
Hablar de Umi es hablar de una cocina de inspiración japonesa honesta y sin pretensiones, en un ambiente cercano y relajado donde nada compite por atención. No hay solemnidad ni discurso previo. La experiencia no necesita preparación ni contexto: ocurre. Se entra, se pide, se conversa. Todo fluye sin fricción, como si el lugar hubiera sido pensado para no interrumpir el momento.
La comida acompaña, no se impone. La técnica está ahí, pero no reclama protagonismo. No hay una narrativa que explicar ni una secuencia que seguir. Umi no se vive como un restaurante que exige comprensión, sino como un espacio que se deja habitar con naturalidad. Comer es parte de una conversación más amplia que incluye la música, la luz y el ritmo del lugar.
El ambiente refuerza esa sensación. Íntimo, nocturno, contenido. Nada parece diseñado para impresionar y justamente por eso resulta convincente. La música acompaña sin marcar territorio. La luz baja no dramatiza. El espacio no intenta parecer más grande ni más complejo de lo que es. Sin embargo, cada detalle cuenta una historia. Todo está en su lugar, sin subrayados.

La propuesta de Umi se construyó desde la coherencia, sin artificios, priorizando experiencia y visión compartida por encima de cualquier protagonismo individual.
Esa coherencia se siente incluso en lo que no ocurre. Pareciera que hay prisa y que el tiempo se acomoda solo. Afuera, la ciudad sigue su curso; adentro, la experiencia se sostiene sin necesidad de estímulos constantes. Umi no compite con nada: ni con el entorno ni con otras propuestas ni consigo mismo.
Para Kamel Abi Hassan, socio fundador y chef ejecutivo, esa naturalidad no es una casualidad. “La idea siempre fue hacer una cocina directa, sin vueltas. Que el producto hablara solo y que el ambiente no lo interrumpiera”.
La frase resume bien lo que ocurre en la mesa. Umi no pretende ser extraordinario y sí pretende ser fiel a una forma de entender la experiencia gastronómica.
Esa experiencia no nace del azar. Detrás hay una visión clara, compartida y sostenida en el tiempo, que evita tanto el exceso como la pose. Umi no fue concebido como un restaurante de autor ni como un concepto diseñado para llamar la atención, sino que fue construido desde una idea más simple y, por eso mismo, más exigente: lograr que todo encaje sin que nada se sienta forzado.

Abraham Abbo, socio fundador y responsable del desarrollo conceptual, lo plantea con claridad: “Nunca quisimos hacer un lugar que actuara. La idea era que la experiencia se diera sola, sin tener que empujarla”.
Esa idea atraviesa todo el proyecto. Desde cómo se piensa la comida hasta cómo se construye el ambiente, pasando por el ritmo del servicio y la manera como el espacio se relaciona con quienes lo visitan. No hay una capa de discurso entre la intención y el resultado. Lo que se imagina es, en gran medida, lo que se vive.
La visión también implica renuncias. Decidir qué no hacer es tan importante como definir qué sí. Umi rehúye el espectáculo, la sobreexplicación y la tentación de convertir cada gesto en un statement. No hay interés en seguir tendencias ni en responder a expectativas externas. La coherencia interna importa más que la validación inmediata.
Esa postura se traduce en decisiones compartidas, conversaciones constantes y una forma de trabajar donde el “nosotros” pesa más que el “yo”. No hay una figura única que concentre el relato. La visión es colectiva y eso se percibe en la consistencia del resultado.

#72 en Latinoamérica
En menos de un año desde su apertura, Umi fue incluido en la lista de los 100 mejores restaurantes de Latinoamérica. El dato, por sí solo, podría ser el centro de cualquier artículo. Aquí no lo es. El reconocimiento aparece como una consecuencia y no como un objetivo cumplido.
La reacción interna fue contenida. No hubo celebraciones desmedidas ni cambios de rumbo.“Entrar a la lista fue una emoción grande —reconoce Kamel Abi Hassan—, pero el trabajo al día siguiente fue exactamente el mismo”.
El reconocimiento no alteró la experiencia ni redefinió la visión. No hubo urgencia por capitalizar el momento ni por amplificar el logro. La atención siguió puesta en sostener aquello que hizo que el lugar funcionara desde el inicio. Para Abraham Abbo, la clave estuvo en no confundir validación con dirección. “Si un premio cambia lo que haces, algo se rompe. Para nosotros era importante que no cambiara nada”.

Esa postura resulta particularmente significativa en una industria acostumbrada a reaccionar de forma inmediata ante el éxito. Expandirse, replicar, crecer rápido suelen ser reflejos automáticos. Umi, en cambio, entendió el reconocimiento como una prueba de consistencia y no como un llamado a transformarse.
La verdadera dificultad, coinciden, no es entrar en una lista, sino sostener una idea en el tiempo. Entrar es una cosa, mantenerse es otra; eso es lo que realmente importa”, señala Kamel Abi Hassan.
Al final, Umi no se define por el reconocimiento, sino por su capacidad de absorberlo sin desordenarse. No busca ser recordado por haber llegado rápido, sino por no haber cambiado al llegar. En esa decisión —discreta, poco espectacular, profundamente coherente— reside buena parte de su fuerza.
Fotos de Aris Martínez y cortesía











