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    Construir despacio en un mundo urgente

    América Latina tiene los recursos que el mundo necesita. El problema nunca fue el inventario. Fue la distancia entre lo que la región tiene y lo que ha sido capaz de hacer con ello. Sergio Díaz-Granados lleva cuatro años intentando cerrar esa brecha desde el banco de desarrollo más importante del hemisferio.

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    Frente a más de 4.000 personas reunidas en el Panama Convention Center, Sergio Díaz-Granados eligió no comenzar con optimismo. Eligió comenzar con una ruptura: “Estamos viviendo un cisma en el sistema basado en reglas. Un sistema imperfecto, pero que brindaba un piso de certidumbre, hoy se enfrenta a otro centrado en intereses y en disputas por el control de elementos esenciales para las transiciones digital y energética”.

    Para un presidente de banco multilateral, la frase tiene un peso inusual. No describía una tendencia: describía un quiebre. Y la eligió como primera idea del foro más importante que CAF ha organizado en su historia.

    El escenario no era menor. Enero de 2026. El II Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, organizado por CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe – en alianza con el Gobierno de Panamá. Al frente, José Raúl Mulino, presidente de Panamá; Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil; Rodrigo Paz, presidente de Bolivia; Gustavo Petro, presidente de Colombia; Daniel Noboa, presidente de Ecuador; Bernardo Arévalo, presidente de Guatemala; Andrew Holness, primer ministro de Jamaica; y José Antonio Kast, presidente electo de Chile y representantes de 70 países; y en un momento cuando los aranceles de la administración Trump habían vuelto a redibujar las reglas del comercio mundial y en que la competencia entre Estados Unidos y China por el control de minerales críticos, infraestructura digital y rutas logísticas se intensifica a una velocidad que pocos habían anticipado. Abrir con un diagnóstico de ruptura fue, precisamente, el punto de partida que el foro necesitaba: si el sistema global ya no ofrece certidumbre, la pregunta urgente es cómo se posiciona América Latina en ese nuevo escenario.

    Lo que vino después fue la contraparte: “América Latina y el Caribe tienen todas las piezas necesarias para resolver sus problemas. La fórmula del éxito está en el diálogo, el esfuerzo sostenido y la suma de potencialidades”. No como consuelo frente al diagnóstico anterior, sino como argumento. La región no necesita que el sistema global funcione perfectamente para avanzar. Necesita usar lo que ya tiene.

    Esa tensión —entre un orden internacional que se fractura y una región que tiene los recursos para construir el suyo propio— es la coordenada desde la que Díaz-Granados opera. Colombiano, exministro de Comercio de su país, preside CAF desde 2021. Bajo su conducción, el banco alcanzó activos totales que superan los 64.700 millones de dólares, récords históricos en aprobaciones y emisiones, y la mejor calificación crediticia de su historia. Pero los números son el resultado de una apuesta más profunda: la convicción de que un banco de desarrollo puede ser algo más que un prestamista.

    Construir cuando el mundo no puede esperar

    La lógica que ordena su trabajo es más simple de lo que parece desde afuera. América Latina no tiene un problema de recursos. Biodiversidad, minerales críticos para la transición energética, capacidad agrícola que el mundo necesita, una matriz energética que ya es 65 % descarbonizada en promedio. El inventario existe. Lo que no ha funcionado con suficiente consistencia es el mecanismo que convierte ese potencial en progreso real. Alta informalidad, baja productividad, desigualdad persistente, instituciones bajo presión. Los desbalances que la región conoce de memoria y que CAF tiene como hoja de ruta.

    Lo que cambia ahora es el contexto que los rodea. La reconfiguración de cadenas globales de suministro está redibujando el mapa productivo del hemisferio en tiempo real. Dispositivos médicos, electrónica, servicios digitales: sectores que muestran lo que es posible cuando infraestructura, capital humano y marco regulatorio se alinean. Díaz-Granados lee esa oportunidad sin triunfalismo: exige visión estratégica, coordinación e inversiones oportunas. Las tres condiciones al mismo tiempo.

    La historia reciente de la región muestra lo que ocurre cuando alguna de esas condiciones falla. Países que tienen los recursos, pero no la infraestructura para procesarlos. Economías que atraen inversión, pero no logran retenerla porque la energía es inestable o la logística es cara. Mercados laborales donde el talento existe, pero la formalización no llega porque el Estado no tiene capacidad de acompañar la transición. América Latina ha capturado oportunidades parciales durante décadas. El desafío ahora es capturarlas completas, en el momento en que el mundo las está ofreciendo con más urgencia que nunca.

    4.000 citas comerciales en 36 horas entre compradores
    de Europa y Asia, y exportadores latinoamericanos. No paneles
    sobre el comercio, sino comercio ocurriendo.

    Ahí está la tensión real de su trabajo. Las inversiones que la región necesita son, por naturaleza, lentas. Una interconexión eléctrica tarda años en construirse. Un corredor logístico requiere coordinación entre países que no siempre comparten agenda. La formalización del empleo produce resultados en una generación, no en un trimestre. CAF opera en ese tiempo largo mientras la política opera en el tiempo corto. No como limitación, pero sí como convicción de que cuando la ventana se abra con toda su fuerza, los países preparados serán exactamente aquellos donde alguien apostó antes, sin garantías visibles y sin el aplauso inmediato que la política suele requerir.

    El foro de enero fue la expresión más concreta de esa lógica aplicada a escala regional. En su primera edición, en 2025, reunió a 2.000 asistentes de 15 países en 50 sesiones. Un año después, la segunda edición convocó a representantes de 70 países y generó más de 4.000 citas comerciales en 36 horas entre 150 compradores internacionales de América, Europa y Asia, y 300 exportadores latinoamericanos. No paneles sobre el comercio, sino comercio ocurriendo. La diferencia entre ambas cosas es exactamente la que Díaz-Granados intenta sostener a escala institucional.

    El dueño de casa

    Elegir a Panamá como sede permanente del foro no fue una decisión logística. Fue un argumento. CAF apostó por un país que encarna lo que Díaz-Granados defiende: que la posición, cuando se combina con infraestructura y capacidad de convocatoria, puede valer más que el tamaño. Copa Airlines, el Canal, el ecosistema logístico y financiero. No es protagonismo económico propio; es la capacidad de ser el lugar donde las conversaciones que importan pueden ocurrir porque todas las rutas, físicas y financieras, pasan por ahí.

    El Canal aparece en cada análisis sobre el futuro del país con un peso que merece procesarse con atención. La sequía de 2023 fue la primera señal real de su vulnerabilidad: cuando el nivel de los lagos bajó, las rutas mundiales de suministro tuvieron que ajustarse. El activo más estratégico de Panamá depende de una variable que ningún gobierno controla. “Mucha atención está puesta en cómo el Canal se está adaptando al cambio climático para asegurar su seguridad hídrica”. Es una frase medida, pero detrás hay una pregunta que toda la región debería tener en su agenda.

    El desafío de Panamá, en su lectura, va más allá del Canal. Bioeconomía, turismo, logística, energía limpia, servicios digitales: sectores con oportunidades claras que requieren inversión en infraestructura, servicios básicos y educación alineada con lo que las empresas demandan. El país ha liderado el crecimiento económico y la inversión extranjera en la región en los últimos años. El paso siguiente es lograr que ese crecimiento llegue a todo el territorio.

    De 2.000 asistentes en 2025 a representantes
    de 70 países en 2026. En un año, el foro pasó de debut
    prometedor a cita obligatoria de la región.

    Ser dueño de casa tiene un peso específico. Cuando el foro terminó y los presidentes visitantes tomaron sus vuelos de regreso; cuando los representantes de 70 naciones cerraron sus agendas y dejaron Panamá, CAF se quedó con lo que siempre se queda: la responsabilidad de que algo de lo que ocurrió en esos cuatro días se materialice. La próxima edición está confirmada para enero de 2027. Ahí llegará la medida real del experimento: si los proyectos iniciados en enero de 2026 tienen avances concretos que presentar, el modelo habrá demostrado lo que lo distingue de décadas de cumbres latinoamericanas que produjeron diagnósticos impecables y compromisos que nadie rastreo.

    La conversación estratégica que Díaz-Granados impulsa desde CAF no busca uniformidad entre los 18 países miembros del banco. Lo que busca es algo más modesto y más difícil al mismo tiempo: identificar los ejes que unen a gobiernos con agendas distintas y operar sobre ellos con consistencia y horizonte largo. Energía, transición digital, integración regional. “Si logramos articular esas prioridades en una agenda de largo plazo, América Latina y el Caribe podrán construir un proyecto económico más ambicioso, sostenible y con mayor presencia en el escenario global”.

    El mundo se reorganiza a velocidad política. Díaz-Granados construye a velocidad institucional. La diferencia entre ambas no es un problema a resolver. Es, precisamente, donde vive su trabajo.


    Fotos Cortesía

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