El mundo no espera un gran año. Espera, sobre todo, un año menos adverso. Esa diferencia —sutil, pero decisiva— define el clima emocional con el que millones de personas encararán el 2026. No hay sensación de llegada ni promesa de abundancia. Hay alivio. Y el alivio, cuando no está respaldado por certezas económicas o sociales, produce comportamientos muy distintos a los de una recuperación tradicional.
“El optimismo ha aumentado, pero sigue siendo cauteloso”, advierte el último Predictions Survey de Ipsos. El dato central del estudio es elocuente: el 71 % de los ciudadanos cree que 2026 será un año mejor que 2025. Sin embargo, esa expectativa positiva se construye sobre un punto de partida duro: el 66 % considera que 2025 fue un mal año para su país, y el 50 % afirma que también lo fue para su familia.
Ipsos lo formula con claridad: “El optimismo parece reflejar más un deseo de cambio que una confianza sólida en los fundamentos económicos o sociales”. No se trata de una lectura técnica, sino emocional. El optimismo no surge porque todo esté mejor, sino porque lo anterior fue percibido como especialmente pesado.
Ese rebote anímico convive con una mirada profundamente ambivalente del contexto. El 49 % de los encuestados cree que la economía global mejorará en 2026, mientras el 51 % piensa que empeorará. En paralelo, el 59 % espera un aumento del malestar social, el 46 % cree que su entorno será menos seguro, y el 29 % considera posible que ocurra un ataque terrorista en su país.
Ipsos resume esa tensión en una frase clave: “Las personas pueden sentirse esperanzadas sobre el futuro sin sentirse seguras sobre el mundo que las rodea”. Esa aparente contradicción es, en realidad, el corazón del momento que atravesamos. Y también el punto de partida para entender cómo y por qué cambia el consumo.

Un optimismo que sostiene, pero no empuja
El optimismo de 2026 no actúa como motor de crecimiento, sino como amortiguador emocional. No impulsa grandes decisiones de riesgo, pero sí permite retomar elecciones que habían quedado en pausa. Es un optimismo funcional: sostiene, pero no empuja.
El propio estudio advierte que este clima no debe confundirse con confianza económica. “Las expectativas positivas sobre el año no se traducen automáticamente en una visión más favorable de la economía o la seguridad”, señala Ipsos. De hecho, la persistencia de temores estructurales redefine el comportamiento del consumidor.
Uno de los datos más reveladores del informe tiene que ver con las prioridades personales. Según Ipsos, una amplia mayoría afirma que en 2026 intentará pasar más tiempo con su familia y amigos, cuidar más su salud y enfocarse en su bienestar general. No se trata de intenciones de gasto, sino de valores que orientan las decisiones.
Este giro se explica también por la ansiedad laboral que atraviesa a buena parte de la población. El 67 % de los encuestados cree que la inteligencia artificial destruirá muchos empleos, mientras solo el 43 % confía en que creará suficientes nuevos puestos de trabajo. Ipsos lo resume así: “El temor a la pérdida de empleo sigue superando al optimismo sobre las oportunidades que traerá la tecnología”.
El optimismo hacia 2026 existe, pero convive con incertidumbre social, económica y política que condiciona decisiones, consumo y expectativas colectivas.
En un contexto así, el consumo no desaparece, pero se vuelve más cuidadoso. No responde a promesas de ascenso social ni a narrativas aspiracionales de largo plazo. Responde a necesidades emocionales inmediatas: equilibrio, alivio, control.
El gasto se orienta hacia aquello que ofrece retorno tangible en el presente. Experiencias que valgan la pena. Pequeños lujos cotidianos que no comprometan la estabilidad. Decisiones que puedan justificarse incluso si el entorno empeora.
Ipsos lo expresa de forma indirecta cuando señala que “las personas tienden a priorizar aquello que les permite sentirse mejor en el corto plazo, en contextos de incertidumbre prolongada”. No es hedonismo. Es compensación emocional.
Este patrón redefine categorías enteras. El viaje se piensa menos como símbolo de estatus y más como pausa necesaria. La gastronomía se valora más por la experiencia que por la ostentación. La compra se evalúa menos por lo que promete y más por lo que entrega.Para las marcas, el mensaje es claro: el consumidor de 2026 es menos impresionable y más exigente. Castiga la exageración y la desconexión con la realidad. Recompensa la honestidad, la utilidad y la coherencia con el clima del momento.
Conviene subrayarlo: este tipo de consumo no garantiza crecimiento sostenido. Es frágil, reversible y altamente dependiente del contexto. El propio estudio advierte que el 78 % de la población cree que las temperaturas globales seguirán aumentando y el 69 % espera más fenómenos climáticos extremos. Cualquier shock adicional puede erosionar rápidamente el optimismo disponible.
El consumo se reactiva, sí, pero no se desborda.

2026 no es un destino, es un umbral
Más allá de los números, el Ipsos Predictions Survey permite una lectura de fondo: 2026 no se vive como un año de llegada, sino como un punto intermedio. Un umbral. Un momento de transición entre un ciclo percibido como negativo y una estabilidad que todavía no se consolida.
Ipsos lo plantea en términos claros: “Las expectativas positivas conviven con una percepción persistente de riesgo e incertidumbre”. Esa convivencia define el tono del año.
En los períodos de crisis profunda, las decisiones se paralizan. En los ciclos de bonanza, se aceleran. En los años bisagra —como 2026— se recalibran. Las personas no sienten que todo esté resuelto, pero tampoco que estén en caída libre. Ese estado intermedio produce comportamientos cautos, graduales y estratégicos.
Esto se refleja en la coexistencia de datos que, leídos superficialmente, podrían parecer contradictorios. Optimismo general sobre el año, pero miedo al conflicto social. Deseo de bienestar personal, pero desconfianza estructural. Intención de cuidarse más, pero ansiedad por el empleo.
El resultado es un consumo híbrido: ni expansivo ni retraído del todo. Un consumo que se mueve, pero con freno de mano. Que busca disfrutar, pero sin perder de vista la fragilidad del entorno.

Aquí aparece uno de los mayores riesgos estratégicos del momento. Ipsos advierte que “las expectativas pueden cambiar rápidamente si los acontecimientos no acompañan”. Confundir el alivio con la recuperación puede llevar a decisiones equivocadas, tanto en el ámbito empresarial como en el público.
2026 no premia la grandilocuencia. Premia la lectura fina del contexto. No es el año de los grandes relatos, sino de las decisiones silenciosas que, acumuladas, terminan definiendo hábitos, prioridades y relaciones con las marcas. El optimismo existe, pero es condicional. El consumo se reactiva, pero bajo nuevas reglas. Y el verdadero desafío no está en capitalizar una supuesta bonanza, sino en entender que este año bisagra no tolera promesas infladas ni diagnósticos simplistas.
Como concluye el propio estudio, “la esperanza es real, pero también lo es la incertidumbre”. En ese equilibrio incómodo se mueve 2026. Y en esa tensión se redefine, también, la forma en que consumimos.
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