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    El Mundial más largo de la historia

    El Mundial 2026 no solo amplía el número de selecciones y partidos: cambia la forma de mirar, seguir y vivir el fútbol. Tres países, 48 equipos y un calendario extendido plantean una pregunta inevitable: ¿más Mundial significa mejor espectáculo o simplemente un torneo distinto?

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    Una guía futbolera para entender el nuevo formato del espectáculo

    El fútbol siempre fue, además de deporte, una forma de ordenar el tiempo. Cada cuatro años, durante poco más de un mes, el mundo entraba en pausa. Había partidos que no se podían perder, noches que se convertían en ritual colectivo  —la Copa del Mundo de Corea-Japón fue la mejor prueba de ello— y una sensación clara de urgencia: si no lo veías ahora, ya no volvía. El Mundial tenía algo de evento irrepetible, incluso dentro de su propia repetición cíclica.

    La Copa Mundial de la FIFA 2026 rompe ese contrato emocional. No por una decisión estética o ideológica, sino por pura escala. Cuarenta y ocho selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones y un calendario que se estira como nunca antes. El torneo deja de ser una experiencia concentrada para convertirse en un sistema extendido. Eso, aunque no se diga en voz alta, lo cambia todo.

    Este no es un Mundial pensado para verse completo. Tampoco para vivirse de un solo golpe. Es un Mundial que obliga a elegir, a recortar, a entrar y salir. Una experiencia que ya no se impone por intensidad, sino que se administra por fragmentos.

    Durante décadas, el formato fue parte del encanto. Treinta y dos equipos eran suficientes para construir una narrativa clara: grupos reconocibles, eliminaciones rápidas, tensión acumulada. Ahora, la promesa es otra: inclusión, expansión, alcance global. La pregunta es si esa expansión juega a favor del espectáculo o si diluye aquello que hacía del Mundial un evento excepcional.

    El fútbol no desaparece en este nuevo formato, pero sí cambia de ritmo. Y el ritmo, en un espectáculo de masas, es tan importante como el contenido.

    Un Mundial que ya no cabe en un solo país

    La primera gran transformación no está en la cancha: está en el mapa. Estados Unidos, México y Canadá compartirán la organización de un torneo que, por definición, deja de tener un centro geográfico claro. Antes, el Mundial se respiraba en una región. Hoy, se persigue.

    Las distancias entre sedes no son anecdóticas. Viajar de una ciudad a otra implica horas de vuelo, husos horarios distintos y decisiones logísticas que antes no existían. El hincha ya no puede improvisar. El espectador ocasional, menos aún. Este Mundial no se “camina”; se planifica.

    Esa fragmentación tiene efectos directos en la experiencia. Las ciudades no viven el torneo al mismo tiempo ni con la misma intensidad. No hay un pulso único, pero sí múltiples microclimas futboleros que aparecen y desaparecen. El Mundial se vuelve una suma de momentos, no una marea continua.

    La ampliación a 48 equipos también introduce una nueva lógica deportiva. Más selecciones significa más historias, sí, pero también más partidos de bajo impacto competitivo en las primeras fases. El riesgo no es futbolístico —el talento global es innegable—, sino narrativo. Cuando todo parece importante, nada termina de serlo del todo.

    Más fútbol no garantiza más emoción; el verdadero desafío es sostener la intensidad en un torneo que parece no terminar nunca.

    Aquí aparece una tensión interesante: el Mundial se vuelve más democrático en el acceso, pero más exigente en la atención. Seguirlo completo requiere tiempo, energía y foco. Algo que, en un ecosistema saturado de estímulos, no todos están dispuestos a ofrecer.

    En este contexto, el espectador cambia de rol. Ya no es un testigo pasivo del calendario; se convierte en curador de su propia experiencia. Elige partidos, selecciona momentos, arma su propio Mundial. Esa libertad, que suena atractiva, también implica una pérdida: la sensación de estar viviendo algo colectivo, sincronizado, inevitable.

    El torneo sigue ahí, enorme, omnipresente. Pero ya no obliga. Sugiere.

    El acceso como parte del espectáculo

    Si el Mundial comienza en algún lugar, hoy no es en el estadio ni en la ceremonia inaugural. Comienza en la plataforma de compra de entradas. Ahí se define gran parte de la experiencia futura, incluso antes de que ruede la pelota.

    El sistema de tickets del Mundial 2026 refleja con claridad el nuevo espíritu del torneo. Fases de venta escalonadas, precios dinámicos, paquetes oficiales, sorteos y priorizaciones. Comprar una entrada ya no es adquirir un asiento; es asumir una estrategia.

    Los valores, más que un dato puntual, funcionan como rangos que ordenan el acceso. Las fases iniciales ofrecen entradas relativamente más accesibles, pero dispersas en sedes lejanas entre sí. Los partidos decisivos concentran precios que elevan la barrera de entrada y transforman ciertos encuentros en eventos de alto costo. La final, como era previsible, se convierte en una experiencia reservada para quienes pueden planificar —y pagar— con mucha anticipación.

    El ticket, además, arrastra costos invisibles. Un partido implica vuelos internos, hoteles, traslados y días de espera entre encuentros. El gasto real no está solo en la entrada, sino en la logística completa que la rodea. En un Mundial fragmentado, cada decisión tiene consecuencias en cascada.

    Según estudios recientes de la FIFA y la Organización Mundial de Comercio, el evento generará un impacto económico superior a los 40 billones de dólares del PIB global, con una asistencia estimada de más de 6,5 millones de asistentes a las tres naciones organizadoras; además de alrededor de 8 billones de dólares en valor no financiero concentrado en áreas como turismo, deporte y entretenimiento.

    Detrás de esta lógica está la FIFA, que desde hace años empuja al torneo hacia una escala global cada vez mayor. El Mundial ya no compite solo con otros eventos deportivos, sino con festivales, giras, temporadas completas de entretenimiento. En ese escenario, extender el torneo parece una respuesta natural. La duda es si el fútbol, como espectáculo emocional, resiste esa extensión sin perder intensidad.

    La gran pregunta no necesita respuesta cerrada. Basta con dejarla planteada.

    Estadios icónicos, distancias reales. La magnitud del torneo redefine el viaje futbolero: cada partido implica logística, tiempo y decisiones estratégicas que antes no existían.

    El Mundial 2026 ofrece más partidos, más selecciones, más sedes y más semanas de competencia. Ofrece, en teoría, más oportunidades para emocionarse. Pero la emoción no siempre responde a la cantidad. A veces, nace de la escasez, de la urgencia, del “ahora o nunca”.

    Un torneo largo corre el riesgo de volverse rutinario. Los partidos importantes llegan más tarde. La fase inicial se diluye. El espectador se acostumbra a que siempre haya algo por venir. Y cuando todo es posible, nada es definitivo.

    Eso no significa que el espectáculo esté condenado. Significa que será distinto. Menos concentrado, más distribuido. Menos épico en bloque, más episódico. El Mundial se parece menos a una película y más a una serie larga, con capítulos irregulares y picos de intensidad cuidadosamente dosificados.

    Para algunos, eso será una mejora. Para otros, una pérdida. Lo interesante es que el Mundial 2026 no obliga a tomar partido: invita a observar cómo el fútbol se adapta a una nueva lógica de consumo, atención y acceso.

    Tal vez el verdadero cambio no esté en el formato, sino en nosotros. En cómo miramos, cuánto miramos y qué esperamos del espectáculo. El Mundial ya no promete ser el centro absoluto del calendario. Se ofrece como una experiencia extensa, compleja, fragmentada.

    La pregunta final queda abierta, flotando entre partido y partido: ¿seguiremos sintiendo que el mundo se detiene cuando rueda la pelota, o aprenderemos a convivir con un Mundial que avanza, constante, mientras la vida sigue?

    En esa tensión —entre abundancia y emoción, entre acceso y experiencia— se juega el verdadero partido del Mundial 2026. No en el marcador, sino en la memoria que deje cuando todo termine. 


    Fotos de AFP

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