Equilibrio profesional
Vivimos en una época marcada por la inmediatez, la sobreinformación y agendas que rara vez dan tregua. En medio de ese ritmo acelerado, es común perder perspectiva. Sin embargo, algo que he aprendido tanto en el mercado de valores como en el campo es que el equilibrio no es un lujo: es un activo estratégico que debe protegerse con la misma disciplina con la que cuidamos los resultados financieros.
En los negocios hablamos de métricas, retornos y balances, pero pocas veces dedicamos la misma rigurosidad a evaluar el balance personal y profesional que sostiene esos números. La verdadera base de una carrera sostenible es la armonía entre trabajo, aprendizaje, propósito y familia. Sin ese cimiento incluso los mejores resultados pueden convertirse en logros frágiles.
A lo largo de mis años en el sector financiero, y hoy dentro del mercado de valores, he confirmado que el desempeño de largo plazo no depende únicamente del conocimiento técnico. Depende, sobre todo, de la capacidad de mantenerse centrado bajo presión, tomar decisiones estratégicas sin perder perspectiva y reservar espacios personales que permitan recargar energía. Un profesional agotado difícilmente lidera con claridad, innova con criterio o gestiona riesgos con precisión.
Este principio se refleja también en mi otra faceta: la ganadería, un proyecto familiar que representa uno de los legados más significativos que me dejó mi padre. Recuerdo que, en aquellos tiempos, la actividad ganadera era un mundo dominado por hombres. Para sorpresa de mis padres, llegaron cuatro hijas mujeres, lo que los llevó a enfrentar una decisión crucial: vender el negocio o creer en que alguna de nosotras lo asumiría. Eligieron creer… y ese camino terminó formando una parte profunda de mi identidad.
En el campo, la falta de balance se paga caro. No se puede forzar el crecimiento más allá de lo que permiten la tierra, el clima y el manejo responsable. Ahí se aprende que la sostenibilidad nace del respeto por los tiempos y los ciclos naturales. Con el tiempo descubrí que el mundo corporativo no es tan distinto: ambos exigen equilibrio, visión y una conexión auténtica con lo que realmente importa.

Otro pilar esencial del balance es la educación permanente. En mercados dinámicos y altamente regulados, dejar de aprender equivale a quedarse atrás. Capacitarse y actualizarse no solo expande competencias, sino que aporta claridad, criterio y una visión más amplia. Estudiar es, en esencia, proteger la propia carrera.
A esa ecuación se suma la familia. No como complemento, sino como un activo central del balance personal. El apoyo afectivo, los momentos de calidad y la desconexión consciente fortalecen la estabilidad emocional y amplían la perspectiva para resolver desafíos profesionales.
El balance también involucra al cuerpo. La actividad física —correr, caminar, entrenar o practicar cualquier deporte— actúa como una válvula de escape indispensable. Ayuda a despejar la mente, a reducir estrés y a fortalecer la disciplina. Un cuerpo activo casi siempre acompaña a una mente más clara.
Finalmente, el equilibrio no es estático. Se revisa, se ajusta y se fortalece igual que un portafolio de inversión. Así como vigilamos indicadores financieros, deberíamos monitorear nuestra energía, motivación y el bienestar integral.
En definitiva, el balance es un activo invisible pero determinante. Quienes lo gestionan con criterio no solo alcanzan mejores resultados, sino que construyen carreras más sólidas, humanas y sostenibles.
* La autora es VP Senior Comercial en Latinex y miembro del Comité Nacional INCAE





