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    Annie Moves o el arte de estar en el lugar correcto

    Desde el movimiento consciente hasta la construcción de comunidad, Anabella Landa encarna una forma serena de habitar la vida. Un perfil íntimo sobre coherencia, presencia y cómo, cuando todo se alinea, los lugares correctos terminan reconociéndote.

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    No hay estridencia cuando Anabella entra a un espacio. No hay poses ni frases preparadas. No hay una necesidad visible de ocupar el centro. Hay algo más difícil de describir y, precisamente por eso, más poderoso: una presencia que baja el volumen de la habitación. Como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que algo distinto está ocurriendo. Que el ritmo cambia… que no hace falta correr.

    Hay personas que parecen estar siempre llegando tarde a su propia vida. Anabella, no. Ella da la impresión de haber llegado exactamente cuando tenía que llegar. Ni antes ni después. Como si hubiese aprendido —muy temprano— que el tiempo no se persigue, pero se habita.

    Hablar de energía suele ser un terreno resbaladizo. Se abusa del término, se lo vacía de sentido, se lo convierte en consigna. Pero en su caso no aparece como un concepto abstracto, sino como una consecuencia visible. La energía no es un discurso, sino el resultado de una coherencia sostenida en el tiempo. De una manera de moverse —literal y simbólicamente— por el mundo sin forzar, sin empujar, sin impostar.

    Desde muy pequeña, el cuerpo fue un territorio familiar. Habla de la influencia de sus padres y de cómo el movimiento no era una moda ni una terapia correctiva, sino que era parte de la vida cotidiana. 

    Mientras otros descubren el bienestar como promesa adulta, ella lo incorporó como lenguaje. Bailar, correr, estirarse, respirar. No para rendir mejor, sino para habitarse mejor. “Crecí entendiendo el bienestar como algo cotidiano y no como un objetivo. Era parte de la vida, no un discurso”, comentó.

    En su casa, el cuidado se practicaba, no se enunciaba. Comer bien, moverse, escuchar al cuerpo, mantener una relación sana con la rutina. Nada de eso se vivía como sacrificio ni como disciplina rígida, sino como una forma natural de estar en el mundo. Crecer así deja marcas silenciosas. Marca el ritmo interno. Marca la manera de elegir. Marca también lo que, años más tarde, se vuelve imposible negociar: el propio equilibrio.

    Cuando llegó el momento de salir al mundo no lo hizo con un plan grandilocuente. Estudió marketing y relaciones públicas, una formación asociada al ritmo acelerado, a la estrategia, a la visibilidad. En su caso, lo que quedó fue otra cosa. Aprendió a leer personas, contextos, dinámicas. Aprendió algo que más tarde sería clave: saber cuándo hablar y cuándo escuchar. Saber que no todo se empuja; que muchas cosas se atraen.

    Durante años, como le ocurre a tantos, llevó varias vidas al mismo tiempo. Trabajó, sostuvo rutinas exigentes, se movió en entornos de alta velocidad. El yoga seguía ahí, como un hilo constante, pero no como destino profesional. Era práctica personal, refugio, espacio propio. No había una narrativa de “esto será mi vida” y, tal vez por eso, cuando la vida pidió pausa, no hubo resistencia.

    La pandemia —ese gran paréntesis global— no fue para ella un quiebre dramático, sino una suspensión reveladora. Mientras el mundo se detenía, algo interno se ordenó. No desde la urgencia ni desde el miedo, sino desde la escucha. 

    Profundizó en su práctica casi sin intención de convertirla en profesión. No había épica ni promesa futura, solo presencia. “Nunca entré al yoga pensando que iba a ser mi profesión. Entré para profundizar, para escucharme. Lo demás vino solo”, recuerda.

    Ese “vino solo” no es ingenuidad; es una forma distinta de entender el movimiento. Las primeras clases no fueron una estrategia. Literalmente, en tiempos pospandémicos, fueron una invitación para conectar. 

    Amaneceres compartidos, cuerpos todavía dormidos, respiraciones que se sincronizan sin conocerse. Personas que llegan por curiosidad y se quedan por algo que no saben explicar del todo. No hubo marketing agresivo ni promesas de transformación instantánea, pero hubo consistencia; y la consistencia, cuando es genuina, genera confianza.

    Ese es un punto clave para entender su recorrido: nada ocurre de golpe, pero todo ocurre a tiempo. Las oportunidades no aparecen como irrupción violenta, sino como continuidad natural. Una clase lleva a otra. Una recomendación abre una puerta. Una presencia sostenida empieza a ser leída por quienes saben observar sin ruido.

    En Manifest Wellness, Annie Moves conectará con la comunidad panameña desde la presencia y la escucha, creando un espacio donde el bienestar se comparte, se siente y se construye colectivamente.

    Reducir su historia a nombres propios sería una simplificación injusta. Las marcas, los escenarios, los proyectos internacionales llegan —sí—, pero no como objetivo central. Llegan como efecto colateral. Como si el mundo hubiese empezado a decir “sí” a alguien que llevaba tiempo diciendo “sí” hacia adentro.

    Hay algo particularmente interesante en cómo Anabella se mueve dentro del universo del lujo. No lo aborda desde la ostentación ni desde el exceso, sino desde el detalle. Desde la experiencia bien pensada. Desde el tiempo que se le devuelve al cuerpo. En un contexto donde el verdadero privilegio ya no es tener más, sino poder bajar la velocidad, su propuesta encuentra un lugar natural. No invade. Encaja.

    Trabajar con celebridades, hoteles, marcas de alta gama o espacios históricos no altera su manera de estar. No hay teatralidad ni distancia: hay cuidado, hay atención, hay una lectura fina del entorno. Entiende que el lujo contemporáneo susurra y no grita, y que muchas veces lo más exclusivo que se puede ofrecer es silencio, pausa y presencia.

    Su manera de hablar del bienestar también rompe con el molde habitual. No hay extremismo ni rigidez. No hay una narrativa de pureza ni de sacrificio permanente. Hay, en cambio, una idea de equilibrio practicable, humano. “Yo me tomo el jugo verde en la mañana, pero si hay una cena con vino también la disfruto. Para mí el bienestar no vive en los extremos”.

    Esa frase resume una filosofía más amplia. El cuerpo no como proyecto a corregir, sino como espacio a cuidar. La rutina no como imposición, sino como sostén flexible. La disciplina no como castigo, sino como forma de respeto propio.

    Hay en su discurso una madurez poco estridente. Una comprensión de que la flexibilidad no empieza en los músculos, sino en la cabeza. De que adaptarse no es ceder, sino leer el momento con inteligencia. De que no todo día es igual y que el verdadero bienestar también consiste en saber cuándo soltar.

    Más que una práctica, el bienestar fue siempre un lenguaje cotidiano. Una forma de moverse por el mundo sin forzar, entendiendo que la verdadera disciplina no se impone, sino que se integra.

    La relación con su comunidad es, quizás, donde esa aura —esa palabra difícil— se vuelve más evidente. No hay pedestal ni personaje. Quien la conoce en persona suele sorprenderse, no por algo extraordinario, sino por lo contrario: la normalidad. La humanidad. La sensación de estar frente a alguien que no necesita demostrar nada.

    “Al final soy una persona normal. Creo que la gente se sorprende cuando se da cuenta de que no hay personaje y solo alguien que está presente”, confesó 

    Esa presencia es la que convoca, no desde el carisma ruidoso, sino desde la coherencia silenciosa. Desde una forma de estar que no exige atención, pero la sostiene. Desde un liderazgo que no necesita elevar la voz.

    Tal vez por eso su recorrido no se siente forzado. No hay ansiedad por llegar más lejos, sino una tranquilidad por estar donde se está. No hay urgencia por ocupar todos los espacios, sino una selección cuidadosa de aquellos que resuenan. Como si hubiese entendido algo que a muchos les toma décadas: que la vida no siempre se construye empujando puertas, sino afinando la propia frecuencia hasta que las puertas se abren solas.

    No es que el universo la haya puesto ahí por azar.

    Es que, cuando estuvo lista, el lugar la reconoció.

    Y eso —más que cualquier escenario, proyecto o nombre propio— es lo verdaderamente extraordinario.


    Fotos Cortesía

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