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    La ruta del desarrollo

    Energía, industria y logística vuelven a cruzarse en la discusión sobre desarrollo. En CAF, la transición energética y los corredores verdes aparecieron como piezas clave para que América Latina transforme recursos en valor y conectividad en un escenario global cada vez más exigente.

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    Durante años, América Latina habló de desarrollo como si fuera una promesa externa. Algo que llegaría con más inversión, mejores precios de las materias primas o una nueva ola de globalización. Pero en el reciente encuentro de CAF, la conversación fue distinta. Más reflexiva y consciente de que el mundo cambió más rápido que la región y que insistir en las mismas fórmulas ya no garantiza resultados.

    El foro se convirtió en un espacio donde presidentes, ministros, organismos multilaterales y actores privados coincidieron en una idea incómoda: el problema ya no es crecer, sino cómo crecer. En un contexto marcado por la fragmentación geopolítica, la transición energética y la reorganización de las cadenas de suministro, América Latina empieza a preguntarse si su camino al desarrollo necesita algo más que recursos naturales y estabilidad macroeconómica.

    Félix Fernández-Shaw, director de Global Gateway en la Comisión Europea, no llegó a CAF a anunciar proyectos ni a repartir promesas. Llegó a poner preguntas sobre la mesa. Preguntas que Europa se hizo tarde y que América Latina todavía está a tiempo de hacerse con mayor conciencia.

    Su planteamiento parte de una constatación clara: la región tiene ventajas extraordinarias para la transición energética global, pero eso no equivale automáticamente a desarrollo. América Latina concentra algunos de los mayores yacimientos de litio, cobre y tierras raras del mundo, además de una matriz energética que ya es, en promedio, 65 % descarbonizada. Sin embargo, sigue atrapada en un patrón que exporta recursos e importa valor agregado.

    “América Latina tiene todo lo que el mundo necesita para la transición energética, pero lo saca de la tierra y lo vende. No procesa, no aprende, no captura valor”, afirmó Fernández-Shaw durante su paso por Panamá.

    El problema, insiste, no es la falta de oportunidades, sino la ausencia de estructuras que permitan transformar recursos en capacidades productivas. Procesar implica industrializar; industrializar requiere energía estable, capital humano, tecnología, financiamiento paciente y políticas públicas coherentes. Extraer, en cambio, es más simple, más rápido y, en el corto plazo, más rentable.

    “Probablemente, a una minería le cuesta veinte veces más extraer y procesar que solo extraer. ¿Qué hace entonces? Extrae. Ahí está el drama de la desigualdad en América Latina”, explicó.

    La lógica empresarial es racional. La consecuencia estructural, no. Sin política industrial, sin incentivos al aprendizaje productivo y sin infraestructura energética sólida, el desarrollo se convierte en una promesa que nunca termina de cumplirse.

    Cadenas de valor, energía y el nuevo tablero global

    La discusión sobre desarrollo ya no puede separarse de la geopolítica. Fernández-Shaw lo planteó sin rodeos: América Latina sigue ubicada en el primer eslabón de la cadena de valor mundial, mientras Estados Unidos y Europa capturan los tramos finales. “En el medio se ha plantado uno que controla”, dijo. Desde esa lógica, las oscilaciones del mercado dejan de leerse como simples movimientos técnicos. Cuando el precio del litio cae o las reglas del juego se reconfiguran, la pregunta ya no es solo económica. “Uno se pregunta si los precios se cayeron solos o si alguien puso la zancadilla”.

    Desde esta lectura, Global Gateway no busca reemplazar dependencias, sino diversificarlas. “Nosotros no queremos que América Latina deje de venderle a China para vendernos a nosotros. Queremos dos cadenas de valor: una con China y otra con América”, explicó. Depender de un solo comprador o proveedor es una vulnerabilidad estratégica en un mundo cada vez más volátil.

    Lanzado por la Unión Europea como una estrategia para movilizar hasta 300.000 millones de euros en inversiones sostenibles, Global Gateway suele presentarse como un plan de infraestructura. Pero Fernández-Shaw insiste en otra interpretación: es una plataforma de aprendizaje compartido, una forma de acompañar procesos complejos allí donde el mercado no siempre está dispuesto a asumir riesgos de largo plazo.

    “El desarrollo no ocurre por decreto ni por extracción. O se aprende a transformar recursos en capacidades productivas, o la región seguirá dependiendo de decisiones tomadas fuera”. Félix Fernández-Shaw

    “Esto no es una conversación de corto plazo; es del 2026 para el 2036”, puntualizó. El desarrollo, en este enfoque, no ocurre por decreto ni por acumulación de proyectos aislados, sino por la construcción gradual de capacidades. Europa aprendió esa lección tarde, tras deslocalizar gran parte de su industria y descubrir su dependencia estratégica.

    Ese aprendizaje explica por qué el sector público europeo asume hoy parte del riesgo de la transición. “En Europa el riesgo lo cubre el sector público. En América Latina esa capacidad fiscal no existe”, reconoció. Allí aparece el rol del socio externo: no imponer un modelo, sino ayudar a que el aprendizaje sea posible.

    Panamá, logística y corredores verdes: una oportunidad estratégica

    En ese replanteamiento, Panamá ocupa un lugar singular. No por su tamaño, sino por su posición logística en el comercio global. El Canal no es solo una infraestructura de tránsito: es un activo económico, fiscal y geopolítico que define la relevancia del país en un mundo donde la logística empieza a medirse también en términos de huella ambiental, trazabilidad y confiabilidad energética.

    “Panamá no es un país extractivo. Tiene el Canal, que es un ancla fiscal, económica y logística”, explicó Fernández-Shaw. Pero, incluso ese activo enfrenta hoy una disyuntiva estratégica. La logística global se está reconfigurando, las cadenas de suministro buscan reducir riesgos y los grandes cargadores comienzan a exigir algo más que eficiencia: servicios logísticos descarbonizados.

    Panamá y el Canal enfrentan una decisión estratégica: seguir siendo eficientes o convertirse en un nodo clave de la logística descarbonizada global.

    En ese contexto, aparecen los llamados corredores verdes: rutas donde energía limpia, infraestructura, tecnología y trazabilidad se integran para reducir emisiones y asegurar competitividad futura. No como gesto ambiental, sino como nuevo estándar del comercio internacional. Para Panamá, esta discusión no es teórica.

    “El Canal de Panamá tiene que apostar por lo verde. No sabemos si será rentable mañana o pasado mañana, pero es el futuro”, afirmó Fernández-Shaw. La clave no está en descarbonizarlo todo de inmediato, sino en incorporar esa lógica en las nuevas decisiones de inversión. “Si el Canal quiere ofrecer servicios descarbonizados, encontrará a Europa ayudándole, aunque hoy no sea la apuesta más rentable”.

    La apuesta tiene una dimensión económica clara: a Europa le interesa que una parte creciente de su comercio —incluido el que mantiene con Asia— transite por rutas descarbonizadas. Si el Canal logra posicionarse como nodo de esos corredores verdes, no solo preserva su relevancia, sino que abre nuevas oportunidades de valor agregado en servicios, tecnología y logística avanzada.

    Pero esa ambición choca con una condición básica: la energía. Sin electricidad estable no hay industria. Sin interconexión no hay estabilidad. Sin cooperación regional no hay escala. “Si América Latina quiere industrializarse, necesita electricidad estable. No intermitente. Estable”, subrayó el director de Global Gateway.

    Por eso, proyectos como la interconexión eléctrica entre Colombia y Panamá y el fortalecimiento del mercado eléctrico regional centroamericano son algo más que infraestructura: son condiciones habilitantes para una logística moderna y sostenible.

    “Las interconexiones eléctricas no son solo cables: son confianza entre países”, explicó. Conectarse implica aceptar la dependencia mutua. “Conectarse eléctricamente significa ponerse en manos del vecino”.

    La paradoja latinoamericana es evidente: una matriz energética relativamente limpia que corre el riesgo de ensuciarse si la industrialización se hace sin planificación. “Si no resolvemos la energía, América Latina se va a recarbonizar”, advirtió. La tentación de volver al gas o al petróleo como soluciones rápidas existe, pero los recursos disponibles deben usarse para demostrar que la transformación profunda es posible.

    Uno de los puntos más reveladores de su discurso es el reconocimiento de errores europeos. Europa, admite, se excedió en burocracia ambiental y terminó asfixiando a su propio tejido productivo. “Habíamos llegado al absurdo de exigirle a una pyme los mismos reportes ambientales que a una multinacional”. La corrección no implicó abandonar objetivos, sino ajustar el método. “Europa no ha abandonado lo verde. Lo que ha hecho es corregir excesos”.

    El mensaje implícito es potente: la transición no es dogmática, es iterativa. Aprender, corregir y volver a intentar forma parte del proceso.

    El paso de Fernández-Shaw por CAF dejó una sensación distinta a la habitual. Menos promesas, más preguntas. Menos recetas importadas, más invitación a pensar en serio el desarrollo. “El mundo se está reordenando y América Latina tiene que organizarse como región”, dijo hacia el cierre. 

    La oportunidad que se abre no es europea ni latinoamericana. Es compartida. Aprender de errores ajenos, corregir rumbos propios y asumir que el desarrollo ya no es una promesa externa, sino una decisión consciente. En CAF, esa conversación dejó de ser teórica. Para Panamá —y para la región— ahora empieza la parte más compleja: planificar, decidir y ponerla en práctica.


    Fotos Cortesía

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