Cuando me enteré de un nuevo vuelo directo a San Diego con Copa, le escribí a mi familia que vive en los alrededores y armamos un plan de Año Nuevo. Yo, de mi lado, no puse en marcha mi usual investigación detallada que hago siempre para armar mis itinerarios, que son setenta por ciento megaorganizados y el treinta sobrante abierto a lo que nos provoque. Me dije: a fluir con lo que el día nos pida en este pedazo de Norteamérica, que es el último pliegue de California antes de tocar México.
En menos de siete horas llegas al aeropuerto, que está casi golpeando la ciudad, y lo ideal —y al mismo tiempo obligatorio— es alquilar un auto para poder moverte libremente sin esperar nada. Yo, que alquilo mucho automóvil al viajar, debo destacar que el edificio de alquiler de autos en el aeropuerto está perfectamente diseñado y permite fluidez para que no salgas abombado de tanta dirección.
Tener el control del volante te permitirá entrar y salir de barrios, playas y colinas a cualquier hora. La costa pacífica aquí no es una línea recta: se pliega, se eleva, se esconde entre acantilados y cañones. San Diego está atravesado por más de 60 cañones naturales, muchos invisibles desde el mapa, que dictan el ritmo de la ciudad y obligan a rodear, bajar y subir. Conducir se vuelve parte del viaje y de la lectura de esa geografía.

La razón profunda del viaje no era solo descubrir lugares nuevos, sino pasar Año Nuevo con mi tía Sandra Chanis, que no vive en Panamá desde hace muchísimos años y que, en la última década, cada vez que viene es una celebración de la esencia creativa que nos une como familia. Formada en matemáticas para luego entregarse a una práctica multidisciplinaria, trabajando con la acuarela por la que es muy conocida y yendo más allá de lo plano: sus esculturas en piedra, mármol y cerámica conviven con objetos reciclados como si todos hablaran alrededor de una mesa.
La que siempre, de chiquito, con una familia de seis tíos y treinta primos hermanos, fue para todos la “tía artista”. Esa descripción implícita definía muchas cosas para ese Panamá de hace 30 años en el que yo vivía y hoy toma mucha fuerza como una conexión que trasciende la sangre que corre por nuestras venas. Fuerza de reconocerme mucho en su manera de afrontar la vida y vivirla con desbordante genuinidad.

Fue incluida en la última publicación del Museo de Arte Contemporáneo, “101 artistas de Panamá”, curada por Mónica Kupfer.
Los 79 años que tiene mi tía querida vienen bien recorridos. Cada paso viene con fuerza. Se siente todo guiado por la fluidez y la libertad que alimentan una profunda confianza en sí misma: exhibiciones individuales y colectivas, decisiones que abrieron puertas a otros, invitaciones a juntas directivas de museos y curadurías silenciosas. Es artista por vocación proyectada hacia la acción, con una sensualidad que ejerce la fuerza de un imán en toda su obra.
Mientras caminábamos por su casa con café en mano, sentí que estaba recorriendo su archivo sensorial. Me llevó a pensar en todas las piezas que ella ha coleccionado a lo largo de su vida: obras de artistas emergentes y piezas de maestros globales del surrealismo que yo he visto en museos alrededor del mundo. Todas reunidas bajo una ética clara: nunca acumular por valor de mercado, sino por valor de conversación, de pregunta, de tensión entre lo que uno es y lo que podría llegar a ser.

Volviendo a las cuatro ruedas, visitamos muchos lugares. De aquí te doy mi combo ganador: un museo y un restaurante. Ambos me enseñaron algo importante sobre cómo el arte habita los espacios.
El primero fue el Museum of Contemporary Art San Diego, ubicado, literalmente, frente al Pacífico, sobre los acantilados que también son hogar permanente de colonias de lobos marinos. El museo se siente abierto desde el inicio: todo el edificio invita a caminar, a recorrerlo sin instrucciones ni presión. Hay un diálogo constante entre arquitectura y entorno que se da sin esfuerzo. Ese es el poder del buen diseño.
Parte central de esa experiencia es la intervención de Robert Irwin, conocida como 1° 2° 3° 4°, realizada en 1997. Irwin cortó aperturas rectangulares directamente en los muros y ventanas del museo para dejar pasar luz natural, brisa, sonidos y la vista del horizonte como parte de la obra. Desde entonces, ese gesto —que borra el límite entre interior y exterior— forma parte de la colección permanente. Me queda claro por qué es una de las intervenciones más reconocidas del museo. Siento que mucha de la filosofía del lugar es esa: que las ventanas no funcionan como miradores, sino como encuadres que incorporan el mar al recorrido.

La Jolla no se deja llegar fácil. Es un barrio costero con mentalidad de pueblo independiente que durante años intentó separarse formalmente de San Diego, más por identidad que por política. Pero, como tenemos auto, no hay problema.
Después, a 25 minutos, crucé a Encinitas y fui a Atelier Manna, un lugar que parece hecho para que uno se haga amigo de la mañana. Mucho verde, plantas que trepan como si también fueran parte del menú, una terraza con muchísima luz y una propuesta que empuja el concepto de brunch a otros campos. Aquí la idea es que te alimentes con conciencia y atención a cada ingrediente. Pedí unos mocktails —cocteles sin alcohol— y en cada sorbo sentí que mi cuerpo decía: “ajá… un poco más”. Sentía una conexión directa con lo que me estaba metiendo a la boca.
En Manna, la gente que te recibe y atiende logra ayudarte a desconectar. Te acompañan a entender por qué el alimento importa. No hay prisas, hay atención, y hay un tipo de conversación que se da cuando el cuerpo está tranquilo, cosa que de turista uno rara vez experimenta.

Está dentro de mis categorías favoritas de la Guía Michelin: el Bib Gourmand, que destaca lugares donde se come muy bien a precios accesibles, celebrando calidad, sabor y buen producto sin necesidad de alta cocina ni formalidades. En el menú encuentras huevos turcos con yogur especiado, tostadas francesas versionadas con leche de coco, miel de higo y frutas frescas, y una selección de platos vegetales que se sienten y saben a puro poder de la naturaleza.
De vuelta en casa de mi tía Sandra, llegó el Año Nuevo y no hubo gran fiesta ni fuegos artificiales. Lo celebramos con comida china que pedimos a último minuto a domicilio, porque no sabíamos qué nos iba a provocar, y lo acompañamos con champán, mientras hablábamos de mi padre, que se despidió de nosotros hace poco tiempo. Fue extraño y hermoso hablar de él sin urgencia, sin apuro. Mi tía recordó momentos que yo no conocía o había olvidado. Yo estaba entregado.
Alimentamos la panza y la mente. Fortalecimos nuestro vínculo y celebramos la vida rodeados de lo que parece ser su obra más honesta: su hogar.
El arte, la memoria y la familia se volvieron la receta perfecta durante esos días.
RECOMENDADOS

Revolution Roasters. Tomar café tostado por ellos mismos con una selección de emparedados y ‘pastries’ sabrosos.

Tanner’s Prime Burgers. Creada por chefs con formación en alta cocina que decidieron llevar técnica y buen producto al formato clásico de ‘burger’.

The Taco Stand. Tiene varios ‘spots’ y se puede ver muy comercial, pero el foco está en el sabor, las salsas caseras y la ejecución consistente.

Mabel’s Gone Fishing. Está en North Park de San Diego con enfoque en mariscos y conservas de inspiración española y portuguesa, trabajado con producto fresco.

Lola 55 Tacos & Cocktails. En el vibrante barrio de East Village, este restaurante combina técnica, producto fresco y tacos creativos con coctelería bien ejecutada.
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