Recuerdo la primera vez que manejé por las icónicas vías de Los Palisades. Las avenidas flanqueadas por palmeras perfectamente alineadas, el aire impregnado con la brisa salada del Pacífico, el estruendo de las olas rompiendo contra los acantilados y el sol desapareciendo tras la silueta de la isla Catalina. Y las casas… mansiones de piedra con elegantes rejas de hierro forjado y jardines exuberantes que te dejaban boquiabierto, preguntándote cómo sería vivir sin preocupaciones, como si sus dueños hubieran ganado la lotería de la vida.
Ahora, no queda nada. Familias enteras evacuadas con apenas lo que pudieron meter en el coche, sin saber si alguna vez regresarían a lo que un día fue su hogar.
Estos momentos nos recuerdan lo frágiles que somos. Nos obligan a valorar lo que hemos construido, a apreciar la salud, el amor de nuestros seres queridos y a celebrar cada logro, por pequeño que sea.
Nadie nos prometió que la vida sería fácil, pero cada día es una oportunidad para reconocer lo bueno que tenemos y, sobre todo, para nunca olvidar decir “te amo”. Tomemos un momento para pensar en todos aquellos que han perdido tanto.
Foto por Richard Samson