar el aperitivo. Prueba un Hugo Spritz.

    En la vía de la Belle Donne, una buchetta tapiada y con una señal de la cruz encima marca el lugar donde una monja de clausura vendía vino a escondidas para sacar dinero y comprar medicinas para los pobres. La descubrieron y la emparedaron detrás de la ventana. Si pegas la oreja a las 3 de la mañana oyes un susurro: “Quiere vinio, signore? Nadie que haya respondido que sí ha vuelto a beber tranquilo. “Non é vero, ma ci credo”.

    A lo lejos escucho las campanas de la Santa Croce que rasgan el silencio de la noche… va siendo hora de retirarme, pero “non c´é due senza tre”; no hay dos sin tres, allá voy.

    En la vía della Forca colgaban a los condenados a la horca y a unos metros en el Palazzo Viviani vendían el último trago a los reos. En esta buchetta enrejada degustaban “vino della staffa”, el vino del estribo. Si pasas de noche puedes oír el crujido de la soga y un: “alla salute”. Quien responde al brindis tiene tres días de resaca aunque beba agua. “Non é vero, ma ci credo”.

    Adivino que esta noche mis sueños estarán trufados de fantasmas, ahorcados, monjas y ladronzuelos aderezados con cadáveres diseccionados, cabezas cortadas y ahogados hinchados de los bocetos Leonardo.

    Quizá mañana para cenar busque una trattoria de esas que tienen mantel de papel de estraza y los camareros hablan a gritos; pediré una bistecca alla  fiorentina, vuelta y vuelta, regada con un fiasco de vino rosso.

    Eso fue lo que acabó con las buchette; la novedad de beber y comer sentados a la mesa las enterró. Aquellos hábitos medievales, claves para frenar la expansión de la peste, fueron cayendo en el olvido por desuso, pero las epidemias modernas las han resucitado 400 años después. La moda renacentista del “cero contacto y distancia social” resurgió en 2020 como medida para evitar contagios y consiguió que se reabrieran docenas de buchette

    Costumbres medievales para paliar los efectos de las pandemias del siglo XXI. ¡Eso sí que me da miedo!  


    Texto y fotos por Ana Arenaza
    Corresponsal en España

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